A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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EL ARDUO ANHELO DE PAZ EN CHILE
EL ARDUO ANHELO DE LA PAZ



Durante más un año se han sucedido en Chile continuas y crecientes manifestaciones populares contra el gobierno derechista de Sebastián Piñera y contra el sistema neoliberal imperante, encabezadas y sostenidas, de manera directa y corajuda, por los estudiantes secundarios de colegios emblemáticos como el Instituto Nacional y el Internado Barros Arana, y de otros establecimientos de nuestra alicaída educación pública. Los jóvenes han combatido con escaso apoyo de organizaciones sociales. El ejecutivo los desprestigió, signándolos como “terroristas” y “violentistas”, con la ayuda de la prensa venal, representada, sobre todo, por los canales de la televisión abierta.
Piñera y los suyos pensaron que el natural desgaste del movimiento lo llevaría a extinguirse sin mayores complicaciones. No ocurrió así. La pugna social, incubada por los estudiantes, fue acumulándose en la olla a presión ciudadana y el estallido se produjo el 20 de octubre, dos días después que Sebastián Piñera hablara de Chile como “un oasis en la América del Sur”, para culminar, en su primera etapa, con la marcha multitudinaria más grande de la historia, el sábado 26 de octubre de 2019. El gobierno había recurrido al “estado de emergencia” y al subsecuente toque de queda, esperando que la presencia de militares en las calles disuadiera a la población. Contaban para ello con la experiencia de la dictadura militar y la memoria del terrorismo de estado que se aplicó en Chile durante diecisiete años.
Se equivocaron rotundamente. Las nuevas generaciones, ciudadanos,entre los dieciocho y los cuarenta años de edad, no vivieron los horrores bajo el imperio inmisericorde de la bota militar. Por ello, se enfrentaron a las fuerzas represoras con un desplante corajudo impensable en aquella época aciaga de los 70’ y 80’. Tal desparpajo, por supuesto, no les libró de la brutalidad de los uniformados, ya fuesen carabineros o militares, pero amainó su habitual prepotencia, llevándoles al progresivo agotamiento y regreso a los cuarteles.
Otro factor esencial ha sido la presencia de los personeros del Instituto de Derechos Humanos, de los periodistas internacionales de algunos veedores extranjeros, y de las redes sociales mediáticas lo que obligó, sin duda, a moderarse a las fuerzas represoras, pudiendo haber sido más trágico y luctuoso aún el desenlace de su accionar.
Por otra parte, grupos delictivos bien organizados, cuya raíz podemos rastrear en los núcleos poblacionales del narcotráfico, potenciado durante la dictadura de Pinochet, como elemento desintegrador para neutralizar las potenciales sublevaciones populares, han sido la cara siniestra de una justa rebelión civil que ha procurado desarrollarse de manera pacífica. El lumpen, esos marginales sin conciencia de clase, históricamente al servicio de la derecha; los anarquistas, según otros; los violentistas, como los bautizó el periodismo mercenario y farandulero, olos vándalos –en desmedro de un antiguo pueblo germano- irrumpieron en la escena provocando considerables destrucciones en la red de Metro, en espacios públicos, incendiando o saqueando locales de comercio establecido. La perfecta figura del caos, aprovechada por el gobierno para desvirtuar las legítimas protestas ciudadanas y asustar a “fachos pobres”, timoratos y propietarios, lleva a muchos a repudiar las necesarias protestas, sin las cuales los gobernante no ven, no oyen ni sienten.
Un considerable sector, sobre todo de clase media acomodada, ha puesto el grito en el cielo, llamando a condenar la violencia y exigiendo que todas las manifestaciones se lleven a cabo por la vía pacífica. Como propósito ideal esto resulta muy loable, pero los procesos de cambios sociales nunca han funcionado así y es muy improbable que lo hagan en el futuro, si los analizamos a la luz de la Historia contemporánea, partiendo, digamos, de la Revolución Francesa. Para que las clases dominantes cedan parte de sus privilegios, son imprescindibles las convulsiones violentas, el enfrentamiento de los sectores en lucha, hasta que se logre un real equilibrio de fuerzas o un desnivel que obligue a los poderosos a claudicar. Esta dialéctica no varía, puesto que no existe otro procedimiento fiable, menos en una sociedad como la nuestra, donde los dueños de los medios de producción y de la riqueza cuentan con el aparato represivo policial y militar, auténticos gendarmes defensores del valor supremo del sistema: la propiedad.
Si nos remitimos a nuestra breve “historia patria” de dos siglos, podremos corroborar plenamente este aserto. Bastaría un simple factor en nuestro ordenamiento socioeconómico: la jornada laboral. Cada vez que se ha propuesto reducir la carga horaria de los trabajadores, se han producido enfrentamientos trágicos; recordemos la masacre del 21 de diciembre de 1907, en la escuela Santa María de Iquique, donde el ejército chileno, convocado por el gobierno de entonces, dio muerte a más de tres mil mineros y familiares, incluyendo mujeres, ancianos y niños. Entre sus escasas y mínimas peticiones estaban la de reducir la jornada de trabajo de 12 a 10 horas diarias (de lunes a sábado) y de suprimir el pago con fichas, para que los mineros pudieran adquirir sus bienes fuera de las pulperías que mermaban su escuálido presupuesto, aumentando la descomunal plusvalía de las empresas salitreras. Los oficiales que comandaron aquella masacre fueron gratificados y condecorados por las autoridades de la época. Periódicos como El Mercurio y El Ferrocarril, destacaron la matanza como única vía posible para un “necesario restablecimiento del orden público”. Entonces, cuando la violencia de Estado persigue esta supuesta armonía cívica y la “paz social”, se vuelve justificable para los propietarios.
Algo semejante ocurre con nuestros canales de televisión abierta que, con honrosas excepciones (Mónica Rincón), han puesto el acento en los desmanes de los grupos antisociales, sin parar mientes que en varios de estos hechos delictuales han participado miembros del cuerpo de Carabineros, ya sea en la figura de civiles infiltrados, o de manera desembozada, con uniforme, utilizando carros policiales para perpetrar atracos. De esto hay abundantes testimonios gráficos, como asimismo de las agresiones aleves.
Como un hecho de veras curioso y a la vez potente, los millones de manifestantes, en todo Chile, han adoptado una canción del cantautor comunista, Víctor Jara, vilmente asesinado por los militares en 1973, símbolo nacional e internacional de la resistencia contra la dictadura y la ferocidad de sus agentes. El derecho de vivir en paz se corea en cada una de las marchas, de Arica a Punta Arenas, lo que desmiente la interpretación de “apoliticismo” del movimiento de masas pregonado por el gobierno y la centroderecha conservadora. Su contenido no es una exhortación a la paz ñoña y autosatisfecha de los poderosos, protegidos de toda zozobra en sus reductos, aislados de lo que se niegan a ver, sino un texto revolucionario inspirado en la lucha heroica del pueblo vietnamita contra el poderoso opresor estadounidense, en las décadas de los 60’ y 70’:


El derecho de vivir


Poeta Ho Chi Minh
Que golpea de Vietnam
A toda la humanidad
Ningún cañón borrará
El surco de tu arrozal
El derecho de vivir en paz…
Indochina es el lugar
Más allá del ancho mar
Donde revienta la flor
Con genocidio y napalm
La luna es una explosión
Que funde todo el clamor
El derecho de vivir en paz…





Y aunque otra de las características del multitudinario descontento popular sea la ausencia de banderas partidarias, reemplazadas en este caso por la bandera chilena, la mapuche y la magallánica, esta canción ha logrado simbolizar, de manera transversal, el sentido profundo de la lucha contra un opresor interno que, no obstante, obedece a la premisas y mandatos del Fondo Monetario Internacional y de las corporaciones transnacionales, dueñas en gran medida de nuestros recursos naturales y de los bienes comunes enajenados al capitalismo global.
Transcurridas dos semanas de movilizaciones en todo el país, aún el gobierno de la derecha no ha entregado al pueblo demandante ninguna solución concreta, aparte de suspender el alza de treinta pesos en la tarifa del Metro. Se suceden las promesas, los conciliábulos, las presiones de grupos de poder para que Piñera no ceda demasiado y continúe cautelando los privilegios de la clase empresarial. Los representantes de los diversos partidos políticos no salen de su actuar cerrado y burocrático, agudizando el verdadero divorcio con las fuerzas sociales en efervescencia, tan ausentes de liderazgo como los funcionarios de la Moneda, con quienes se reúnen para cocinar la olla podrida.
En estas condiciones, ¿cabe esperar un consenso pacífico, una cesión concertada de prebendas en beneficio de los pobres y marginados de este país?, ¿podemos acaso confiar en las promesas, hoy amables y aun rastreras, de estos mandatarios al filo de la defenestración?Estimo que no. Más aún, en el momento en que la actual presión social se debilite y desdibuje, los dueños del poder volverán a cerrar sus cajas de caudales, apenas entreabiertas hoy, no por convencimiento cívico o moral, sino por miedo a este pueblo vuelto muchedumbre vociferante y exaltada que exige sus derechos, preteridos desde hace tres décadas o más, cuando en Chile renació la esperanza, al término de la feroz dictadura castrense-empresarial que impuso un modelo socioeconómico de funestos resultados, cuyos beneficiarios insisten en que es “el único modelo posible”, esgrimiendo las manidas comparaciones con Cuba y Venezuela.
La paz por la que muchos claman no es equivalente a la quietud de los sepulcros, sino a un estado de auténtica armonía, fruto de lograr niveles de equidad y justicia exigidos por millones de compatriotas, no como dádivas de buena voluntad de lo que sobra en la mesa del amo, sino como actos concretos de reparación generados merced a la lucha rebelde y sostenida del pueblo trabajador.De lo contrario, seguirán resonando los versos inmortales de Víctor Jara como “un arma cargada de futuro”:


Es el canto universal
Cadena que hará triunfar
El derecho de vivir en paz
El derecho de vivir en paz.




Edmundo Moure
Día de los Santos Difuntos
2019

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-11-2019 15:38
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ARDE CHILE

En menos de una semana se derrumbó el mejor ejemplo de la política ultra neoliberal en América Latina. El “oasis chileno” se quedó sin agua, la “perla” capitalista del Cono Sur se disgregó entre los dedos del presidente magnate, Sebastián Piñera.

Frases broncíneas se viralizaron en las redes sociales: “Sabíamos que existían las diferencias, pero nunca pensamos que molestaran tanto”; “estábamos haciendo las cosas bien, pero fuerzas oscuras y externas nos están desestabilizando”; “el comunismo internacional, liderado por Venezuela, complota para que fracasemos”, etcétera.

La ceguera de la clase social y económica que aún gobierna Chile es endémica; emana desde una visión feudal de la Historia que estos grupos no han podido superar en esta isla del fin del mundo, que sigue imperando incluso entre sus profesionales universitarios: médicos, abogados, ingenieros; qué decir entre los empresarios, convencidos de que el manejo de la economía es un simple ejercicio de ingresar y sacar dinero de la faltriquera de un hacendado del siglo XVIII, pagándoles a sus peones con las migajas que caen de su mesa, pidiéndoles que se encomienden a la Virgen María, si tienen hambre...

En menos de cuarenta y ocho horas, la bomba social estalló, extendiéndose, desde Santiago del Nuevo Extremo, hacia el norte y hacia el sur, en este largo pétalo, no solo de “mar y vino y nieve”, como escribe Neruda, sino de lava ardiente, flujo de las erupciones provocadas por reiterados abusos, injusticias, latrocinios y corrupciones. En estas últimas, se han visto involucradas, hasta sus cimientos, las instituciones “respetables” de la sociedad chilena: Iglesia, Fuerzas Armadas, Carabineros…

Ni siquiera los jueces han escapado de esta lacra que permea los organismos del Estado y también la actividad privada. No hay pan que rebanar, como decían nuestras abuelas.

El escándalo de las pensiones miserables, sustentado por el sistema previsional inicuo de las AFP, creado por los “expertos” de la dictadura, entre ellos, el siniestro lacayo de Pinochet,José Piñera, hermano mayor de Sebastián el Breve; la destrucción concertada de la educación pública, en beneficio del lucro privado, a través de la proliferación de universidades espurias y sin acreditación académica rigurosa; el negocio impune de la salud, administrada por inescrupulosos mercaderes, como el actual ministro de la cartera, doctor Sergio Mañalich, dueño de una de las mayores clínicas-hoteles, como se conocen entre nosotros; el sistema de subcontratación de servicios y tareas productivas, que perjudica aún más los bajos salarios y deja a miles de trabajadores sin protección social; la apropiación del agua por particulares y empresas mineras, cuyos manejos venales han ido destruyendo la actividad de los pequeños propietarios agrícolas y crianceros de la zona central de Chile, hoy asolada por la peor sequía de los últimos cincuenta años; la tala de los bosques nativos y su reemplazo por especies de rápida productividad, favoreciendo a las grandes forestales que, en la zona de la Araucanía, usurpan los territorios mapuches y ahogan su cultura; la contaminación de ríos, lagos y mares, mediante un manejo abusivo de los recursos pesqueros…

La lista de iniquidades y trapacerías resulta interminable y no cabe en una simple crónica. Sin embargo, su extensión y hondura en el tiempo han provocado el incendio civil cuyas llamas amenazan, tanto a los poderes fácticos como a los instituidos. Los canales de la televisión abierta y los periódicos de mayor tiraje, todos al servicio incondicional del poder, hacen gala de su hipocresía desinformativa, poniendo el acento en los saqueos, desmanes y quemas de supermercados, farmacias y tiendas; destrozos y sabotajes en la red del Metro, algunos de ellos de sospechosa ocurrencia… Omiten la fuerza y extensión de las protestas sociales en contra del gobierno derechista; asimismo, los asesinatos y vejámenes contra civiles, por parte de la policía y la soldadesca drogada, esgrimiendo la manida coartada de supuestas provocaciones. Es decir, la amenaza de una olla que se golpea versus una AK6 manejada por un energúmeno acorazado.

Cincuenta muertos, cientos de torturados, miles de heridos que no figuran en las “informaciones” de la gran prensa amarilla. Se ha impedido al director del Instituto de Derechos Humanos el ingreso a los centros asistenciales de salud, negándole toda información fehaciente sobre muertos y lesionados. Menos mal que contamos con las redes sociales y medios no vendidos al sistema, para informarnos de la realidad que estamos viviendo, que supera con mucho las febles y erráticas respuestas del poder ejecutivo y sus ridículas medidas de mitigación ante la conmoción nacional. Porque un incendio de esta magnitud no se apaga con gasolina, ni con tanquetas ni con la más despiadada de las represiones, invocando, como hace la derecha extrema, al fantasma de Augusto Pinochet.

Por su parte, el parlamento chileno está dando un triste espectáculo, alejado de la gente, como ha sido su tónica durante veinte años, enfrascados sus miembros a sueldo en descalificaciones e insultos mutuos, ignorando las reales aspiraciones y necesidades del pueblo.

Y aunque “Carlos Marx esté muerto y enterrado”, hoy en día, Sebastián Piñera, exhausto y aterrado ante la amenaza de las “hordas marxistas”, parece repetir lo cantado por Serrat en un tema memorable:
-“Amo, se nos está llenando de pobres el recibidor”.
-“Diles que el señor no está, que anda de viaje y que no sabes cuándo va a regresar…”

Mientras tanto, Chile seguirá ardiendo. ¿Hasta cuándo?


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Edmundo Moure
Octubre 23, 2019
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-10-2019 23:47
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DIARIO DE COMPOSTELA
“Cada peregrino carga con su fardel y su historia, con sus motivos y sus pensamientos… Hay tantas razones para echarse a andar hacia el oeste, hacia Compostela, como personas emprenden el camino, misterios andantes…”(La Voz de Galicia; Anne Carson)


Me comento a mí mismo –aunque no sea yo Walt Whitman, a dos siglos de su auroral nacimiento-… No obstante, me refiero y celebro en este breve libro que escribí, hace diez años, luego de completar la ruta portuguesa del Camino de Santiago, con mis amigos de estirpe gallega, nacidos como yo, en este Último Reino, sur de sures y postrer Finisterre planetario: Pascual Veiga López y Gonzalo Veiga Riveros.
Se trata de mi noveno viaje a la Terra Nai, a donde no he vuelto desde hace una década, a donde quisiera volver o regresar cada día, porque, bien lo sabes ya querido (a) lector (a), cómo nos clava la saeta de la nostalgia ese lugar único y encantado que nos elige, como un amor que sorprende y desemboca en esa suerte de pasmo o asombro de una revelación, encuentro que esperábamos, sin saberlo, y que estalla de súbito, como una cascada (cachoeira) que cae sobre las aguas quietas de nuestro sueño dormido, para enlazarnos a un afecto secreto que atesorábamos en silencio, y que ahora quisiéramos comunicar y compartir a los cuatro vientos, aunque el tiempo procure ahogar nuestros impulsos y expansiones otrora juveniles.
Vuelvo a ofrecer este libro–posible merced a la munificencia de Pascual Veiga López-, a mis amigos, parientes consanguíneos y de afinidad, conocidos en el mundo de las letras, colegas en el largo río de apremios laborales… La recepción ha sido escasa, débil, como eco perdido entre los montes de una vasta región desolada. Pero el texto está aquí, entre mis manos, con su vieja y nueva portada: el rostro de la catedral de Santiago de Compostela, iluminado por las luces de oro del crepúsculo sobre la ciudad apostólica.
No se trata, claro, de una obra literaria señera ni de un cenit creativo de este avezado y modesto escriba, pero es un trazo significativo entre tantos caminos recorridos, a la antigua manera peregrina, a pie, como me ha gustado, como me agrada todavía sin que el peso de ocho décadas logre menguar la voluntad de mis pasos sobre múltiples senderos y calles, rúas y derroteros. Así lo escribo en el Diario de Compostela:
“Nos reencontramos con mi amigo, Pascual Veiga, hace cuatro años… Había pasado mucho tiempo, pero hablamos como antes, tal si reviviéramos los días remotos de La Cisterna, con ese entusiasmo que la juventud otorga a la inquietudes comunes… Yo llevaba un texto sobre el Camino de Santiago, uno de los mejores que se hayan escrito sobre el mito y la leyenda compostelanos: El Peregrino de la Estrella, del incomparable Alejo Carpentier.
“Pascual me dijo entonces que tenía una deuda pendiente con la Terra Nai: allegarse a los orígenes de la familia paterna, oriunda deCarracido, Santa María de Porriño, Pontevedra, Galicia.
“Planeamos de inmediato un viaje juntos, travesía pedestre que nos llevaría por la ruta jacobea portuguesa, uno de cuyos destinos es aquella villa donde nacieran los Veiga Alonso, hermanos Tomás y Jesús; el primero, padre de Pascual y los otros seis hermanos Veiga López de Santiago de Chile; el segundo, tío dilecto que descubriera, en el extremo sur de Chile, hace más de sesenta años, los restos de la Ciudad de El Rey Don Felipe (Puerto del Hambre), fundada por el almirante pontevedrés, Pedro Sarmiento de Gamboa, en marzo de 1584. (El tío Jesús escribió un interesante libro sobre aquel hallazgo, que reeditamos, Pascual Veiga y yo, en edición bilingüe -castellano-gallego-, en 2012).
“Peripecias de salud y otras circunstancias demoraron la partida, hasta junio de 2009, a la que se agregó, felizmente, Gonzalo Veiga Riveros, hijo de Pascual y escritor incipiente, como se comprobará en el capítulo final de este libro, que da cuenta de otro hallazgo, el de la casa petrucial en Carracido, airosa sobreviviente de piedra y musgo…
“Así narramos, en Diario de Compostela, el testimonio de la peregrinación de tres caminantes sudamericanos, chilenos para mayor abundamiento e hijos afectivos de la eterna Galicia emigrante”.
Como en todo viaje que se emprende con los ojos abiertos y el espíritu alerta, experimentamos singulares sorpresas e impensados hallazgos. Uno de los más significativos fue el de Pontesampaio, como se cuenta:
“Por la mañana del miércoles 24 de junio de 2009, día de San Juan, reemprendimos la marcha hacia Pontevedra. Cruzamos el milenario puente romano que lleva el nombre de quien descubriera la tumba del Apóstol Santiago en la localidad de Padrón, el eremita Paio, vuelto santo –SantPaio- por esa voluntad canónica e imperial de la Iglesia de Pedro, extendida al reino de este mundo y al del más allá...
“En el extremo norte del puente se libró una de las primeras y decisivas batallas de los hispanos contra las tropas invasoras de Napoleón, en junio de 1809, doscientos años exactos antes de nuestro paso peregrino. Como consigna una enorme placa levantada en el sitio, el noveno entre doce, de los oficiales destacados en el combate fue el chileno José Miguel Carrera, entonces Sargento Mayor de Húsares del Reino de Galicia, como él mismo lo escribiera en su Diario Militar:
“…Fui agregado, con el mismo grado de Teniente, que tenía en mi regimiento, al de Farnesio; de éste pasé al de Caballería de Madrid, del que siendo Capitán, he sido ascendido a Sargento Mayor de Húsares de Galicia…”
No pienses, ni menos deduzcas, querido (a) lector (a), que me inclino por destacar proezas militares, pues las prefiero literarias, intelectuales y civiles, pero era el nombre de un compatriota ilustre, un prócer de nuestra independencia que luchó, a miles de kilómetros de su patria natal, por otra causa libertaria, porque la auténtica libertad no tiene bandera propia.
Por otra parte, este breve libro, como otros que escribí, se sustenta en la base más entrañable de lo femenino: el Mito de la Tierra Madre, que la vieja Galicia comparte con Chiloé, en el confín austral, como lo hemos expresado ya, en relatos, crónicas y ensayos. Quizá por eso, como verás si lo lees, el personaje que sobresale entre los seres que compartieron la ruta, es Dona Carmen, la gallega que nos ofrendó su sencilla hospitalidad en esa cidade de pedra e soño que es Santiago de Compostela:
“Es curiosa e inquietante para mí, en cierto sentido, la desaparición de Dona Carmen. Algo parecido me ocurrió, en 2006, con mi entrañable amigo coruñés, Demófilo Pedreira Rumbo, ciudadano adoptivo de Chiloé o Nueva Galicia, si prefieren, que un día se esfumó de su casa en calle Rosalía Roa número 7, en la villa marinera deDalcahue (lugar de dalcas o de dornas), rumbo a ningures (ninguna parte).
Pero esto pasa a menudo con los gallegos: Nunca se sabe cuándo llegan ni cuándo se van, aunque los buenos y generosos jamás abandonan la casa de la memoria.

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Edmundo Moure
Junio 2019
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-06-2019 23:49
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ROSALÍA EN NOSOTROS
ROSALÍA EN NOSOTROS


"Rosalía estaba en nos, os alonxados.
Sen querer falar do doble fío da saudade,
soio diremos que a saudade é
a dinámica da emigración,"
Eliseo Alonso


De esto hace ya treinta y cuatro años. En abril de 1985 recibí por correo una invitación para participar en el Congreso Rosalía de Castro e o seu Tempo, convocado en Santiago de Compostela, a partir del 15 de julio de ese año, en conmemoración del centenario del pasamento de Rosalía, acaecido en 1885, en su casa de Padrón, localidad de A Matanza, en cuyos ámbitos se sitúa hoy el Museo que honra su memoria.

Dos años antes de esa fecha, en mayo de 1983, viajé por primera vez a Galicia y conocí el casal de A Touza, parroquia de Santa María de Vilaquinte, Lugo, donde vino al mundo mi progenitor, Cándido Moure Rodríguez, quien emigrara a la Argentina, en 1924, con sus padres y sus seis hermanos. Visité luego la morada de Rosalía y tuve como gentil anfitriona a la actriz Maruja Villanueva, a la sazón directora de la Casa Museo. Mientras yo contemplaba la figura de cera que yacía en el lecho de la poeta, experimenté una honda conmoción y el consecuente llanto que procuré ahogar. Maruja, a mi lado, recitaba “Negra Sombra”…

A instancias del doctor Agustín Sixto Seco, uno de los destacados promotores del congreso rosaliano, envié un texto como ponencia, “Rosalía y la nostalgia del paraíso”, que expuse en una de las aulas de la Universidad de Santiago de Compostela, y que hoy es parte de las Actas de dicho congreso. Para mí, aquello fue como la verificación formal de ese antiguo amor, tanto por la obra poética de Rosalía de Castro como por su figura nimbada de misterio, que había germinado en mí al cumplir los siete años de edad, cuando mi padre me enseñó a recitar sus poemas más conocidos, comenzando por “Adiós ríos, adiós fontes”, que yo declamaba en honor de mi abuela Elena, en su onomástico del 18 de agosto.

Escuchábamos la lengua gallega en los ámbitos de Chacra El Olivo, en Santiago del Nuevo Extremo, de boca de la abuela, de mis tres tías gallegas y de mi padre. Sus dos hermanos varones preferían el castellano y, como la mayoría de los gallegos residentes en Chile, olvidaban la lengua vernácula, en curiosa y patética mezcla de menoscabo cultural del propio acervo y de aquiescencia con la política “españolizadora” y cerril que el franquismo propugnó, dentro y fuera de esa España aherrojada, como única vía posible para expresar “lo español”; cultura entendida como “charanga, cuplé, toreo y pandereta”, que continúa practicándose en muchos de los centros hispanos de América, resabio de un colonialismo añejo y mustio que es parte de la desmemoria colectiva y de la negación endémica de una riqueza cultural que radica en la diversidad creadora de los pueblos que habitan, desde hace dos milenios, la Península Ibérica, poseedores de un idioma y de una identidad nacional propios: gallegos, vascos y catalanes.

Tal como mi padre pugnaba por revivir aquellos hilos conductores y los referentes existenciales con su lejano mundo gallego, que se abrían en la dulce prosodia de su lengua campesina y marinera, la música, el canto y la poesía han constituido puentes de unión y contacto permanentes con esa maravillosa cultura que nos fuera revelada a través de los sencillos ritos de la mesa y de la fiesta, de la comensalía participativa, de la literatura y de la música, como pan necesario para articular una vida más plena de anhelos y de raigambre originaria.

Durante siglos, desde las comarcas de Occitania, en las faldas del norte de los Pirineos, a través del Camino de Santiago, las voces de los trovadores francos transmitieron la poesía que cantaban, en palacios, villas y aldeas, por las rutas septentrionales de la Península que desembocaban en Campus Stellae, el Campo de las Estrellas, Santiago de Compostela. Nace así la trova galaico-portuguesa, con cantores ilustres e inolvidables, en la rica tradición que va desde el siglo XII hasta los albores del siglo XV, expresada por medio de las cantigas, en sus tres vertientes o modos principales: De Amor, De Amigo y De Escarnio o Maldecir.

Más que simples entretenimientos de la nobleza palaciega, o solaz de hidalgos, villanos y campesinos, las cantigas constituyeron cauce vivo de la cultura de su tiempo, a través de cuyas vías los seres humanos daban a conocer su cosmogonía, su visión del mundo y de sus semejantes, sus anhelos e inquietudes sociales, sus esperanzas de encontrar algún día el pájaro azul de la felicidad.

La poesía, que era siempre cantada, en inseparable simbiosis con la música, proveía de un medio dinámico y vario para expresarse y entenderse, dentro de los estrechos márgenes de libertad de un tiempo en que la teocracia feudal constreñía, vigilaba y castigaba a los transgresores (pecadores) con miras a enrielarlos hacia la única salvación posible y necesaria: la escatológica bajo la férula del Papado, mientras los poderosos disfrutaban a sus anchas de los bienes de este mundo y aseguraban, con la cruz y la espada, las prerrogativas del otro. Pero los códigos del arte son capaces de eludir la garra del poder establecido, a través de un lenguaje de símbolos y alegorías, donde el humor suele transformarse en arma eficaz y comprensible para los desheredados, haciendo realidad el viejo refrán: “Debajo de mi manto al Rey mato”.

El trovador, el juglar, el poeta, encarnarán la irreverencia, la burla posible y oportuna, para acceder a la catarsis social de la fiesta y de la plaza, de la cosecha y del beneficio laboral, como recompensas del sudor en los oficios, donde está permitido mofarse de los poderes y dar rienda suelta a los deseos de la humana condición, mediante las formas del sentimiento, la alegría, la cólera, el humor, la tragedia y el placer. Hay creadores que permanecen, cuyos antiguos versos todavía se cantan hoy, como Paio Soares, Don Denís, Airas Nunes, Mendinho y Martín Códax…

Su testimonio, como en una carrera de postas que atraviesa los siglos, pasa de mano en mano y de boca en boca, hasta hoy, en que modernos cantautores replican y renuevan la trova intemporal, porque si las redes de la Historia parecen interrumpirse, en infaustas ocasiones, bajo las tijeras interesadas del olvido, el arte universal mantiene sus hilos misteriosos, el fuego de todos los fuegos. De esa lumbre, donde late la voz estética de la tribu, Rosalía, como nuestra Violeta y otros genios de la poesía universal, recoge testimonios, cantos y decires populares, para recrearlos en su obra.

En Chile contamos con Eduardo Peralta, heredero pertinaz y entusiasta de aquella tradición secular. Discípulo de Georges Brassens y émulo distintivo en la interpretación musical de la mejor poesía chilena e hispanoamericana, Eduardo Peralta ha recorrido diversos escenarios de nuestro continente y de Europa, llevando aquellas voces en su guitarra transeúnte; asimismo, sus propias composiciones, en las que combina el humor, la ironía y la crítica ideológica con acertados componentes líricos y un notable dominio del lenguaje. Recordamos que en el año 2004 cantó, junto a Amancio Prada, en el Centro Cultural de España, de nuestra capital.

En el Mesón Nerudiano, taberna ubicada en el centro bohemio de nuestro Santiago del Último Reino, Eduardo ha completado ya quince años de sus “Noches Brassensianas”, de manera ininterrumpida, en sucesivas convocatorias donde entrega lo mejor de su quehacer musical, a la vez que invita a compañeros en el arte para que aporten y compartan su canto ante un público participativo y alerta.

Recuerdo que el lunes 16 de julio de 2017, a ciento treinta y dos años de la muerte de Rosalía, Eduardo Peralta organizó un singular encuentro, bajo el lema “Un canto a Galicia”, con la participación del cantautor chileno José María Herreros, quien vivió ocho años en Galicia, especializándose en temas de la trova galaico-portuguesa. También estuvieron en el escenario el trovador francés Daniel Fernández, el joven músico y gaitero, José María Moure, y este escriba, que recitó dos de los Seis Poemas Galegos de Federico García Lorca, refiriéndose asimismo a la vida y obra de Rosalía y a su propia experiencia en torno a la poeta universal gallega. Eduardo Peralta ofreció a los presentes un manojo de poemas rosalianos a través de su canto y su guitarra de eximio trovador.




Al otro lado del mar, en la fría noche del invierno del Sur, escuchamos la perenne exhortación de Federico:

¡Érguete Rosalía, que xa cantan os galos do día!
¡Érguete, miña amada, porque o vento muxe coma unha vaca…!

Rosalía vive en nosotros, los hijos de la emigración que hacemos nuestra la convocatoria del granadino universal, para exclamar, en el abanico de la rosa de los vientos:

¡Érguete, nosa Galicia, que xa cantan de novo os galos da Historia!

Esta exhortación –ilusionada hasta el desgarramiento- bien pudo haber brotado también de la boca de Alfonso Castelao, pero, ¿quién lee o siquiera recuerda hoy en día al hijo de Rianxo? Quizá el olvido sea el mayor aliciente de la necedad, individual y colectiva, que parece inundarnos.



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Edmundo Moure
enero 13, 2019


Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-01-2019 23:39
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ROSALIA CASTRO E GABRIELA MISTRAL
ROSALÍA Y GABRIELA, POETAS DE LA DESOLACIÓN

“…Negra sombra que me asombra” (Rosalía)

“Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
de Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa…”
(Gabriela)

Hasta ahora no hay indicios de que Gabriela Mistral haya accedido a la obra poética de Rosalía de Castro, aun cuando Juana de Ibarbouru y Alfonsina Storni, referentes contemporáneas de Gabriela, conocieran y se encantaran con la poesía de la “hija del Sar”; también Victoria Ocampo, con quien Gabriela mantuvo asidua correspondencia, pero no existe rasgo alguno en la obra de la hija de Elqui que nos remita a la excelsa poeta gallega del siglo XIX.
No obstante, hay similitudes notables en el estro vital y estético de las dos grandes creadoras, al punto que sus obras y sus existencias, cotejadas desde la extrañeza admirativa, nos aportan señeras claves analógicas. El denominador común de ambas –me atrevo a decir- es la desolación, el desamparo del ser ante el mundo, sin paliativos, sin esperanza, salvo aquella fuerza interior que la sensibilidad estética y emocional encauza en aras de la creatividad; en este caso, lingüística y poética, en auténtico desgarramiento de la palabra, para que ésta quede temblando o fulgurando en sucesivas impotencias, cárcel patética del sentimiento que las desborda. Sin embargo, debido a su móvil intrínseco, la poesía desvela y se vuelve conocimiento intuitivo del ser y del mundo.
Rosalía casó a temprana edad con el historiador gallego Manuel Murguía, con quien tuvo cinco hijos. Hay versiones encontradas de su vida conyugal, sobre todo en aquellas instancias donde Rosalía requirió, en inmejorable metáfora de Virginia Wolf, “un cuarto propio”, ese espacio escatimado a la mujer durante siglos, ámbito que la cultura patriarcal reservó al hombre, relegando a su compañera al yugo de la cocina y al rigor silencioso de la sala de costuras, o a la esfera de esa maternidad imperativa que se atribuye a una ciega voluntad divina, que obliga pero no provee. Para unos, la poeta fue apoyada e incentivada por el marido en su actividad creadora; para otros, el esposo habría ejercido una tutela autoritaria, celoso de ese genio lírico de Rosalía del que él careció.
Estas contradicciones no podrán ya ser desveladas, pero la obra rosaliana contiene signos y rasgos que constituyen un desafío no resuelto para indagar en su mundo afectivo, en sus amores truncados –que los tuvo, sin duda-, circunstancias que le cerraron opciones a una felicidad anhelada hasta el fin de sus días, cuando en la hora postrera o derradeira le pide a su hija Gala: “Abre la ventana que quiero ver el mar…”
Rosalía fallece el 15 de julio de 1885, habiendo sido negada en vida por los poderes sociales y políticos de su tiempo, por su condición de hija “ilegítima”, así como por su poesía denunciadora de las miserias de su pueblo, sobre todo de la marginación de la mujer gallega. Como flagrante contradicción, su funeral será dirigido y “oficializado” por quienes la menospreciaron: los patriarcas políticos y caciquiles, vestidos de levita y sombrero hongo.
Quizá vibraban, acusadores en la memoria colectiva de su pueblo, esos breves versos suyos que dicen más que un tratado sociológico:
Daqueles que cantan ás pombas e ás froles/ todos din que teñen alma de muller/ I eu, que non ás canto, Virgen de la Paloma, alma de qué a terei?
(De aquellos que cantan a las palomas y a las flores/ todos dicen que tienen almea de mujer/ Y yo, que no canto esos tópicos, Virgen de la Paloma,/ alma de qué tendré…)

Al iniciarse la ceremonia fúnebre, el poeta Manuel Curros Enríquez, rebelde y anticlerical, es impedido de pronunciar un discurso. Como alternativa, insiste en declamar un poema. Se le acepta, pensando quizá en la ineficacia contestataria de la poesía. Curros sube al estrado y con su potente voz de bardo canta:

Do mar pola orela miréina pasar
Na frente una estrela
No bico un cantar

E vina tan soia na noite sin fin
Que inda recéi pola probe da tola
Eu que non teño quen rece por min

A musa dos pobos que vin eu pasar
Comesta dos lobos, comesta morreu
Os ósos son dela que vades gardar

Ai dos que levan na frente unha estrela
Ai dos que levan na frente un cantar.


(Del mar por la orilla la miré pasar
En la frente una estrella
En los labios un cantar…

Y la vi tan sola en la noche infinita
Que entonces recé por la pobre loca
Yo que no tengo quien rece por mí.

La musa de los pueblos que yo vi pasar,
Comida por los lobos, devorada murió.
Los huesos son de ella, que vais a enterrar…

Ay de los que llevan en la frente una estrella,
Ay de los que llevan en los labios un cantar.)

Cómo no establecer una similitud con Gabriela Mistral, cuando obtuviera, en 1945, el primer Nobel de Iberoamérica, habiendo sido patrocinada al galardón universal, no por Chile, sino por el gobierno de la República del Ecuador. Como patético y grotesco desenlace, seis años más tarde, se le otorga un tardío Premio Nacional de Literatura. Hasta el día de hoy, Gabriela sigue siendo preterida por la “oficialidad literaria” de Chile, con honrosas excepciones de exegetas como Jaime Quezada o Naín Nómez.
De la infancia de Gabriela se recogen testimonios contrapuestos y desvaídos en el tiempo. Habría sido abusada por su padrastro, hecho que influiría, definitivamente, en su comportamiento afectivo con los hombres. Se ha especulado, asimismo, acerca de supuestas inclinaciones lesbianas con sus asistentas y secretarias. Del sobrino que adoptó, Yin Yin, se ha dicho que fue hijo carnal de un amorío secreto… Pero el morbo sensacionalista da para todo, menos para un análisis lúcido de su obra a la luz de una existencia atormentada, que iba a ensombrecerse aún más con el suicidio del sobrino adolescente.
Una década después de la partida de Gabriela nos enteramos de sus encendidas cartas de amor con el poeta Manuel Magallanes Moure, en furtiva y clandestina relación que, según amigos y conocidos cercanos, no habría llegado a su culminación carnal, aunque el fuego de las palabras y de las imágenes epistolares sugiera una pasión desbocada de alma y cuerpo. La poeta escribió al respecto versos significativos:


Él pasó con otra;
yo le vi pasar.
Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

No obstante el ardor epistolar con el que Gabriela parece entregarse por completo al amado, las respuestas de Magallanes Moure son más bien cautelosas, como si estuviese inquieto por verse sorprendido en “falta moral”. Es probable que las cartas más comprometedoras escritas por él a la poeta hayan desaparecido.

Se cuenta que ambos concertaron una cita en la estación El Volcán, del ferrocarril cordillerano que unía, a través de rieles de trocha angosta, la actual Plaza Baquedano, en el centro de Santiago, con esa última parada de un antiguo paso fronterizo en los altos del Cajón del Maipo, entre las cumbres fronterizas de Los Andes.

Manuel la esperó en al andén, vestido con un panamá y sombrero de pita; en el ojal llevaba una rosa roja. Gabriela descendió, caminando a su encuentro por la plataforma. Cuando estaba a unos treinta metros de él, se detuvo, volvió presurosa y se metió en uno de los carros a punto de iniciar el descenso. Un encuentro frustrado, una señal o sino que iba a repetirse muchas veces en la vida de la Poeta, hasta que cuatro décadas más tarde, ella encontró la correspondencia de su amor en Doris Dana, una joven estadounidense estudiosa de su poesía y admiradora incondicional.

Pero cabe preguntarnos, ¿qué hay detrás de esta perenne actitud desolada de ambas creadoras? Quizá una insatisfacción que está más allá de los paliativos que provee la íntima anuencia con otros seres humanos; tal vez una suerte de angustia metafísica de hondo arraigo femenino, tan misteriosa como inexpresable, aún a través de sus genios poéticos. Hay en sus obras un profundo sentido de la vida como tragedia irremediable, de la presencia de la muerte como sombra aciaga o peligro inminente que se ciernen sobre los seres amados para segar su existencia, sumiéndolas en total desamparo, en definitiva orfandad.

Para una parte de nosotros, la que habita en el Noroeste de la vieja Galicia, Rosalía es “la Gabriela Mistral” de los gallegos; para la que mora en la estrecha y larga cinta del Último Reino”, Gabriela es “la Rosalía de Castro” de los chilenos.

Ambos cantos, ambas voces, pervivirán, porque son imprescindibles, pues sin ellos estaríamos sumidos en esa “negra sombra” que nos desasosiega sin remedio.


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Edmundo Moure
Enero 2019
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 17-01-2019 00:34
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VIENDO LLOVER EN GALICIA por Gabriel García Márquez
O noso colaborador e amigo Edmundo Moure, nos remite esta crónica que Gabriel García Márquez escribiu sobre Galicia.

Hace treinta y cinco años, en mayo de 1983, viajé por primera vez a Galicia. Ya he contado esa experiencia en libros y crónicas.
En septiembre de ese año, Eugenio Llona Mouat, un viejo amigo de los tiempos de La Cisterna, por entonces representante de los Inti Illimani en Europa, me envió la crónica de Gabriel García Márquez que les envío junto a este correo.


El martes recién pasado, en la Casa del Escritor, presentamos una breve antología del Taller Greda Azul, con poemas basados en el tema del desarraigo (emigración). Dijimos que en Chile y en el resto de nuestra América, casi todos somos emigrantes... Hablamos de las raíces transoceánicas y de la memoria...

Un abrazo.
Edmundo Moure


VIENDO LLOVER EN GALICIA

Por Gabriel García Márquez (11 de mayo de 1983)

Mi muy viejo amigo, el pintor poeta y novelista Héctor Rojas Herazo -a quien no veía desde hacía mucho tiempo- debió sufrir un estremecimiento de compasión cuando me vio en Madrid abrumado por un tumulto de fotógrafos, periodistas y solicitantes de autógrafos, y se acercó para decirme en voz baja: "Recuerda que de vez en cuando debes ser amable contigo mismo". En efecto, fiel a mi determinación de complacer todas las demandas sin tomar en cuenta mi propia fatiga, hacía ya varios meses -quizá varios años- en que no me ofrecía a mí mismo un regalo merecido. De modo que decidí regalarme en la realidad uno de mis sueños más antiguos: conocer Galicia. Alguien a quien le gusta comer no puede pensar en Galicia sin pensar antes que en cualquier otra cosa en los placeres de su cocina. "La nostalgia empieza por la comida", dijo el che Guevara, tal vez añorando los asados astronómicos de su tierra argentina, mientras se hablaba de asuntos de guerra en las noches de hombres solos en la sierra Maestra. También para mí la nostalgia de Galicia había empezado por la comida, antes de que hubiera conocido la tierra. El caso es que mi abuela, en la casa grande de Aracataca, donde conocí mis primeros fantasmas, tenía el exquisito oficio de panadera, y lo practicaba aun cuando ya estaba vieja y a punto de quedarse ciega, hasta que una crecida del río le desbarató el horno y nadie en la casa tuvo ánimos para reconstruirlo. Pero la vocación de la abuela era tan definida, que cuando no pudo hacer panes siguió haciendo jamones. Unos jamones deliciosos, que, sin embargo, no nos gustaban a los niños -porque a los niños no les gustan las novedades de los adultos-, pero el sabor de la primera prueba se me quedó grabado para siempre en la memoria del paladar. No volví a encontrarlo jamás en ninguno de los muchos y diversos jamones que comí después en mis años buenos y en mis años malos, hasta que probé por casualidad -40 años después, en Barcelona- una rebanada inocente de lacón. Todo el alborozo, todas las incertidumbres y toda la soledad de la infancia me volvieron de pronto en ese sabor, que era el inconfundible de los lacones de la abuela. De aquella experiencia surgió mi interés de descifrar su ascendencia, y buscando la suya encontré la mía en los verdes frenéticos de mayo hasta el mar y las lluvias feraces y los vientos eternos de los campos de Galicia. Sólo entonces entendí de dónde había sacado la abuela aquella credulidad que le permitía vivir en un mundo sobrenatural donde todo era posible, donde las explicaciones racionales carecían por completo de validez, y entendí de dónde le venía la pasión de cocinar para alimentar a los forasteros y su costumbre de cantar todo el día. "Hay que hacer carne y pescado porque no se sabe qué le gusta a los que vengan a almorzar", solía decir cuando oía el silbato del tren. Murió muy vieja, ciega, y con el sentido de la realidad trastornado por completo, hasta el punto de que hablaba de sus recuerdos más antiguos como si estuvieran ocurriendo en el instante, y conversaba con los muertos que había conocido vivos en su juventud remota. Le contaba estas cosas a un amigo gallego la semana pasada, en Santiago de Compostela, y él me dijo: "Entonces tu abuela era gallega, sin ninguna duda, porque estaba loca". En realidad, todos los gallegos que conozco, y los que vi ahora sin tiempo para conocerlos, me parecen nacidos bajo el signo de Piscis.
No sé de dónde viene la vergüenza de ser turista. A muchos amigos, en pleno frenesí turístico, les he oído decir que no quieren mezclarse con los turistas, sin darse cuenta de que, aunque no se mezclen, ellos son tan turistas como los otros. Yo, cuando voy a conocer algún lugar sin disponer de mucho tiempo para ir más a fondo, asumo sin pudor mi condición de turista. Me gusta inscribirme en esas excursiones rápidas, en las que los guías explican todo lo que se ve por las ventanas del autobús, a la derecha y a la izquierda, señores y señoras, entre otras cosas porque así sé de una vez todo lo que no hay que ver después, cuando salgo solo a conocer el lugar por mis propios medios. Sin embargo, Santiago de Compostelano da tiempo para tantos pormenores: la ciudad se impone de inmediato, completa y para siempre, como si se hubiera nacido en ella. Siempre he creído, y lo sigo creyendo, que no hay en el mundo una plaza más bella que la de Siena. La única que me ha hecho dudar es la de Santiago de Compostela, por su equilibrio y su aire juvenil, que no permite pensar en su edad venerable, sino que parece construida el día anterior por alguien que hubiera perdido el sentido del tiempo. Tal vez esta impresión no tenga su origen en la plaza misma, sino en el hecho de estar -como toda la ciudad, hasta en sus últimos rincones- incorporada hasta el alma a la vida cotidiana de hoy. Es una ciudad viva, tomada por una muchedumbre de estudiantes alegres y bulliciosos, que no le dan ni una sola tregua para envejecer. En los muros intactos, la vegetación se abre paso por entre las grietas, en una lucha implacable por sobrevivir al olvido, y uno se encuentra a cada paso, como la cosa más natural del mundo, con el milagro de las piedras florecidas.
Llovió durante tres días, pero no de un modo inclemente, sino con intempestivos espacios de un sol radiante. Sin embargo, los amigos gallegos no parecían ver esas pausas doradas, sino que a cada instante nos daban excusas por la lluvia. Tal vez ni siquiera ellos eran conscientes de que Galicia sin lluvia hubiera sido una desilusión, porque el suyo es un país mítico -mucho más de lo que los propios gallegos se lo imaginan-, y en los países míticos nunca sale el sol. "Si hubieran venido la semana pasada, habrían encontrado un tiempo estupendo", nos decían, avergonzados. "Este tiempo no corresponde a la estación", insistían, sin acordarse de Valle-Inclán, de Rosalía de Castro, de los poetas gallegos de siempre, en cuyos libros llueve desde el principio de la creación y sopla un viento interminable, que es tal vez el que siembra ese germen lunático que hace distintos y amorosos a tantos gallegos.
Llovía en la ciudad, llovía en los campos intensos, llovía en el paraíso lacustre de la ría de Arosa y en la ría de Vigo, y en su puente, llovía en la plaza, impávida y casi irreal, de Cambados, y hasta en la isla de la Toja, donde hay un hotel de otro mundo y otro tiempo, que parece esperar a que escampe, a que cese el viento y resplandezca el sol para empezar a vivir. Andábamos por entre esta lluvia como por un estado de gracia, comiendo a puñados los únicos mariscos vivos que quedan en este mundo devastado, comiendo unos pescados que siguen siendo peces en el plato y unas ensaladas que seguían creciendo en la mesa, y sabíamos que todo aquello estaba allí por virtud de la lluvia, que nunca acaba de caer. Hace ahora muchos años, en un restaurante de Barcelona, le oí hablar de la comida de Galicia al escritor Álvaro Cunqueiro, y sus descripciones eran tan deslumbrantes que me parecieron delirios de gallego.
Desde que tengo memoria les he oído hablar de Galicia a los gallegos de América, y siempre pensé que sus recuerdos estaban deformados por los espejismos de la nostalgia. Hoy me acuerdo de mis 72 horas en Galicia y me pregunto si todo aquello era verdad, o si es que yo mismo he empezado a ser víctima de los mismos desvaríos de mi abuela. Entre gallegos -ya lo sabemos- nunca se sabe.

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GGM
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 19-08-2018 00:26
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LENGUAS MINORITARIAS Y DIGLOSIA
LENGUAS MINORITARIAS Y DIGLOSIA


Xesús Alonso Montero, insigne maestro y lingüista



Te preguntarás, avisado lector, por qué escribo esta crónica sobre un tema específico y de tan poca actualidad para quienes manejan la res pública y la cosa mediática. Bueno, porque es parte de inquietudes inspiradas, quizá, en la opción de pertenecer a la inmensa minoría y no a la pequeña mayoría vociferante. Pues en la vida social también habitan, y a menudo se contraponen, el microcosmos y el macrocosmos.

En un mundo que persigue la uniformidad cacofónica y ramplona, donde el paradigma es vestirse igual, escuchar la misma música, opinar según lo que dice el canal de mayor ratting (estoy empleando el estereotipo al uso), hablar como hablan los otros, saltar al ritmo del tambor dirigente, optar por lo minoritario parece necedad mayor. Muchos, tantos, sugieren ser “universales” o se ufanan de “cosmopolitas”. A esta última categoría se refería Camilo José Cela, nuestro Nobel gallego de 1989, diciendo: “cosmopolita es aquel que mora en los hoteles”.

Yo prefiero los hogares, es decir, esos espacios insuperables donde, según su etimología, “se conserva el fuego”; del latín “fogar”. Cientos de miles de años tardaron los homínidos en atesorar las brasas hospitalarias, y acuñar, al mismo tiempo, las palabras con que nominarían su intimidad, el entorno y el vasto mundo, tallando con llamas y vocales sus cosmogonías. Ahí nacieron, probablemente, las lenguas y luego los idiomas; con literatura oral, primero, a cargo de las mujeres, que traspasaban la cultura y los conocimientos de supervivencia en forma de coloquios; luego, con la reciente invención de la imprenta, a cargo de los varones, medio formidable para el progreso y para la dominación por medio de la palabra.

Los nacionalismos, que mucho repugnan a Fernando Savater y a otros conocidos “cosmopolitas”, tienen, para mí, un aspecto positivo en la batalla, quizá de antemano perdida, que libran para defender sus particularidades y diferencias frente a un proceso avasallador y, al parecer, sin retorno. Por lo tanto, constituyen una quimera, como afirma, rotundamente, un pariente consanguíneo. Me aferro a esta ilusión en el modesto frente de batalla de las lenguas que luchan por sobrevivir, mientras escucho los cantos mortecinos de las ya abatidas en nuestro largo y enjuto Chile: chono, selknam, kawésqar, yagán; las por acallar en breve: quechua, mapudungun, aimara y rapanui.

Yo, hijo de la Hispania multicultural, que algunos tratan de reducir a plaza de toros, cancha de fútbol “real-madrileña” o “colmao” flamenco, encaucé mis afanes en la preservación de la lengua gallega. (“Allá usted con sus locuras, hijo”, hubiese dicho mi abuela Ramírez Salinas, emparentada con los Ahumada abulenses, hermanos sanguíneos y espirituales de Teresa de Ávila).

Vamos ahora a lo nuestro.

El concepto de lengua minoritaria se asigna a un idioma hablado por un pequeño número de usuarios en una comunidad determinada. El término lengua “minorizada”, se aplica a las que padecen mengua en su mantenimiento y posible extensión, debido al apremio, a menudo incontrarrestable, que ejerce la lengua dominante, tanto a través de los hablantes como del aparato burocrático y académico del Estado. En todo caso, ambos conceptos no son equivalentes, pues no siempre una lengua minorizada es minoritaria, aunque se encamine a ello. Sin embargo, en la mayor parte de los casos hace referencia a lenguas amenazadas, utilizando “minorizada” como uno de tantos eufemismos empleados por los poderes hegemónicos para reducir y luego aplastar las particularidades culturales. Ayer, lo hizo el Imperio (Isabel la Católica, Felipe II); luego, el totalitarismo militar-eclesiástico (Francisco Franco), prohibiendo, mediante drásticas penas, el uso público de las lenguas vernáculas, en beneficio del castellano (español), como idioma único. Hoy, este proceso, aún más avasallador que el anterior, es promovido, de manera consciente o inconsciente, por la globalización, que actúa como aplanadora sobre las culturas más débiles. Los especialistas estiman que cerca de diez mil lenguas minoritarias desaparecerán por completo, de aquí al año 2050. Es una constatación tan probable como el derretimiento de los glaciares y el aumento del volumen de los océanos.

En la época del dictador gallego se colgaban letreros en las escuelas y lugares de concurrencia masiva, con expresiones tan gráficas como esta: “No sea rústico, hable el idioma de los caballeros (no se mencionaba a las damas, claro): el Castellano”. Y se cometía aberraciones tales como introducir en las escuelas rurales de Galicia a maestros traídos de Andalucía, para que enseñasen a los niños galego falantes el rotundo idioma imperial. Alfonso Castelao recoge, en de geniale caricatura, una anécdota decidora al respecto:
El profesor andaluz pregunta a un niño gallego de nueve o diez años de edad, con esa característica prosodia de los hijos de Al Andalus, que se comen las eses y las eles finales (sí, como nosotros, los chilenos):

-¿Cuántoh añoh tieneh tú, chaval?

El niño gallego piensa un instante, tratando de descifrar la pregunta que no entiende, para responderle, en la única lengua que conoce y ha mamado desde sus primeros días:

-Na miña casa non temos años, senón dúas ovellas. (En mi casa no tenemos corderos, sino dos ovejas).

Año, en idioma gallego, significa cordero; procede del latín “agnus”. Dado que el gallego es una lengua menos evolucionada que otras romances, su sintaxis se halla más cerca del idioma que extendieron en Occidente los romanos.

El caso trazado por el hijo de Rianxo, Daniel Alfonso Rodríguez Castelao, clarifica, mejor que una cátedra universitaria, lo que significa la diglosia, esto es, la convivencia, a menudo forzosa, de dos lenguas (di = dos; glosia = lengua), donde una de ellas prevalece, deturpando a la otra, desnaturalizándola hasta llegar, como en muchos casos, a absorberla para siempre. Este es un proceso que se ha repetido a lo largo de la historia, dinámico e inexorable, como lo son la decrepitud y la muerte. Aunque así como el ser humano lucha contra la enfermedad, puede y debe hacerlo para preservar valores y tesoros culturales en riesgo de perecer bajo la ceniza del olvido o la bota del poder de turno.

Conviene tener presente que la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales, donde se establece que son lenguas minoritarias “las no oficiales del Estado” o, si lo son, se encuentran en franco deterioro. Por ejemplo, el idioma catalán puede ser considerado como lengua minoritaria con respecto a la Península española, sin serlo en su territorio, como lengua habitual de unos 4,4 millones de personas; además, son capaces de hablarlo unos 7,7 millones y es comprendido por cerca de 10,5 millones de personas, adicionalmente quienes habitan territorios más o menos cercanos a la región autonómica de Cataluña.

El gallego o galego es una lengua romance (derivada del latín vulgar), del subgrupo galaico-portugués, que dio origen a la lengua portuguesa, como bien lo afirma el gran poeta luso del siglo XVI, Lluis de Camoens, en su epopeya Os Lusíadas, hablada principalmente en la comunidad autonómica de Galicia. Se estima en tres millones el universo de sus hablantes, aunque quienes lo escriben corresponderían a un tercio de esta cifra. Para los españoles castellano-hablantes no se hace muy difícil el entendimiento del gallego, por su cercanía con el portugués y con la lengua de Castilla, aunque sea más complicado acceder a sus formas escritas más refinadas. También se hablan diferentes variedades del gallego en las comarcas del Bierzo y en Sanabria.

Tal como ocurre en Cataluña, el gallego está definido como su idioma propio y tiene carácter oficial, junto al castellano (castelán), así establecido en el Estatuto de Autonomía de Galicia.
No obstante, como suele ocurrir con muchos textos constitucionales, a menudo los hechos y situaciones de la vida social y cotidiana ponen en entredicho las mejores intenciones del legislador. Porque estimar en un nivel de igualdad de derechos, en un territorio acotado, a una lengua mayoritaria y universal, como el castellano, respecto del catalán o del vascuence o del gallego, resulta un claro despropósito. Sería como articular una carrera entre un potro de fina sangre y un pequeño caballo de tiro.

Al respecto, las aspiraciones más avanzadas (o radicales) de los defensores de las lenguas vernáculas peninsulares, es inducir el empleo y utilización de estas lenguas en la enseñanza escolar, impartiendo todas las asignaturas en la lengua materna, para lograr así un cierto equilibrio lingüístico con el idioma más fuerte, en este caso, el castellano o español, propuesta que no ha sido aceptada por los poderes centrales ni autonómicos, en ninguno de los tres casos. Por lo tanto, los hablantes más jóvenes solo reciben la enseñanza de la lengua nacional como otra más de sus asignaturas, sin experimentar la necesidad real de hablarla en todos los ámbitos de la vida, donde es mayor el prestigio de la lengua de Cervantes.

Quizá en Cataluña este fenómeno sea menos corrosivo, porque las capas medias de la sociedad catalana, su burguesía o hidalguía acomodada, nunca despreciaron el uso del catalán, como sí ocurriera, durante siglos, en Galicia, donde el uso masivo y constante del idioma propio quedaba circunscrito al pueblo campesino y marinero. El caso de Rosalía de Castro nos ilustra bien en este sentido. Ella, la principal figura del Rexurdimento, no hablaba la lengua gallega, porque en su casa de hidalgos nadie lo hacía; aquel idioma era el medio de comunicación de la servidumbre y del campesinado. Ahora bien, como poeta excelsa que ve donde otros no ven, Rosalía descubrió la riqueza del galego y fue capaz de hacerlo florecer, luego de cuatro siglos de oscurantismo, dando a luz, en 1863, Cantares Gallegos.

La imagen que encabeza esta crónica es la de Xesús Alonso Montero, maestro a quien conocí en Santiago de Compostela. Él, con el concurso de Paulina Valente y mío, tradujo el célebre poema de Manuel Curros Enríquez, “Do mar pola orela”, a cuarenta lenguas minoritarias, incluyendo el mapudungun, gracias al aporte de Leonel Lienlaf, poeta mapuche. Se publicó un pequeño libro con esos versos vibrantes.
El testimonio de Alonso Montero cierra, de la mejor manera posible, este escrito.

“Aprendí el gallego en la aldea, con nueve años. Mi padre y mi madre hablaban gallego entre sí, pero a nosotros se dirigían en castellano, la lengua de los ricos. Recuerdo que tuve muchos problemas con mis congéneres cuando salíamos al recreo o íbamos a cazar pájaros o a buscar nidos. Los amigos se metían conmigo porque tenía un gallego castellanizado. Pero no porque fueran nacionalistas. No. Ellos entendían que yo, hijo de labrador, que andaba con zuecos y pantalón remendado como ellos, no tenía derecho a hablar la lengua del hijo del médico”.

“Mis padres eran labradores de la zona del Ribeiro y, para mejorar mínimamente de fortuna, pusieron una taberna en Vigo. La idea era volver a la aldea cuando las cosas fueran mejor, tener unas cuantas viñas más y ser un poco menos humildes en aquel tiempo de miseria”.



“Para que vayan cachando”, como se dice en lenguaje coloquial, una antigua expresión de origen gallego, incorporada al léxico chileno, aunque se atribuya, equivocadamente, a un dicho estadounidense, o “gringo”, si se quiere…

Sí, porque han de saber ustedes que el verbo “cachar” es contar los animales que entran a la majada, observando sus cachas, es decir, el costado visible de sus grupas, por quien realiza el escrutinio, cada tarde, para no perder ese escurridizo patrimonio que se mueve en cuatro patas.

Después de todo, el universo de las palabras es más grande que todos los Estados de la Tierra, y más amable, aun cuando no conviene olvidar el terrible aserto de Bertoldt Brecht: “La palabra es el peligro de los peligros para el hombre”. Cierto. Ahí están, pendiendo sobre nosotros, desde Caín y Abel, esas verbas: odio, muerte, guerra fratricida, a las que oponemos: luz, poesía, libertad…

Es, asimismo, la más entrañable de todas las patrias, como lo afirmara, ha mucho, Wolfgang Goethe .


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Edmundo Moure
Octubre 6, 2017





Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 07-10-2017 02:23
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POR LA SINRAZÓN O LA FUERZA (Referendum catalán)

POR LA SINRAZÓN O LA FUERZA


Las imágenes de Cataluña nos impactaron. Cientos de miles de ciudadanos enfrentando, sin otras armas que sus brazos extendidos, a la policía militarizada del Estado Español. La información, tanto gráfica como escrita, era escasa y sesgada. La TVE entregaba sus programas sosos de tenderetes y teleseries edulcoradas, reportajes del nuevo opio del pueblo: el fútbol, e imágenes trucadas de los guardias civiles “agredidos con votos de papel que les produjeron heridas incurables”.
Don Ramón del Valle-Inclán Peña y Montenegro, Marqués de Bradomín, hubiese gozado con este insuperable despliegue de la esperpéntica nacional (española). Pero el asunto era –es- más grave que el humor escénico, sin duda. Se trata de la tragedia de un pueblo que viene luchando, hace siglos, por su real independencia, siendo avasallado, una y otra vez, por los poderes centrales de la España tardo imperial y neo franquista, con el manido expediente de que “España es una e indivisible”. Una especie de dogma –digamos- como el de la Santísima Trinidad, en el que sus tres entes pueden diferenciarse pero no segregarse, porque integran una sola sustancia.
Cataluña, pues, no puede atentar contra la “esencia española” (nadie ha sido capaz aún de definirla) ni con aquella entelequia de colmao llamada “lo español”, cuya representación cabal es un toro cargado de banderillas que embiste, sin aguardar razones, bajo el grito más universal de España: “olé”, repetido en todas las lenguas y latitudes, no ya en una plaza de toros -¡ay!- porque el balompié ha sustituido, con ventaja, a la fiesta taurina, y Leonardo Messi es mucho más que Manolete, sin arriesgar otra cosa que una canilla luxada y habiendo ganado más dinero y mantones abatidos que todos los toreros juntos…
Los versos de Antonio Machado parecen escucharse hoy a lo largo y ancho de la ibérica península:

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

El resultado del plebiscito del 1 de octubre de 2017 carece por completo de validez constitucional, según afirma y proclama Mariano Rajoy, porque no fue autorizado por el gobierno central (mesetario), ni su ejecución está prescrita en la moderna Constitución española que nos obsequió la llamada “transición democrática”, con rey y altar asegurados per secula seculorum…

Pongámonos en el caso, como la mayoría de los españoles con DNI y pasaporte al día, que esto es cierto. Pero el problema va más allá, pues los catalanes pugnan por pronunciarse y optar por una independencia cabal, al punto de entrever la proclamación de la República de Cataluña, a despecho de los centralistas, entre los cuales conviven los neofranquistas del PP, los socialistas a la violeta y aprovechados del PSOE y otros “monárquicos forzosos” de la democracia paniaguada. Porque la palabra “república” tiene en España una connotación terrible; es como pronunciar “huracán” en el Caribe, a riesgo de obtener de la prosodia una inmediata conjunción de la palabra-cosa y sus funestas consecuencias.
Ahora bien, si la “benemérita guardia civil”, como solía decir y escribir el gallego Manuel Fraga, actuó con enconada ferocidad contra los ciudadanos inermes y las pecaminosas urnas, ¿qué hará en el caso de ratificarse la independencia de Cataluña? No bastará su simple concurrencia “pacificadora”, no. Requerirá de apoyos más contundentes, y para eso está el glorioso ejército español, dispuesto a cubrirse de honores, como lo hiciera, en 1934, batiéndose contra los heroicos mineros asturianos, o en la Guerra Incivil, arrasando ciudades y poblaciones (“venid a ver la sangre por las calles”) con el concurso fraternal de las fuerzas alemanas e italianas, del Führer y del Duce, respectivamente.
Pero la pasividad complaciente, o elusiva, de quienes se dicen “demócratas” resulta insólita e indescriptible. Anoche, domingo 1 de octubre, fuera de las declaraciones comedidamente contestatarias de Pablo Iglesias, el resto de los conglomerados políticos españoles cerraban filas en torno al cacique Rajoy, mientras el líder máximo del PSOE se limitaba a criticar “los métodos inadecuados” del gobierno central para enfrentar la crisis catalana. Era, como si dijéramos, más una cuestión de estilo en los procedimientos que un asunto de fondo. Por su parte, el compuesto jerarca de “Ciudadanos”, Albert Rivera, afirmaba anoche que la Generalitat es “la culpable absoluta de la violencia” y clama por la aplicación del artículo 155, para llamar a “elecciones libres” en Cataluña.

Para él y los otros, la voz de dos millones y medio de catalanes carece de cualquier peso político o ciudadano. Como decir: “Yo toco la música, pongo la pieza de baile y elijo a las parejas”. La perfecta democracia de quienes han venido a conocer, tardíamente, solo una parte de sus presupuestos.
Amigo lector, que algo me conoces, yo creo más en la voz de los poetas que en la de estos tribunos del “gay trinar”, a quienes pagan en oro las malas frases que perpetran desde el estrado. Por eso, concluyo aquí esta breve crónica con un poema de Joan Maragall (1860-1911), el gran poeta de Cataluña.
Oda a España

Escucha, España, la voz de un hijo
que te habla en lengua no castellana;
hablo en la lengua que me ha legado
la tierra áspera;
en esta lengua pocos te hablaron;
en la otra, demasiado.

Demasiado de los saguntinos
y de los que mueren por la patria;
y por tus glorias y tus recuerdos,
recuerdo y gloria de cosas muertas,
triste has vivido.

De distinta manera quiero hablarte.
¿Por qué derramar la sangre inútil?
La sangre es vida, si está en las venas,
vida hoy, vida para los que vengan;
vertida, es muerte.

Demasiado pensaste en tu honor
y escasamente en tu vida:
tus hijos, trágica, diste a la muerte.
Mortales honras te satisfacían;
tus fiestas eran tus funerales,
¡oh triste España!

Yo vi barcos zarpar repletos
de hijos que a la muerte entregabas:
sonriendo iban hacia el azar,
y tú cantabas junto a la mar
como una loca.

¿Dónde tus barcos? ¿Dónde tus hijos?
Pregúntalo al Poniente, a la ola brava:
perdiste todo, a nadie tienes.
¡España, España, vuelve en ti,
rompe el llanto de madre!

Sálvate, sálvate de tantos males;
que el llanto te haga alegre, fecunda y viva;
piensa en la vida que te rodea;
alza la frente,
sonríe ante los siete colores del iris.

¿Dónde estás España, dónde que no te veo?
¿No oyes mi voz atronadora?
¿No comprendes esta lengua que entre peligros te habla?
¿A tus hijos no sabes ya entender?
¡Adiós, España!


Versión de José Batlló
Sí, no te equivocas, él escribió aquello que hoy resuena en las cuatro provincias de Catalunya: “He aquí el alma catalana: Libertad”.

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Edmundo Moure
Octubre 2, 2017
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 03-10-2017 00:37
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A CUESTIÓN CATALANA desde Chile
DESCONCIERTO Y DESASOSIEGO


Escribo esta carta, que quiere transformarse en crónica y aun en entrevista, a un puñado de buenos amigos de la España peninsular, de la España autonómica, pese a que no comulgo ni comulgaré con monarquía alguna. Como bien escribe mi amigo sefardita, Jorge Zúñiga: “¡Ni altar ni trono! ¡República!”. Al amparo de estas afirmaciones, algo rotundas, por cierto, pero honestas, me atrevo a formularos algunas preguntas clave sobre lo que hoy se define como “la cuestión catalana”. Vuestras respuestas serán muy valiosas para mí, y confío que me libren del desconcierto y mengüen mi desasosiego.

Ayer escribí a cuatro amigos: una mujer y tres hombres, de distintas nacencias en el vario calidoscopio hispánico. Ella, oriunda de Galicia; los tres varones, uno nacido en Córdoba y habitante de Barcelona, donde vive con su mujer e hijos; el segundo, gallego viguense o vigués, mejor dicho; el tercero, habitante barcelonés, aunque no tengo clara su procedencia natal.

Ninguno me ha contestado aún (vuelvo a ponerlos en esta lista de correos, a ver si se animan…), aunque mi amiga me envió un poema de José Espronceda (1808-1848) –ni más ni menos- que pudiera ser una respuesta a mis inquietudes (iba a escribir “inquedanzas”, sí, na lengua galega de meu señor Pai). No insertaré el poema aquí, porque me parece muy extenso y asaz malo, aun cuando provenga de una figura eminente de las letras hispanas. He aquí sus primeros versos:


Oigo, patria, tu aflicción,
y no entiendo por qué callas,
viendo a traidores canallas
despedazar la nación.
Dando a un ingrato felón
estúpidas concesiones,
están haciendo jirones
esta tierra milenaria
de gente ayer solidaria,
hoy podrida de ambiciones…


No sé bien a quiénes se refería el patriótico don José, pero nada raro que fuese a los propugnadores del federalismo español, cuyas banderas apuntaban entonces a obtener la autonomía de las tres nacionalidades ibéricas no castellanas, bajo la férula del Estado español: Galicia, Euzkadi y Cataluña. Sé bien que en los albores de los años 30 del pasado siglo, bajo estos tres países se creó una entidad autonomista cuya sigla era GALEUZCA, a la que bien se refiere Alfonso Castelao, en su inmortal libro Sempre en Galiza, cuya primera edición bonaerense (1944) conservo en mi biblioteca.

Junto al gran Castelao, resuenan en mí los nombre de Joan Maragall y de Lluis Companys, poeta excelso el primer, político y luchador social el segundo; ambos catalanistas irreductibles. Y la trágica epopeya catalana en la Guerra Incivil española. ¿Cómo se puede omitir este “peso de la Historia”?

Muchos dicen hoy que eso es cuento ya pasado, que la actual Constitución, que consagra las diecisiete autonomías peninsulares, otorgando a Galicia, al País Vasco y a Cataluña el estatus de “nacionalidades históricas”, es suficiente logro libertario.
Pero los catalanes son porfiados, como bien lo afirmara ese tozudo y gran escritor que fue Josep Pla, pese a que su catalanismo era más bien una cuestión romántico-cultural, pudiéramos decir. Por eso, incluyo aquí un breve texto que resume las aspiraciones de los herederos de Maragall:
DIEZ RAZONES PARA UN ESTADO CATALÁN

Dimecres, 5 De Agost De 2015 Pujat Per Toni Soler
1. DEMOCRACIA. El crecimiento del independentismo es un fenómeno muy transversal, masivo y totalmente pacífico. Es absurdo negar esta realidad y, como en Escocia, lo más lógico es que una cuestión tan importante se dirima en las urnas. No es cierto que los referéndums fracturen a la sociedad. Al contrario, si la cuestión se cierra en falso con la mera aplicación de la ley, nos abocamos a un escenario de frustración, reproche y ruptura emocional. El independentismo ha señalado por activa y por pasiva que respetará el veredicto de las urnas. Esa apuesta radical por la democracia es una de sus fortalezas.
2. DIGNIDAD. Muchos catalanes, con independencia de su perfil identitario y su ideología, se han sentido agredidos desde que el tribunal constitucional anuló el Estatuto de Autonomía de 2006, aprobado en el Parlament por 120 votos (de 135) y refrendado en las urnas a pesar de que el Congreso de los Diputados se cepilló (en palabras de Alfonso Guerra) parte de su contenido. La independencia supone la garantía plena de que el futuro de Cataluña y su gobierno estará en manos de sus ciudadanos.
3. SOBERANÍA. La autonomía de Cataluña está, en la práctica, intervenida. Políticamente, buena parte de sus atribuciones han sido bloqueadas con leyes y decretos; financieramente, depende del techo de déficit impuesto por el ministerio de hacienda. Además, el gobierno del PP ha utilizado al tribunal constitucional a su antojo, bloqueando, en el último año, medidas aprobadas por el Parlament catalán como por ejemplo el impuesto sobre depósitos bancarios, las medidas contra la pobreza energética y diversas tasas medioambientales.
4. DIVERSIDAD. Cataluña es, más allá del tópico, una tierra de acogida, y Barcelona una urbe diversa y cosmopolita. Un Estado catalán puede y debe ser más respetuoso que el Estado español en cuanto a la identidad diversa de sus ciudadanos, especialmente con los cientos de miles que tienen vínculos sentimentales con España. Si la independencia la construimos entre todos, el futuro Estado catalán será la garantía de una relación próxima y fraternal con los pueblos de España, con Europa y con todo el mundo. Esto incluye la oficialidad de la lengua española y el respeto hacia el resto de idiomas que se hablan en Cataluña.
5. LENGUA. La lengua y la cultura catalanas han sufrido siglos de persecución e incluso ahora se encuentran amenazadas por fenómenos nuevos como la globalización, la inmigración, los ataques al modelo educativo y la preeminencia del español y el inglés en los grandes canales de comunicación y difusión cultural. Un Estado catalán puede ayudar a mejorar el conocimiento del catalán, ayudar a los creadores locales, mejorar el status de nuestra lengua propia y su reconocimiento internacional, escamoteado aún hoy por las autoridades españolas en todos los ámbitos, incluyendo el académico.
6. SOLIDARIDAD. Cataluña necesita aprovechar el esfuerzo fiscal de sus ciudadanos, como cualquier territorio soberano del mundo. Todos los estudios publicados sobre la cuestión de las balanzas fiscales demuestran que los ciudadanos de Cataluña reciben una inversión pública muy por debajo de su aportación fiscal. Aún manteniendo una cuota de solidaridad con el resto del Estado español (libremente acordada), el gobierno de una Cataluña independiente podría disponer de los recursos necesarios para garantizar el estado del bienestar, mejorar inafraestructuras, ayudar a sectores clave como investigación, cultura, educación…
7. REGENERACIÓN. Cataluña, como el resto del Estado español, se encuentra en un escenario de fin de régimen, y se ha visto azotada por graves casos de corrupción que cuestionan el modelo surgido de la transición democrática. La revolución pacífica del independentismo ha puesto patas arriba el sistema catalán de partidos; la construcción de un nuevo Estado es una ocasión única para acometer una nueva etapa basada en la regeneración democrática y la exigencia de transparencia y honradez en el servicio público. Esto incluye la persecución de todos los fenómenos de corrupción pasados y presentes.
8. AUTOGOBIERNO. Un proceso de independencia está lleno de incógnitas. Pero la actual situación nos lleva a la certeza de que, si este proceso fracasa, la autonomía catalana quedará tutelada y se consolidarán las injusticias y la discriminación que hasta ahora hemos denunciado. Los grandes partidos españoles apuestan por ajustes constitucionales que blinden las competencias del estado y armonicen las atribuciones de las autonomías. Se trata de una reacción centralista, con alguna concesión federalizante, como la reforma del Senado.
9. VECINDAD. Nada impide a un futuro Estado catalán llegar a fórmulas de cooperación con el territorio español, incluyendo la confederación si ambas partes lo acuerdan y lo refrendan democráticamente. Mientras la relación bilateral sea en pie de igualdad, todo lo demás es planteable, aún más si ambos territorios pertenecen a la UE. La independencia es una oportunidad para empezar de nuevo y cooperar con el proceso constituyente que reclaman los sectores más dinámicos de la izquierda española.
10. REPÚBLICA. Queremos un Estado de derecho, republicano, laico, de ciudadanos libres, que renuncie a privilegios trasnochados y que demuestre a las élites económicas y mediáticas que la gente -a través del sufragio- está al mando de su propio destino.

A mí no me parecen descabelladas estas razones, como hoy se plantea y esgrime, a rajatabla, por tirios y troyanos. Es más, en lo esencial, puedo traslaparlas a la realidad gallega y a los propósitos y visiones de Alfonso Castelao, hoy injustamente relegado a una especie de “museo ideológico” en Galicia, como otras ideas sustanciales que hoy se pretenden obsoletas, mientras se proclama y defiende un españolismo hueco, inspirado más en los juegos de poder del neoliberalismo a ultranza, con su feroz rostro globalizado, que en las raíces culturales de los pueblos y naciones que habitan la Península Ibérica.


Pues bien, al calor de estas afirmaciones, formulo mis preguntas:


-¿Tiene razón de ser el actual movimiento independentista de Cataluña?

-¿Cuáles son sus bases de sustentación históricas y políticas?

-¿Dentro del marco constitucional y jurídico de España, es viable y legal la convocatoria del Plesbicito?

-¿Qué gana y qué pierde Cataluña como estado independiente?

-¿Qué herramientas jurídicas, políticas y aun militares podría aplicar el Estado español para conjurar las aspiraciones catalanas de independencia?

-¿Podría el independentismo catalán, de concretarse, producir un “contagio” peligroso en el País Vasco o en Galicia?


Me llama la atención que muchos españoles, autoproclamados “progresistas”, socialistas histórico o comunistas de la vieja guardia “santiagocarrillana” sustenten hoy argumentos parecidos –huelguen eufemismos de “correcta política”- a los versos perpetrados por Espronceda en el flojo poema de marras. Ni qué decir de la derecha española y su manu militari, el PP, con el gallego Rajoy como cacique mayor.

Y como en mi oficio de escriba surgen a menudo las analogías y relaciones, no dejo de pensar en los anhelos y derechos libertarios del más antiguo de los pueblos que habitan este cono sur de América, que constituyen también, por historia, lengua y cultura, una nación. Sí, me refiero al pueblo Mapuche, hoy avasallado por los poderes centrales del Estado chileno, que ha convertido sus territorios en una zona militarizada, al punto que el actual comandante del Ejército, general Oviedo, ha ofrecido sus “servicios pacificadores” para intervenir en Arauco, como lo hiciera uno de sus odiosos predecesores, el militar Cornelio Saavedra, hace ciento cincuenta años, cometiendo entonces uno de los más brutales genocidios ocurridos en Chile.


No os aburro más y quedo a la espera de vuestras respuestas y comentarios, ojala antes del 1 de octubre de 2017. Mientras tanto, releo a Castelao.

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Edmundo Moure
Septiembre 25, 2017
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 25-09-2017 16:08
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EL SEÑOR SANTIAGO EN EL REFUGIO
No se trata, amabilísimo lector, de la reclusión del Señor Santiago -o Santiago Apóstol, o Santiago peregrino, o matamoros o mata-indios, según la multiplicidad de sus oficios y roles históricos asignados por la ambición humana- en algún sitio de cobijo por algún exilio o extrañamiento provisorios. Nada de eso. Simplemente, aprovechamos nuestra tertulia de los lunes en el conocido Refugio López Velarde, en la Casa del Escritor, sede de la ilustre Sociedad de Escritores de Chile, anteayer lunes 24 de julio, siendo las 19:00 horas en el hemisferio sur y la 1:00 de la madrugada del 25 de julio en la Galicia Atlántica, para rememorar el significado histórico y cultural de la leyenda del Apóstol, hecha mito secular, pero, sobre todo, para destacar la trascendencia literaria de esa virtual ecúmene de rutas universales en que devino el Camino de Santiago, desde el año 816, con la peregrinación de Carlomagno al incipiente santuario, hasta nuestros días.
Mi hijo gaitero, José María, abrió los fuegos musicales ofreciendo melancólicas canciones del Noroeste peninsular, para predisponer a los contertulios, creando la adecuada atmósfera compostelana, si pudiéramos así decirlo o pretenderlo, motivados sólo por esta pasión nacida de la herencia cultural y literaria de los ancestros, venero inagotable de nuevos hallazgos e ingentes relaciones entre saberes... Luego, hablamos de la trova galaico-portuguesa, de sus orígenes remotos y del influjo en ella de la poesía occitana y aun de los viejos metros líricos de Italia.
Salvo mi buen amigo, pintor y escritor, nieto de abuelo gallego, Guillermo Martínez Wilson, de primer oficio panadeiro (como informó hace unos meses el diario El País: “El pan de Chile tiene sabor gallego”), mi hijo músico y el cronista, los demás cofrades eran chilenos, poetas, escribas y parroquianos asiduos al rito semanal de la conversa. Uno de los directores de la SECH, Alfredo Lavergne, ironizó: -Este Moure cree que la Casa del Escritor es una especie de lar gallego; si continúa por este camino, va a galleguizarnos a todos.
Brincadeiras, o bromas aparte, en esto de difundir el acervo literario de Galicia llevamos ya cuatro décadas y no callaremos sino en trance del propio pasamento. Es un tema muy amplio, con variados tópicos y alcances innumerables, que se abre como sucesión de abanicos y se requerirían muchas vidas para abordarlo en plenitud. Pero en la hora vespertina del día 24, nos abocamos a las célebres cantigas.
De la conocida clasificación básica: Cantiga de Amor; Cantiga de amigo y Cantiga de Escarnio y Maldecir, dijimos que la primera deriva de la lírica trovadoresca en occitano (langued’Oc) y que es una composición basada en el tópico del amor cortés (cortesano); habla de una encendida pasión amorosa por lo general no correspondida, lo que hace de su canto una cuita desgarrada y doliente. A la dama o musa destinataria, se le da el trato de senhor; la explicación semántica es que en aquella época el sustantivo habría sido válido para femenino y masculino. Mi versión es otra: otorgar a la amada, minhasenhor, la categoría divina, comparándola con el gran señor del universo, en la desmesura amorosa.
La segunda, Cantiga de Amigo, es la que canta la mujer a su amado. Se llama así, puesto que la dama no puede tener amante, en virtud de la sujeción absoluta, tanto legal como afectiva, al marido. Pero aquella sociedad cortesana emplea el eufemismo amigo, aceptando tácitamente que la mujer noble puede tener un amante (o más de uno), sea éste de carácter platónico o de fuego carnal, como se cuenta, por ejemplo, en el Libro de Buen Amor, del Arcipreste de Hita.
La tercera, Cantiga de Escarnio y Maldecir, era empleada como una suerte de catarsis social, a través de cuyos versos solía satirizarse a los poderosos, utilizando formas elípticas y nombres supuestos. Cabe decir que más de algún trovador perdió su cabeza, literalmente, en el ejercicio de estas rimas temerarias que fueron materia de sesudo análisis por la Santa Hermandad de la Inquisición, madre de todas las censuras.
La más célebre de las cantigas de amigo es La Ermita de San Simón, de Mendiño, trovador que vivió en la segunda mitad del siglo XIII, de quien se conserva únicamente esta pieza lírica que le inmortalizó, y que traducimos aquí, para ustedes, desde el galaico-portugués:


Descansaba yo en la ermita de San Simón
y me rodearon las olas, que grandes son.
Y yo esperando por mi amigo. ¿Acaso vendrá?

Estando en la ermita ante el altar,
me rodearon las olas grandes del mar.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

Y me rodearon las olas, que grandes son:
no tengo barquero, ni remador.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

Y me cercaron las olas del alto mar:
no tengo barquero, ni sé remar.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

No tengo barquero, ni remador:
moriré yo hermosa en el mar mayor.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?

No tengo barquero, ni sé remar:
moriré hermosa en el alto mar.
Y yo esperando a mi amigo. ¿Acaso vendrá?




La repetición y la cadencia del estribillo nos revelan la espera desesperanzada del amigo-amante, que no llega ni vendrá nunca... Es también el tópico del amor imposible o inalcanzable, que suele simbolizarse en la figura de la paloma, imagen del amor no correspondido, como bien lo expresa el poeta gallego contemporáneo, Álvaro Cunqueiro (1911-1981), quien recoge y renueva la tradición de las viejas cantigas medievales, como lo hiciera George Brassens en Francia, como lo hace hoy, en Chile, nuestro gran trovador, Eduardo Peralta… Así la escribe, don Álvaro el Fabulador:


No niño novo do vento
No niño novo do vento
hai una pombadourada
meu amigo!
Quenpoideranamorala!

Canta aoluar e aomencer
enfrauta de verde olivo
Quenpoideranamorala,
meuamigo!

Ten áers de frolrecente,
cousas de recén casada,
meu amigo!
Quenpoideranamorala!

Tamén ten sombra de sombra
e andar primeiro de río
Quenpoideranamorala,
meuamigo!


En el nido nuevo del viento
En el nido nuevo del viento
hay una paloma dorada
¡mi amigo!
¡Quién pudiera enamorarla!

Canta al plenilunio y al amanecer
en flauta de verde olivo
¡Quién pudiera enamorarla,
mi amigo!

Tiene aires de flor nueva,
cosas de recién casada,
¡mi amigo!
¡Quién pudiera enamorarla!

También tiene negrura de sombra
y andar prematuro de río.
¡Quién pudiera enamorarla,
mi amigo!


Acentuó el sonido de la gaita aquel disfrute de la trova amorosa en nuestro rincón de tertulia. Mario pidió leer un breve cuento pícaro, y lo hizo; Víctor Hugo lanzó al aire del cenáculo su más reciente poema; le siguió Benito, el poeta de visiones arquitectónicas, con breves versos de su libro IV; Sylvia declamó, con voz contenida de soprano, su último poema de amor; Carlos Fonseca, acompañado de su guitarra, interpretó el entrañable tango Sur… Yo acaricié con los labios el beso del vino rojo.
Pasadas las nueve de la noche nos despedimos.
¡Hasta el próximo lunes, compañeras y compañeros!
Sí, será el lunes 31 de agosto, día de San Ramón, onomástico del hijo ilustre de Vilanova de Arousa, el Marqués de Bradomín… Aunque para entonces, el Señor Santiago habrá abandonado ya el Refugio López Velarde, caminando hacia el sur de sures, quizá hasta la última villa del Finisterre austral que lleva su nombre: Santiago de Castro, en Chiloé, la Nueva Galicia.


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Edmundo Moure
25 de julio 2017

Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 31-07-2017 17:38
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