A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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Fotos da presentación de "O solpor dos deuses" (As Crónicas de Bran 3), de Xosé Duncan





Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 25-04-2015 12:44
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XOSÉ DUNCAN, EN SADA
Hoxe Xosé Duncan presenta en Sada ás 20'30 h. na capela de San Roque O SOLPOR DOS DEUSES o derradeiro volume dunha triloxía de fantasía en galego que, baixo o epígrafe As crónicas de Bran engloba outros dous títulos:A revolta dos mestres (2013) e A porta de Annwn (2014).

As crónicas de Bran é a primeira triloxía de fantasía épica completa escrita e publicada na nosa lingua e as ilustracións, no seu primeiro volume son de Kaiser Wilem (Carlos Calviño)e as que corresponden ao segundo e terceio son obra de José Ángel Ares.
A capa do terceiro volume que se presenta hoxe en Sada, é obra de José María Picón, e está editado como os anteriores por Contos Estraños.
Presentación do segundo volume das Crónicas de Bran
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 24-04-2015 08:45
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Presentación do libro INVISIBLE IMMIGRANTS

Este mércores día 22 preséntase en Sada, na capela de San Roque, ás 20'30 horas INVISIBLE IMMIGRANTS (Spaniards in de US:1868-1945) un libro sobre a descoñecida emigración española a EE.UU.
No citado volumen, se recollen máis de 300 fotografías de emigrantes que cruzaron o charco e tomaron o camiño cara os Estados Unidos, moitos deles galegos.

O libro editouse no pasado mes de febreiro (en edición bilingüe, español e inglés)e os seus autores Luis Argeo, peridoista asturiano e James D. Fernández, profesor de español en NY e descendente de emigrantes, estarán presentes no acto.
NY foi unha das cidades punto de mira de moitísimos sadenses e case todas as familias podemos dicir que tivemos ou temos familiares e descendentes na colosal urbe.
Dito libro preséntase o mesmo día pero pola mañán (ás 12'00h.) en Santiago, na sede do Concello da Cultura Galega que foi quen de ofrecer que INVISIBLE IMMIGRANTS se dese a coñecer en Sada.
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 21-04-2015 10:40
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PRESENTACIÓN DO Nº 10 DE AREAL, revista cultural de Sada


Hoxe, 17 de abril, ás 20'30h. preséntase no salón de actos da Casa da Cultura "Pintor Lloréns" o nº 10 da revista AREAL, editada pola Asociación Cultural "Irmáns Suárez Picallo"; no transcurso do acto intervirán os músicos sadenses Toñecho Castelos e Javier Gastañaduy.
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 17-04-2015 00:07
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AS CINZAS DE LUISA VIQUEIRA EN OUCES(BERGONDO)


Pola petición expresa dende México de Manuel Rodriguez Viqueira, o vindeiro sábado 18 de abril, ás doce horas, se depositarán no cemiterio de Ouces (Bergondo) as cinzas de Luisa Viqueira Landa, a caron dos restos do seu pai o sobranceiro filósofo, psicólogo e pedagogo, Xoan Vicente Viqueira.
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 15-04-2015 23:28
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HOXE, OFRENDA ÁS VÍTIMAS DA REPRESIÓN FRANQUISTA
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 14-04-2015 18:57
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Xosé Neira Vilas en Sada
O xoves 09 de abril deste 2015, Xosé Neira Vilas presentou en Sada o seu libro "Isaac Díaz Pardo. Crónica dunha fecunda amizade". Durante o emotivo acto, o autor recibiu tamén a Sardiña de Sada de mans do alcalde, Ernesto Anido, e o I Premio Ramón Suárez Picallo, concedido pola A.C. Irmáns Suárez Picallo, cuxo galardón foi deseñado polo artista Xosé Val Díaz, coñecido como Valdi, presente tamén no evento.









Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 11-04-2015 00:24
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XOSÉ NEIRA VILAS presenta en Sada: ISAAC DÍAZ PARDO, crónica dunha fecunda amizade.

No seguinte enlace pódese ler a primeira parte da entrevista que con tal motivo lle fai Lucía Pita no portal de información cultural VIVIR NA CORUÑA

http://vivirnacoruna.es/eventos-literatura/xose-neira-vilas-sobre-isaac-diaz-pardo-tivemos-unha-relacion-moi-profunda-de-verdadeiros-irmans/
Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 07-04-2015 23:17
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EL ALBA DE VIERNES SANTO (Cuentos de Semana Santa)

EL ALBA DE VIERNES SANTO (1902)


Por Emilia Pardo Bazán

Cuando creyendo hacer bien hacemos mal -dijo Celio-, el corazón sangra, y nos acordamos de la frase de una heroína de Tolstoi: "No son nuestros defectos, sino nuestras cualidades, las que nos pierden." Cada Semana Santa experimento mayor inquietud en la conciencia, porque una vez quise atribuirme el papel de Dios. Si algún día sabéis que me he metido fraile, será que la memoria de aquella Semana Santa ha resucitado en forma aguda, de remordimiento. Así que me hayáis oído, diréis si soy o no soy tan culpable como creo ser.
Es el caso que -por huir de días en que Madrid está insoportable, sin distracciones ni comodidades, sin coches ni teatros y hasta sin grandes solemnidades religiosas- se me ocurrió ir a pasar la Semana Santa a un pueblo donde hubiese catedral, y donde lo inusitado y pintoresco de la impresión me refrescase el espíritu. Metí ropa en una maleta y el Miércoles Santo me dirigí a la estación; el pueblo elegido fue S., una de las ciudades más arcaicas de España, en la cual se venera un devotísimo Cristo, famoso por sus milagros y su antigüedad y por la leyenda corriente de que está vestido de humana piel.

En el mismo departamento que yo viajaba una señora, con quien establecí, si no amistad, esa comunicación casi íntima que suele crearse a las pocas horas de ir dos seres sociables juntos, encerrados en un espacio estrecho. La corriente de simpatía se hizo más viva al confesarme la señora que se dirigía también a S. para detenerse allí los días de Semana Santa.

No empiecen ustedes a suponer que amaga algún episodio amoroso, de esos que en viaje caminan tan rápidos como el tren mismo. No me echó sus redes el amor, sino algo tan dañoso como él: la piedad. Era mi compañera de departamento una señora como de unos cuarenta y pico de años, con señales de grande y extraordinaria belleza, destruida por hondísimas y lacerantes penas, más que por la edad. Sus perfectas facciones estaban marchitas y adelgazadas; sus ojos, negros y grandes, revelaban cierto extravío y los cercaban cárdenas ojeras; su boca mostraba la contracción de la amargura y del miedo. Vestía de luto. Para expresar con una frase la impresión que producía, diré que se asemejaba a las imágenes de la Virgen de los Dolores; y apenas me refirió su corta y terrible historia, la semejanza se precisó, y hasta creí ver sobre su pecho anhelante brillar los cuchillos; seis hincados en el corazón, el séptimo ya a punto de clavarse del todo.

-Yo soy de S. -declaró con voz gemidora-. He tenido siete hijos, ¡siete!, a cuál más guapo, a cuál más bueno, a cuál más propio para envanecer a una reina. Tres eran niñas, y cuatro, niños. Nos consagramos a ellos por completo mi marido y yo, y logramos criarlos sanos de cuerpo y alma. Llegado el momento de darles educación, nos trasladamos a Madrid, y ahí empiezan las pruebas inauditas a que Dios quiso someternos. Poco a poco, de enfermedades diversas, fueron muriéndose seis de mis hijos..., ¡seis!, ¡seis!, y al cabo, mi marido, que más feliz que yo sucumbió al dolor, porque su mal fue un padecimiento del hígado, de esos que la melancolía engendra y agrava. ¿Comprende usted mi situación moral? ¿Se da usted cuenta de lo que seré yo, después de asistir, velar, medicinar a siete; de presenciar siete agonías, de secar siete veces el sudor de la muerte en las heladas sienes, de recoger siete últimos suspiros que eran el aliento de mi vida propia, y de amortajar siete rígidos cuerpos que habían palpitado de cariño bajo mis besos y mis ternezas? Pues bien: lo acepté todo, ¡todo!, porque me lo enviaba Dios; no me rebelé, y sólo pedí que me dejasen al hijo que me quedaba, al más pequeño, una criatura como un ángel, que, estoy segura de ello, no ha perdido la inocencia bautismal. Así se lo manifesté a Dios en mis continuos rezos: ¡que no me quite a mi Jacinto y conservaré fuerzas para conformarme y aceptar todo lo demás, en descargo de mis culpas!... Y ahora... Al llegar aquí, la madre dolorosa se cubrió los ojos con el pañuelo y su cuerpo se estremeció convulsivamente al batir de los sollozos que ya no salían afuera.

-Y ahora, caballero..., figúrese usted que también mi Jacinto se me muere.

Salté en el asiento; la lástima me exaltaba como exaltan las pasiones.

-Señora, ¡no es posible! -exclamé sin saber lo que decía.

-¡Sí lo es! -repitió ella, fijándome los ojos secos ya, por falta de lágrimas-. Jacinto, creen los médicos, tiene un principio de tisis; me voy a quedar sola..., es decir, ¡no, quedarme no!, porque Dios no tiene derecho a exigir que viva, si me arrebata lo único que me dejó. ¡Ah! ¡Si Dios se me lleva a Jacinto..., he sufrido bastante, soy libre! ¡No faltaba otra cosa! -añadió sombríamente-. ¡A la Virgen sólo se le murió uno!

-Dios no se lo llevará -afirmé por calmar a la infeliz.

-Así lo creo -contestó ella con serenidad que encontré asombrosa-. Así le creó, así lo espero y a eso voy a mi pueblo, donde está el Santo Cristo, del que nunca debí apartarme. El Santo Cristo fue siempre mi abogado y protector y a Él vengo, porque Él puede hacerlo, a pedir el milagro: la salud de mi hijo, que allá queda en una cama, sin fuerzas para levantarse. Cuando yo me eche a los pies del Cristo, ¡veremos si me lo niega!

Transfigurada por la esperanza, irradiando luz sus ojos, encendido su rostro, la señora había recobrado, momentáneamente, una belleza sublime. --¿Usted no ha oído del Santo Cristo de mi pueblo? Dicen que es antiquísimo, y que lo modelaron sobre el propio cuerpo sagrado del Señor, cubriéndolo con la piel de un santo mártir, a quien se la arrancaron los verdugos. Su pelo y su barba crecen; su frente suda; sus ojos lloran, y cuando quiere conceder la gracia que se le pide, su cabeza, moviéndose, se inclina en señal de asentimiento al otro lado...

No me atreví a preguntar a la desolada señora si lo que afirmaba tenía fundamento y prueba. Al contrario: la fuerza sugestiva de la fe es tal, que me puse a desear creer, y, por consecuencia, a creer ya casi, toda aquella leyenda dorada de los primitivos siglos. Ella prosiguió, entusiasta, exaltadísima:

-Y dicen que cuando se le implora al amanecer del día de Viernes Santo, no se niega nunca... Iré, pues, ese día, de rodillas, arrastrándome, hasta el camarín del Cristo.

Así terminó aquella conversación fatal. Prodigué a la viajera, lo mejor que supe, atenciones y cuidados, y al bajarnos en S. nos dirigimos a la misma fonda -tal vez la única del pueblo-. Dejando ya a la desdichada madre, fui a visitar la catedral, que es de las más características del siglo XII: entre fortaleza e iglesia, y con su ábside rodeado de capillas obscuras, misteriosas, húmedas, donde el aire es una mezcla de incienso y frío sepulcral, parecido al ritmo, ya solemnemente tranquilo, de las generaciones muertas. Una de estas capillas era la del Cristo, y naturalmente despertó mi curiosidad. Di generosa propina al sacristán, que era un jorobado bilioso y servil, y obtuve quedarme solo con la efigie, a horas en que los devotos no se aparecían por allí y podía, sin irreverencia ni escándalo, contemplarla y hasta tocarla, mirándola de cerca. Era una escultura mediocre, defectuosa, que no debía de haber sido modelada sobre ningún cuerpo humano. Poseía, no obstante, como otros muchos Cristos legendarios, cierta peculiar belleza, una sugestión romántica indudable. Sus melenas lacias caían sobre el demacrado pecho; sus pupilas de vidrio parecían llorar efectivamente. Lo envolvía una piel gruesa, amarillenta, flexible, de poros anchos, que sin ser humana podía parecerlo. Bajo los pies contraídos y enclavados, tres huevos de avestruz atestiguaban la devoción de algún navegante. Su enagüilla era de blanca seda, con fleco de oro. Registrando bien, armado de palmatoria, vi que el altar donde campea el Cristo, destacándose sobre un fondo de rojo damasco, está desviado de la pared, y que, por detrás, queda un hueco en que puede caber una persona. Carcomida escalerilla sube hasta la altura de las piernas de la efigie, y encaramándose por ella, noté que el paño de damasco tenía una abertura, un descosido entre dos lienzos, y que por él asomaba la punta de un cordel recio, del cual tiré maquinalmente. Al bajar de nuevo a la capilla y mirar al Cristo, observé con asombro, al pronto, con terror, que su cabeza, antes inclinada a la derecha, lo estaba a la izquierda ahora. Sin embargo, casi inmediatamente comprendí: subí la escalera de nuevo, tiré otra vez, bajé, y me cercioré de que la cabeza había girado al lado contrario. ¡Vamos, entendido! Había un mecanismo, el cordel lo ponía en actividad, y el efecto, para quien, ignorándolo, estuviese de rodillas al pie de la efigie, debía de ser completo y fulminante.

Creo que ya entonces germinó en mí la funesta idea que luego puse por obra. No lo puedo asegurar, porque no es fácil saber cómo se precisa y actúa sobre nosotros un propósito, latente en la voluntad. Acaso no me di cuenta de mi inspiración (llamémosle así) hasta que mi compañera de viaje me advirtió, la noche del Jueves Santo, que pensaba salir a las tres, antes de amanecer, a la capilla del Cristo, y me encargó de sobornar al sacristán para que abriese la catedral a una hora tan insólita.

-Yo deseaba más aún -advirtió ella-. Deseaba quedarme en la capilla toda la noche velando y rezando. Pero tengo miedo a desmayarme. ¡Estoy tan débil! ¡Se me confunden tanto las ideas!

Cumplí el encargo, y cuando todavía las estrellas brillaban, nos dirigimos hacia la catedral. Nos abrieron la puerta excusada del claustro, luego otra lateral que comunica con las dos primeras capillas absidales, y pretextando que me retiraba para dejar en libertad a la señora -cuyo brazo sentí temblar sobre el mío todo el camino-, aproveché la obscuridad y un momento favorable para deslizarme detrás de la efigie, en lo alto de la escalera, donde aguardé palpitándome el corazón. Dos minutos después entró la señora y se arrodilló, abismándose en rezos silenciosos. El alba no lucía aún.

Transcurrió media hora. Poco a poco una claridad blanquecina empezó a descubrir la forma de los objetos, y vi la hendidura, y vi el cordoncito, saliente, al alcance de mi mano. Al mismo tiempo escuché elevarse una voz, ¡qué voz!... Ardiente, de intensidad sobrehumana, clamando, como si se dirigiese no a una imagen, sino a una persona real y efectiva:

-¡No me lo lleves! Promételo... ¡Es lo único que me queda, es mi solo amor, Jesús! ¡Dios mío! ¡Promete! ¡No me lo lleves!

Trastornado, sin reflexionar, tiré pausadamente del cordoncito... Hubo un gran silencio, pavoroso; después oí un grito ronco, terrible, y la caída de un cuerpo contra el suelo... Me precipité...

-¿Se había desmayado? -preguntamos a Celio todos.

-Eso sería lo de menos... Volvió en sí..., ¡pero con la razón enteramente perdida! Nos burlamos de las locuras repentinas en novelas y comedias... ¡Y existen! Cierto que aquélla venía preparada de tiempo atrás, y sólo esperaba para mostrarse un choque, un chispazo.

-¿Y el hijo? ¿Se murió al fin?

-El hijo salvó, para mayor confusión y vergüenza mía -murmuró Celio.

Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 03-04-2015 17:20
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AL ANOCHECER (Cuentos de Semana Santa)

Al anochecer (1898)


Por Emilia Pardo Bazán


En la vereda solitaria se encontraron a la puesta del sol los dos hombres del pueblo. Venían en contrarias direcciones. El uno regresaba de dar una ojeada a sus viñas, que empezaban a brotar; el otro había asistido, más bien curioso, al suplicio de cierto Yesúa de Nazaret, y bajaba de la montañuela para entrar en la ciudad antes que los portones y cadenas se cerrasen.
Se saludaron cortésmente, como vecinos que eran, y el viñador interrogó al ebanista:
-¿Qué hay de nuevo en la ciudad, Daniel? Yo estuve abonando mis tierras, que la primavera avanza, y he dormido en el chozo la noche anterior.
-Lo que hay -respondió el ebanista- no es muy bueno. Han crucificado esta tarde al profeta Yesúa. Te acordarás del día en que le esperábamos a las puertas de Sión y agitábamos ramos de palma y le alfombrábamos el paso con espadañas y hierbas olorosas. Yo no era de los suyos, pero hacía como todos, que es siempre lo más prudente. No se sabe lo que puede ocurrir. La multitud estaba alborotada, y le aclamaban rey. Y entonces me quité el manto y lo tendí en el suelo, para que lo pisase el asna en que iba montado el Rabí.
-Que por cierto era mía -declaró Sabas-. Mi gañán la dejó atada a un árbol, con su buchecillo, y los discípulos la desataron para el Rabí, a fin de que entrase en triunfo. Después me la restituyeron. Yo digo que son gente benigna y que no daña a nadie. Y el Rabí ningún suplicio merecía. Ha curado a bastante gente poniéndole las manos sobre la cabeza.
-¿Sería entonces, como muchos creen, el hijo de David? -dudó, pensativo, Daniel.
-No puedo contestarte -declaró Sabas, apoyándose en su cayada, fruncidas las cejas-. Soy un labrador, y no un doctor de la Ley. Cuando recojo mis racimos y los prenso en el lagar, y hago el vino rojo, y lo vendo, y lo cato, he cumplido la tarea que el Señor me impuso. Que el Rabí sea o no el rey de lo judíos, y hasta el que ha de sentarse a la diestra del Padre, como diz que anunció su primo Yokaanam, el que degollaron por malas artes de la Tetrarquesa, es cosa que no me incumbe resolver. Pero Yesúa me parecía inocente, y fue abuso y demasía enviarle al patíbulo.
-Pienso lo mismo que tú. Sabas -confirmó el ebanista-. No hallo en él culpa, si no es culpa apiadarse de los hombres. Y el Pretor era de nuestro parecer. Hay gente que no está contenta si no persigue... Los fariseos...
-Mira si alguien escucha, y no nombres...
Daniel lanzó una ojeada en derredor, y como a nadie viese en los agros vecinos, iluminados por la luz violeta de un Poniente desleído en lívidas tintas, continuó:
-Los fariseos son aficionados a suplicios. Desde que Sión se halla sometida a los extranjeros, he aquí que se ha vuelto más cruel el Sanedrín.
El viñador escuchaba preocupado. En su espíritu nacía una inquietud. ¿Cómo había sido lo del Rabí? ¿Tardó mucho en morir? ¿Qué dijo?
-Yo -explicó el ebanista- me hallaba en mi taller, labrando, por encargo del Pretor, un triclinio, y nada supe hasta que un tumulto de gente pasó por delante y oí el patear de los caballos y un ruido sobre las losas de la calle, como si arrastrasen un leño. Era el Rabí, que porteaba su propia cruz y no tenía fuerzas para soportarla, hasta que le ayudó Simón de Cirene. Salí a la puerta. Si no me dijesen algunos del gentío que era Yesúa, no le conociera. ¡Tan demacrado, tan ensangrentada y amoratada la faz! Ya sabes que la tenía muy bella, y unos rizos, como la flor del jacinto, apretados y obscuros. Ahora, su melena era un pegote polvoriento, bajo la corona de ramas de espino entretejidas, que le laceraba la frente.
-¿Corona? -inquirió Sabas-. ¿Por qué corona?
-Bien se ve que te pasas el año en tus heredades y tus viñedos... A Yesúa le pusieron por mofa insignias regias. Corona, manto de púrpura, un cetro hecho de cañas. Y sobre su cruz había un letrero que decía, en tres lenguas: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos.» Por cierto que los Pontífices...
-¿No hay nadie? -receló Sabas, inquieto.
-Nadie... No temas... Los Pontífices no querían la inscripción así. Fue el Pretor... Y dijo cuando querían quitarla: «Lo escrito, escrito...»
-¡Oh Daniel! -susurró el viñador-. Ahora temo yo... Mi aliento se acorta. ¿No será el hijo de David? ¿No será el que esperamos? Labrador, ignorante soy; pero he oído decir que, en otro tiempo, el Profeta Isaías anunció que nuestro Salvador sería llevado como un cordero a la muerte, y sufriendo y muriendo sin resistir, nos redimiría. Sí; esto se lo he oído repetir a mi padre, que era un varón entendido y leía las Escrituras.
-Como un cordero le llevaron, efectivamente -afirmó Daniel-. Arrastrado, con una cuerda al cuello. Las mujeres lloraban a gritos en mi calle. Y entonces yo me uní a la comitiva. Cayó varias veces; la cruz debía de pesar mucho; era de madera verde y recia. Eso lo entendemos los del oficio... No sé cómo llegó vivo al Gólgota. Hubo alguien que, conociéndome, me propuso que manejase el martillo cuando le clavaron manos y pies. Me resistí. Antes me dejo clavar yo. ¡Clavarle! Eso, allá los sayones.
-¿Gritó mucho?
-Él, no. Sólo un gemido a cada martillazo. Los otros sentenciados aullaban. ¿No sabes? Eran dos salteadores, Dimas y Gestas.
-¿Que si sé? Ese Dimas me quitó cabras y las asó en el monte.
-Perdona a su alma -imploró el ebanista-. Yesúa le perdonó y le prometió el Paraíso, porque Dimas, agonizante, lloró sus pecados y creyó en el Rabí.
Por segunda vez Sabas quedó meditabundo. El velo de la noche que caía le oprimía como un sudario estrecho. Debían de ocurrir cosas solemnes a tal hora. ¿Cuál era la verdad? Y en su interior se alzaba la figura del Rabí cuando entró en la santa ciudad, caballero en el asna pacífica. Toda su actitud y su semblante destellaban amor. Su mano, muy blanca, trazaba bendiciones en el aire y las sembraba sobre la muchedumbre. Y ahora el Rabí colgaba de la cruz, cerrados los ojos. Sabas ya olvidaba su terruño recién labrado, los retoños tan frescos y verdes de las vides, que le prometían cosecha pingüe en el otoño. ¿Qué significaban los sucesos? No entendía bien. ¿Y si era el hijo de David? Dudoso, meneó la cabeza y pronunció lentamente:
-Daniel, ha llegado la hora de compadecerse de Sión. Se ha vertido la sangre de un justo. Esta noche, el sueño tardará en cerrar mis ojos, aunque estoy muy cansado del trabajo de todo el día. Yo no he cometido, a sabiendas, iniquidad; y con todo eso, mi espíritu se ha conturbado.
A su vez, Daniel notaba que el corazón le pesaba en el pecho como una piedra. Había anochecido del todo, y un soplo estremecedor se alzaba de las tierras que el rocío, lentamente, como lluvia de ligeras lágrimas, iba empapando. Un temblor repentino sacudió todo el cuerpo de Sabas, y, ya sin miedo de que les oyese nadie, exclamó:
-¡Era el hijo de David, Daniel! ¡Era el esperado, el enviado! ¡Y le han dado muerte! ¡Ay de nosotros!
Alzando la voz a su turno, Daniel gritó:
-Él ha dicho a las mujeres que le lloraban que llorasen por sí mismas y por sus hijos. Y él ha dicho también: «¡Felices las estériles, cuyos pechos no amamantaron!»
A un tiempo, los dos hombres del pueblo, el viñador y el artesano, sollozaron angustiosamente:
-¡Ay de nosotros! ¡Ay de la ciudad! ¡Han matado al Rabí!
Mientras los dedos convulsos de Daniel rasgaban su túnica, las manos forzudas de Sabas herían su rostro y arrancaban puñados de cabellos. Y ambos se postraron, la faz contra el caminillo pedregoso.
Cuando alzaron la frente, sin levantarse, entre el cielo y la tierra, como suspensas, vieron dos nubes blancas, prolongadas, de imprecisas líneas. En lo alto, un resplandor tan tenue que apenas se distinguía, dibujaba doble círculo luminoso, dos discos de oro pálido, casi invisibles. Alrededor de las nubes misteriosas flotaba una claridad como de plateada nieve, esparcida en trazos trémulos.
-¡Son los mensajeros del Señor! -dijo en voz ahogada Sabas.
-¡Los ángeles! -balbució Daniel.
-¿No ves cómo se agitan sus anchas alas?
-¿No ves cómo alumbra su cabeza?
Postrándose otra vez, imploraron:
-¡Misericordia! ¡Nosotros no somos quienes le colgamos de la cruz!
-¡Nosotros le amábamos, esperábamos en él, aunque no lo sabíamos!
-¡No nos sea imputada su sangre!
-¡No se nos cobre la cuenta de la iniquidad!
Como un soplo, una voz que parecía son de cítaras y arpas, les acarició el oído:
-No temáis. Resucitará el Rabí.
-No lloréis. Saldrá del sepulcro.
Cuando se incorporaron, el blancor difuso había desaparecido. No se notaba sino el negror de la noche, cerrada, profunda. A tientas, envueltos en tinieblas, buscándose para abrazarse, los dos hombres del pueblo repetían:
-¡El Rabí resucitará! ¡El Rabí resucitará!
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 02-04-2015 18:39
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