A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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PRESENTACIÓN DUNHA REVISTA SOBRE O ESCULTOR VALDI

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 28-01-2016 10:51
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EVOCACIÓN E LEMBRANZA DE MANUEL ESPIÑA GAMALLO
Está a piques de ver a luz o número 5 dos nosos Cadernos de Estudos Xerais. Este volume, editado en colaboración coa Comunidade Cristiá do Home Novo, vai dedicado a Manuel Espiña Gamallo, crego que foi gran promotor da liturxia en galego, e defensor do idioma e das causas xustas. Presentarase na Coruña mañá, día 13, ás 20:00 horas en Portas Ártabras, rúa Sinagoga 22 baixo. No acto, ademais, teremos o privilexio de contar coa música da cantautora Bea a de Estrella.

"Galicia está viva, nunca estivo morta, anque houbo quen lle cantaron o funeral. O Espírito de Galicia sempre estivo con ela...mais temos que confesar que en Galicia hai moitas cousas mortas e outras a piques de morrer. O mais grande que temos, a nosa lingua, para moitos é como follas secas que se espera que o vento as leve a calquera recanto onde apodrezan... O pecado vén de moito atrás, xa case é pecado orixinal" (Outeiro de San Xusto, 1970).

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 12-01-2016 22:41
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IV CABODANO DO PASAMENTO DE ISAAC DÍAZ PARDO
O 10 de xaneiro, en Boisaca, houbo novamente pombas e mazás para Isaac Díaz Pardo, no IV cabodano do seu pasamento. Paco Pita, como representante da nosa asociación, interveu, xunto con outras persoas, para lembrar ao bo e xeneroso Isaac.
--> Noticia recollida en La Voz de Galicia


Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 11-01-2016 23:18
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O GOBERNO DE SADA SOLICITA A DECLARACIÓN COMO BEN DE INTERESE CULTURA (BIC) DO COMPLEXO DE CERÁMICAS DO CASTRO

A proposta aprobouse no pleno ordinario do 30 de decembro para instar á Consellería de Cultura a tramitación da declaración de BIC da fábrica Cerámicas do Castro, o Museo Carlos Maside, o Laboratorio de Formas de Galicia e o taller do intelectual D. Isaac Díaz Pardo.


Cerámicas do Castro

O complexo industrial de Cerámicas do Castro iniciou as súas actividades en 1949. Preto dun castro celta no concello de Sada levantouse a primeira fábrica da nova Sargadelos, na que se volveron a producir cerámicas feitas coas terras do norte lugués. A fábrica foi creada polo intelectual, artista e empresario galeguista, Isaac Díaz Pardo.

En 1960 construiuse una nova planta incorporando a súa producción deseños entroncados con motivos abstractos xeométricos tomados do románico e do barroco galegos ou as formas que, dalgún modo, gardan un paralelismo co simbolismo formal da arte románico.

En 1963, Cerámicas do Castro e o Laboratorio de Formas asinan un convenio para a creación do Museo Carlos Maside, Ediciós do Castro e outras institucións ideadas para traballar na recuperación da memoria histórica de Galicia.

O Múseo Carlos Maside inaugurouse en 1970 como un centro cultural vivo onde reunir parte da plástica galega contemporánea. Na súa colección permanente exhíbense obras de Francisco Lloréns, Castelao, Bonome, Laxeiro, Xulia Minguillón, Lugrís, Seoane, Francisco Asorey, Xosé Frau, Maside ou Colmeiro.

O edifio proxectado por Andrés Fernández-Albalat, componse de varios volúmenes de forma hexagonal e diferentes alturas, unidos formando un orixinal conxunto. Cada un consta dunha cubrición piramidal. Ademáis os lados de cada figura atópanse pintados de gran colorido.

O complexo do Castro non responde a un deseño preconcebido dunha soa vez. Naceron sen un orde de realización, posibilitados por esforzos e recursos, máis ben patrióticos, chegados con dificultades de todo tipo.
“O Laboratorio de Formas, nacido na Galicia emigrada como feito da vontade de dous artistas, proponse o estudo das formas desenvolvidas no pasado galego e as que aínda hoxe alentan, herdadas dese pasado, no noso presente". Así comeza o Manifesto do Laboratorio de Formas, redactado por Luís Seoane coa contribución de Isaac Díaz Pardo en 1963.

Coa creación do Laboratorio de Formas de Galicia deséñanse as liñas estructurais básicas para a recuperación da memoria históica. Así, a carón de emprendementos para producir e reproducir obxetos industriais, había que recoller para o seu estudo e divulgación obra e documentación do movemento renovar da arte galega a partir de Castelao; promocionar e espallar o estudo da historia contemporánea de Galicia; recuperar a imaxe do que fora Sargadelos onde hai 200 anos deseñarase una empresa industrial pioneira en plantetaxementos xurídicos e éticos que constituen un referente; mellorar a imaxe da información e da comunicación e realizar e apoiar todo tipo de investigación que tivera Galicia no seu horizonte.
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 04-01-2016 13:04
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SIN TREGUA, conto de Emilia Pardo Bazán

O día 1 de xaneiro de 1916 -hai xustamente cen anos- La Esfera publicaba este conto de Emilia Pardo Bazán
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SIN TREGUA


Por Emilia Pardo Bazán

AL terminar el día, las estrellas encienden los diamantes de su estuche, que fulguran de un modo intenso y extraño, como miradas en que destella el amor.
Hace frío; pero no nieva. Una pureza profunda clarifica el aire. El silencio es absoluto. Grave y solemne el momento.
Dos formas, dos bultos, una mujer y un varón, avanzan por la llanura, a paso leve, cual si no sentasen en el suelo la planta.
Ella se envuelve en las amplias telas azules que hoy usan las mujeres egipcias. El, a pesar del glacial soplo nocturno, sólo viste una túnica blanca, que descubre sus descalzos pies.
De tiempo en tiempo, los dos se inclinan, y parecen reconocer los lugares que cruzan. Un cuchicheo de ternura se establece entre ambos.
—¿Te acuerdas. María?—pregunta él.—Ya no estamos lejos. Fue hace muchos siglos, y en un establo.
—Me acuerdo, hijo mío, me acuerdo de cómo tiritábamos José y yo, rendidos de la caminata. El viento entraba libremente por las junturas de las piedras y por las aberturas del tejado. El suelo cstaba húmedo y pegajoso. Fuera, helaba, helaba, helaba. Luego empezó a caer la nieve en anchos copos. Su blancura alumbraba como una aurora. Y entonces viniste al mundo. Te agasajé en mis ropas, y el amigo buey te echó su aliento gordo, tibio, y te lamió mansamente. ¡Cuánto se lo agradecí! Porque los piececitos se te habían puesto como dos granizos, y temblabas... ¡Ah, si yo pudiera librar del yugo y de aguijón a todos nuestros amigos, los bueyes, tan honrados!
—Madre, por ti nadie sufriría... Yo también quiero mucho a los bueyes, a las hermanas palomas, que venían á posarse sobre nuestra casa de Nazaret, y a los borriquillos y á los pájaros, que me extraían las espinas de la frente, y a los peces, que mantuvieron a la multitud cuando me escuchaba, y hasta a los leones y a las panteras, que enterraron a mis ascetas y respetaron en el Circo á mis mártires! Pero más he querido, María, a los hombres; tanto, que por ellos he consentido colgar de un patíbulo por las taladradas palmas y dejar jirones de piel en las roscas de los látigos... Y les he dicho las palabras redentoras, y les he enseñado el camino y la derechura... Y, en oblación eterna, les he ofrecido mi cuerpo y mi sangre, sin reservarme una fibra ni una gota... ¡Mira si les he amado!
—¿Lloras, hijo mío?—murmuró la madre, consoladora.
—¡Lloro, si. Triste está mi alma hasta la muerte. Las aguas del abismo, amargas y hondas, suben hasta ella. Y mira, ni todas las aguas que están entre la tierra y el cielo pudieran apagar mi foco de amor al hombre. La llama me abrasó el corazón. Ve cómo arde!
Y abriendo la túnica mostró una brasa viva, una especie de enorme rubí, que se inflamaba hacia el lado izquierdo. A su lumbre, la oscuridad se encendió, y fue visible el halo luminoso que cercaba la dulce cabeza de Jesús.
En este fuego me consumo, madre—repitió el Salvador con un gemido ardoroso—. Y es por ellos, por los que heredaron la malicia de Adán. Han comido del árbol funesto y por sus venas corre la ponzoña. Ven, te mostraré lo que hacen, lo que está sucediendo ahora en su planeta!
Y el paso leve fue más rápido aún. Caminaban como volando, deslizándose sobre el polvo endurecido por la helada, sobre los guijarros y las hierbas, al través de los montes y los matorrales. Leguas y leguas quedaban atrás, y variaban los paisajes, y tan pronto oían el mugir de las olas azotando escolleras, como el cristalino reír de los arroyos, desatados todavía, a pesar de los hielos, en los repuestos valles.
Al fin empezaron á encontrar campos desolados y yermos, barrancos abruptos, la tierra pisoteada, sembrada de fragmentos de hierro, de caballos despanzurrados y cadáveres en posturas trágicas, unas como de agitado sueño, otras como de inmensa desesperación. María se veló los ojos de violeta con el pico de su manto.
—Ven, sigue, mira—repetía la voz dolorida de Jesús.
Y María miraba, miraba, espantados los ojos, y a su alrededor se alzaban ruinas, escombros, casas con las entrañas abiertas, edificios medio derruidos, lienzos de murallas suspensos, al parecer, en el aire, naves de templos y bóvedas de palacios que mostraban las heridas y mutilaciones de sus esculturas y cornisamentos. María reconoció su efigie, decapitada, con el Niño en brazos, intacto, ostentando en la manecita el mundo.
Y luego, fue el incendio lo que les salió al paso. Las llamas ascendían al cielo, el humo arrastraba chispas y lengüezuelas ardientes. De algunos edificios salían clamores de socorro. Mujeres con los ojos fuera de las órbitas se empeñaban en atravesar la humareda para rescatar un mueble, un saco de ropa, un niño. Otras gritaban y reían, en histérico ataque. Unos hombres de aspecto feroz empujaron a una anciana al brasero, pinchándola con bayonetas. María se tambaleó.
—Hijo mío. ¿no ves?
Jesús siguió andando. Tropezaron con una interminable procesión. Desfilaban multitudes; era el éxodo de un pueblo entero, a pie, en carromatos, en coches de anticuada forma, en cabalgaduras recargadas con el peso de dos y hasta de tres personas. El rebaño humano se apelotonaba como las reses .en el ferial, y de él salía un gemido confuso, sordo, continuo, el lamentar del sufrimiento físico, del espanto y de la fatiga infinita. A cada instante, alguien se derrumbaba; un viejo exánime, una mujer rendida de cansancio que soltaba a su crío, incapaz de portearlo más tiempo. Nadie atendía al incidente. Para pasto de lobos quedaba allí, al borde del desfiladero, el rezagado. Una dureza inerte cerraba los espíritus a cuanto no fuese el instinto de conservación. Y éste también desfallecía. Muchos se extendían, con propósito de no levantarse. Dentro de los carros iban confundidos puercos, gallinas, moribundos, madres lactando. Y a la cabeza de la mísera horda, un mocetón, oprimiendo un caballo fogoso, repetía: “¡Más aprisa! ¡Más aprisa! ¡Que vienen!”
A lo lejos, la artillería tronaba. Bombardeaban a la ciudad, cuyos fuertes respondían. Las trincheras vomitaban proyectiles. Poderosos reflectores, rasgando la sombra, buscaban en el aire a los pájaros mortíferos para cazarlos. Uno de ellos desplomó aparatos de asfixia. Cientos de hombres cayeron arrojando sangre por la boca. Y pasó una sombra gris, siniestra, y Jesús la reconoció.
— ¡Madre mía; es mi enemiga, es la Muerte! Su guadaña ha relucido, sus huesos han crujido irónicos al notar mi presencia. Parece que dicen: “No me has vencido, Galileo…”
Una lágrima de piedad rodó por las mejillas de lirio de la siempre Virgen... Se alejó de aquel lugar maldito. Un bosque frondoso parecía no esconder horror alguno; por allí no retumbaban los morteros. Sólo al final de un haya corpulenta vieron pendientes dos ahorcados. Avanzaron hacia una villa cuyas luces hormigueaban ya próximas. En una plazuela solitaria desembocó de repente un pelotón. Conducía a una muchacha delgadita, con las manos atadas a la espalda, desmelenada, que a cada momento amagaba caer, si el que llevaba el extremo de la cuerda no la sostuviese, descoyuntándole las muñecas. Un farol del alumbrado público les atrajo. Al pie del farol, arrimaron a la tapia de un jardín a la muchacha. Fué un momento. Unos castañetazos secos y lúgubres. Cayó, rostro contra el suelo. El tiro en el oído no era necesario; pero no faltó. Se alejaron los ejecutores...
María se apresuró más. La orilla del mar no estaba lejos. Las pupilas de Jesús, que escrutan hasta las entrañas, distinguieron bajo las olas una especie de cilindro de hierro que se acercaba a una gran embarcación. Un ruido fragoroso y la embarcación empezó á hundirse, caída hacia una banda. La tripulación se arrojaba al agua pidiendo misericordia. El cilindro segundó el estrépito. La embarcación saltó como un petardo y, precipitadamente, recayó en el agua, y luego en el abismo. Y María pudo oír su nombre, gritado por uno que se ahogaba...
—No puedo más—dijo á Jesús—. Apartémonos de los hombres, hijo mío. ¡Esto es renovar el Gólgota!
—Madre—respondió el maestro—, estoy más triste aún que ants. Necesito el alivio de una caricia maternal. Me duelen los agujeros de los clavos, y la herida del costado me traspasa otra vez...
María tendió los brazos, y no fue sólo el centelleo estelar lo que alumbró. Rosadas tintas de amanecer se difundieron; gorjeos de aves y acordes de instrumentos invisibles resonaron; voces de ángeles tintinearon como campanillas de plata, y aromas de mirra, nardo y miel se difundieron por los ámbitos del aire mientras duró el beso de María a su Hijo. Luego, otra vez la sombra, el frío, el pavor de la naturaleza.
—Perdónales-intercedió María—. Tú lo has dicho: no saben lo que hacen.
Jesús se volvió hacia la Exoradora suspirando.
—Ya lo sabes, Madre; fué en esta noche cuando nacía para ellos... Y no piensan en mí... ¡No me dan tregua! ¡Ni aun esta noche!
—Ni aún esta noche!—repitió, juntando las manos, María.

DIBUJOS de Echea



La Esfera, 1/I/1916 - (Link a Biblioteca Nacional)
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 02-01-2016 00:12
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LA NAVIDAD DEL PAVO, por E. Pardo Bazán

LA NAVIDAD DEL PAVO


Por Emilia Pardo Bazán

El mayor mal que puede sobrevenir a un ser naturalmente estúpido, es adquirir de pronto los dones de la inteligencia. Si lo dudáis, os referiré la aventura de un pavo, del cual, si se descuida, no quedarían ni huesos, porque los huesos de pavo son muy gratos a los canes. En este pavo de mi cuento existía, por lo menos, el instinto de conocerse y saber que, inteligencia, no la tenía. Y es cosa poco común, pues la inmensa mayoría de los pavos se juzga muy avisada, y se hincha y robumba de orgullo, por tan ventajosa opinión de sí propia. Nuestro héroe, al contrario, conocía, como conoció la abutarda el pesado volar de sus hijos, que no le unía a Salomón lazo alguno; que era tonto perdido desde el día de nacer. Y como la humildad es el reducto en que se abroquelan los tontos, o mejor dicho, en que debieran abroquelarse, nuestro pavo, humildemente, determinó pedir a quien fuese más que él y que todos, que le hiciese, de la noche a la mañana, brotar talento. Su ruego se dirigió al Niño Jesús, que se veneraba en la casa cuyo corral habitaba el pavo. Sabía que el Niño puede proteger al que le implora, y que a la tía Carmela, guardiana del corral, en más de una ocasión el Niño la sacó de graves apuros. Era, además, tan lindo y gentil el divino Infante, que atraía y convidaba a pedirle favores. Caía, pues, la cresta; entornando los ojos bajo la azul membrana que los protegía, el pavo se acercó a la urna en que el Niño vestido de rancia seda blanca, alzando en la diestra su mundillo de plata que tiene por remate una cruz, derramaba la gracia de su faz riente y la bondad de sus ojos de vidrio sobre la pobre casa y sus moradores. Y el Niño, recordando que Francisco, el de Asís, miró como a hermanos inferiores a los irracionales, sintió un movimiento de simpatía hacia la gallinácea destinada a saciar la glotonería de los humanos, y quiso atender a su súplica. Mas cuando supo lo que pedía el pavo, la manezuela regordeta que ya iba a bajarse concediendo, se alzó otra vez, y en el lenguaje del misterio, el Niño dijo al pavo: -Pero ¿tú has pensado bien lo que solicitas? Como el pavo insistiese en su demanda, el Nene porfió. La inteligencia, para un pavo, era igual que la hermosura para una almeja: ¡don inútil, y tal vez hasta funesto! Mas el peticionario insistió: ¡quería a toda costa aquella cualidad que tanto se alaba en el hombre! Y entonces, Jesusín otorgó... Sintió el pavo como si dentro de su cabeza se encendiese viva luz. Todo lo vio claro y con realce. Él era un volátil torpe a quien mantenían en un corral, echándole todos los días el sustento, sin que se le impusiese otra obligación ni otro trabajo sino ir engordando y descansar. Sus congéneres, los demás pavos, estaban en igual caso, y, sin meterse en más averiguaciones, picaban el grano, devoraban el cocimiento de salvado, glugluteaban satisfechos, hacían la rueda, cortejaban a las pavas y dormían sueños largos, en la tibieza del cobijadero que les abrigaba de noche. Nuestro héroe, dotado ya de la facultad de comprender, comprendió que los demás pavos eran felices. En cuanto a él..., variaba: vivía inquieto, en continua ansiedad, en incesante sobresalto, cavilando en lo que podría sucederle, después de aquella regalona existencia, y si duraría. Poco tardó en adquirir noticias respecto a este extremo. Palabras sueltas de la guardiana, conversaciones con las vecinas, le ilustraron. La señá Carmela solía gruñir entre dientes: -Híspete, pavo, que mañana te pelan... Tú veras, cuando la Navidá llegue... Y si bien nuestro héroe, con entendimiento y todo, no podía hablar, ni preguntar qué pasaría cuando la Navidad llegase, bien se le alcanzaba que cosa buena no podía ser. No; tenía que ser muy mala, muy cruel, muy terrible. Esta convicción se fortaleció cuando, al acercarse la anunciada época de Navidad, notó el pavo que a él y a sus compañeros les imponían un régimen extraordinario, inexplicable. ¿A qué venía, me quieren ustedes decir, tanto atracarles de bolitas de pan, y después, tanto introducirles bárbaramente en el gañote nueces enteras con su cáscara, duras como guijarros, y progresando en el número hasta llegar a veinte diarias? Nuestro protagonista creía sentir que se le rajaba el buche. «Jamás las digeriré», pensaba, sofocándose. Y al cabo las digería, pero pasaba el día entero presa de entorpecimiento y modorra, cual los hombres que sufren dilatación gástrica... Una mañana, cuando acababan de administrarle la vigésima nuez, entró una vecina, la cacharrera de al lado, y dijo a la señá Carmela: -¿Tié usté un pavo listo ya? ¿Bien cebadito? Me ha encargao de buscarlo el cocinero del señor marqués... Es pa la cena de Navidá. Ha de ser cosa de satisfacción. -Aquí hay uno que paece un tocino... Mírelo usté, y tómelo al peso... Y cogiendo a nuestro héroe por las patas, a pesar de una desesperada resistencia, sopló la mujer sobre el plumaje de los zancos, para hacer ver la piel estallante de grasa. -No paece malo -declaró la cacharrera-. Le pediremos cuatro pesos, y usté me da a mí un par de pesetillas... -Y el cocinero le pone seis duros al señor marqués... y arza -repuso la señá Carmela. A nuestro pavo se le había cubierto de lividez la cresta, el moco y las carúnculas; al dejarlo en tierra la señá Carmela, apenas podía tenerse en las patas. Había comprendido perfectamente, puesto, que tenía la facultad de comprender. Iban a venderle para degollarle y devorar sus restos. ¡Horrible destino! Nada podía hacer para evitarlo. ¿Huir del corral? ¿Esconderse? ¿Y adónde iba? Por todas partes le acompañaría como una sentencia de muerte su gordura, su fatal grasa fina, de ave de lujo. El primero que le atrapase, le retorcería el pescuezo y le pondría a asar. No había escape. Su suerte sería la misma de sus compañeros..., sólo que éstos ignoraban el triste sino, y la víspera de su degollación comerían con el mismo apetito la ración de salvado, y tragarían las duras nueces, sin protesta. Entonces conoció nuestro pavo por qué le decía Jesús, con su risa de hoyuelos: -Pero, ¿tú sabes lo que pides? Y revistiéndose nuevamente de humildad, logró entrar en la salita donde se alzaba la urna, y su muda plegaria se elevó hasta la dulce imagen. El Niño ya sabía de lo que se trataba. Comprendía la tragedia interior de la desventurada ave, que, a diferencia de las demás de su especie, sabía, sabía de la ceba, del agudo cuchillo, e iba a saber del impío rellenamiento, del horno ardiente, del nuevo despedazamiento en una mesa donde se ríe y se bebe champán, masticando la pechuga blanca del ave mísera. Piadoso, Jesús bajó de nuevo la mano, y murmuró: -Ve en paz. No temas. Se fue el pavo, consolado, tranquilo, porque en él había surgido una fuerza admirable, un resorte desconocido, ¡la fe! ¡Y la fe es buena hasta para los pavos, y es más fuerte que el cuchillo y que el horno! El pavo no temía, puesto que el Niño le ordenaba que no temiese. Eran, sin embargo, para dar pavor las circunstancias. Le habían cogido en el corral y trasladado a las cocinas del marqués. Y allí, su futuro verdugo, el pinche, se dedicaba a hacerle absorber tragos de aguardiente, alternando con él en la tarea. Poco a poco, la embriaguez se apoderaba de nuestro pavo. Sus pasos eran vacilantes, su cresta despedía fuego. Un vértigo le confundía. En medio de este vértigo, parecíale sufrir una transformación. Sus miembros perdían la elasticidad. Poco a poco, en vez de pavo de carne, se convertía en pavo de cartón iluminado, muy bien modelado, sostenido en dos patitas de alambre. Y oía exclamaciones de furor en la cocina. El jefe reñía colérico al pinche. -A ver qué has hecho del pavo. So curda. ¡Lo has tomado y lo dejaste escapar! Y casi al mismo tiempo, la doncella gritaba: -¡Habrase visto! ¡Pues no se han traído aquí el pavito de Belén! ¡Vente, monín, que voy a llevarte a tu sitio! Momentos después nuestro pavo, acartonado completamente, inmóvil, reposaba al pie del Niño Dios, que, entre sus pañales, bendecía a los pastores, y aceptaba los dones de los Reyes Magos. Salvado del suplicio, salvado de que triturasen sus carnes dientes glotones, el pavo miraba con infinito reconocimiento al Infante divino. Encontraba que estar allí, a sus piececillos, bajo el hálito pacífico del buey y de la mula; ser uno más en el sacro bestiario, era una suerte mejor que la de antes, una suerte feliz. ¡Aleluya!


(Conto de Emilia Pardo Bazán publicado en Voluntad o 15 de decembro de 1919)
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 24-12-2015 14:51
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EL PRIMER MILAGRO, conto de nadal de Azorín
Este conto de nadal, é un agasallo do noso colaborador e bo amigo Edmundo Moure Rojas.


Este cuento apareció como historia del mes de diciembre en el Número Almanaque para 1927 de la revista «Blanco y Negro». Posteriormente fue incluido en la obra «Blanco en azul» (editada en Madrid en 1929 por Biblioteca nueva).





EL PRIMER MILAGRO,

por Azorín (José Martínez Ruiz)

La tarde va declinando; se filtran los postreros destellos de sol por el angosto ventanuco del sótano. Todo está en silencio. Las manos del anciano van removiendo, como si fuera una blanda masa, el montón de monedas de oro, relucientes, que está sobre la mesa. El anciano tiene una larga barba entrecana; los ojos aparecen hundidos. Los últimos fulgores del sol van desapareciendo; por el tragaluz ya sólo se escurre una débil y difusa claridad. Las monedas vuelven a la recia y sólida arca. El anciano cierra la puerta con un cerrojo, con dos, con una armella, con unas barras de hierro, y luego asciende, lento, por la angosta escalerita. Ya está en la casa. La casa se levanta en un extremo del pueblo; se halla rodeada de extenso vergel, y tiene, a un lado, una accesoria para labriegos y servidumbre. El anciano camina lentamente por la casa; su índice –el de la mano derecha- pasa y repta sobre la curvada nariz. Al pasar por un corredor ha visto el viejo una puerta abierta; esta puerta ha mandado él que esté siempre cerrada. Se detiene un momento el viejo; da una voz de pronto; le enardece la cólera; acude un criado; el viejo impropera al criado, se acerca a él, le grita en su propia cara. Tiembla el pobre servidor, y prorrumpe en palabras de excusa. Y el viejecito de la barba larga prosigue su camino. De pronto se detiene otra vez; ha visto sobre un mueble unas migajas de pan. La cosa es insólita. No puede creer el anciano lo que ven sus ojos. Llegarán, por este camino, a dispersar, destruir su hacienda. Han estado aquí, sin duda, comiendo pan -pan salido, indudablemente, de la despensa-, y han dejado caer unas migajas. Y ahora su cólera es terrible. La casa se hunde a gritos; la mujer del viejo, los hijos, los criados, todos, todos, le rodean suspensos, temblorosos, mohínos, tristes. Y el viejo prosigue con sus gritos, con sus denuestos, con sus improperios, con sus injurias.
La hora de cenar ha llegado. Antes ha conversado el anciano con los cachicanes que llegan todas las noches de las heredades cercanas. Todos han de darle cuenta- cuenta menudísima, detallada- de la jornada diaria. No puede acostarse ningún día el viejo sin que sepa, concretamente, en qué se ha gastado el más pequeño dinero y qué es lo que han hecho, minuto por minuto, todos sus servidores. La relación de los labrantines se desliza entreverada por los gritos y denuestos del anciano. Y todos sienten ante él un profundo pavor.
El pastor se ha retrasado un poco esta noche. El pastor regresa de los prados próximos al pueblo, todas las noches, poco antes de sentarse a la mesa el anciano. El pastor apacienta una punta de cabras y un hatillo de carneros. Cuando llega, después de la jornada, por la noche, encierra su ganado en una corraliza del huerto y se presenta al amo para dar cuenta de la jornada del día. El anciano, un poco impaciente, se ha sentado a la mesa. Le intriga la tardanza del pastor. La cosa es verdaderamente extraña. A un criado que tarda en traerle una vianda -retraso de un minuto-, el anciano le grita desaforadamente. El criado se desconcierta; un plato cae al suelo; la mujer y los hijos del viejo se muestran despavoridos; sin duda, ante esta catástrofe –la caída de un plato-, la casa se va a venir abajo con el vociferar colérico, iracundo, tempestuoso, del viejo. Y, en efecto, media hora dura la terrible cólera del anciano. El pastor aparece en la puerta; trae cara de quien va a ser ajusticiado; en mal momento va a dar cuenta de su misión del día.
-¿Ocurre alguna novedad?- pregunta el viejo al pastor
El pastor tarda un instante en responder; con el sombrero en la mano, mira absorto, indeciso, al señor.
-Ocurrir, como ocurrir- dice al cabo-, no ocurre nada…
-Cuando tú hablas de eso modo es que ha ocurrido algo…
-Ocurrir, como ocurrir… -repite el pastor dando vueltas entre las manos al sombrero.
-¡Sois unos idiotas, mentecatos, estúpidos! ¿No sabéis hablar? ¿No tienes lengua? Habla, habla…
Y el pastor, trémulo, habla. No ocurre novedad, no ha sucedido nada durante el día. Los carneros y las cabras han pastado, como siempre, en los prados de los alrededores. Los carneros y las cabras siguen perfectamente; han pastado bien; si, han pastado como todos los días… El viejo se impacienta.
-¡Pero, idiota, acabarás de hablar! – grita colérico.
Y el pastor dice, repite, torna a repetir que no ha ocurrido nada. No ha ocurrido nada; pero en el establo que se halla a la salida del pueblo, junto a la era -establo y era propiedad del señor-, ha visto, cuando regresaba el pastor a casa, una cosa que no había visto antes. Ha visto que dentro del establo había gente.
El viejo, al escuchar esas palabras, da un salto. No puede contenerse; se levanta, se acerca al pastor y le grita:
-¿Gente en el establo? ¿El establo que está junto a la era? Pero…, pero ¿es que no se respeta ya la propiedad? ¿Es que os habéis propuesto arruinarme todos?
El establo son cuatro paredillas ruinosas; la puerta -de madera carcomida, desvencijada- puede abrirse con facilidad; una ventanita, abierta en la pared del fondo, da a la era. Ha entrado gente en el establo; se han instalado allí; pasarán allí la noche; tal vez estén viviendo allí desde hace días. Y todo esto en la propiedad, en la sagrada propiedad del viejo. Y sin pedirle a el permiso. Ahora la tormenta de cólera es tan grande, más grande, más estruendosa que antes. Sí, sí; indudablemente todos se han propuesto arruinar al pobre anciano; todos, descuidados, manirrotos, sin parar atención en la hacienda, se han propuesto que este anciano acabe en la pobreza, en la miseria. El caso de ahora es terrible; no se ha visto nunca cosa semejante; nunca ha entrado nadie en una propiedad –casa o tierra – de este viejo señor. Y el viejo señor, ante hecho tan peregrino, estupendo, decide ir él mismo a comprobar el desafuero, a remediarlo, a echar del establo a esos vagabundos.
¿Qué gente era? – le pregunta al pastor
Pues eran…, pues eran -replica titubeante el pastor- pues era un hombre y una mujer.
¿Un hombre y una mujer? Pues ahora veréis.
Y el viejo de la larga barba ha cogido su sombrero, ha empuñado el bastón y se ha puesto en camino hacia la era próxima al pueblo.
La noche es clara, límpida, diáfana; brillan –como las moneditas de oro antes– las estrellitas en el cielo. Todo está sosegado; el silencio es grato, profundo. El anciano va caminando solo, nerviosamente, vibrando de cólera. Da fuertes golpazos con el callado en el suelo. La silueta del establo ante la blancura de la era, se percibe a lo lejos, sobre el cielo de un azul oscuro. Ya va llegando el anciano a las paredillas ruinosas. La puerta está cerrada. La mano del viejo pasa y repasa por la luenga barba. No quiere el viejo penetrar de pronto por la puerta. Se detiene un momento, y luego, despacito, se va acercando a la ventanita que da a la era. Se ve dentro un vivo resplandor. El anciano va a aplicar su cara hacia la ventana. Y sus ojuelos vivarachos están cerca del angosto hueco. La mirada del anciano penetra en lo interior. Y, de repente, el viejo lanza un grito, un grito que se esfuerza, un segundo después, por reprimir. La sorpresa ha paralizado los movimientos del anciano. A la sorpresa sucede la admiración, a la admiración, la estupefacción profunda. Todo el cuerpo del anciano está clavado junto a la pared con sólida inmovilidad. La respiración del viejo es anhelosa. Jamás ha visto el viejo lo que ha visto ahora; esto que el anciano contempla no lo han contemplado, sin duda, nunca ojos humanos. No se aparta la mirada del viejo del interior del establo. Pasan los minutos, pasan las horas insensiblemente. El espectáculo es maravilloso, sorprendente. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cómo medir el tiempo ante tan peregrino espectáculo? Tiene la sensación el anciano de que han pasado muchas horas, muchos días, muchos años… El tiempo no es nada al lado de esta maravilla, única en la tierra.
Regresaba lentamente, absorto, meditativo, el vino a su casa de la ciudad. Han tardado en abrirle la puerta, y él no ha dicho nada. Dentro de la casa, una criada ha dejado caer la vela cuando iba alumbrándole, y él no ha tenido ni la más leve palabra de reproche. Con la cabeza baja, reconcentrado, iba andando por los corredores como un fantasma. Su mujer, que le ha recibido en una sala, al hacer un movimiento brusco, ha derribado un mueble; han caído al suelo unas figuritas, y se han roto. El anciano no ha dicho nada. La sorpresa ha paralizado a la esposa del caballero. La sorpresa, el asombro ante la insólita mansedumbre del viejo ha sobrecogido a todos. El anciano, encerrado en un profundo mutismo, se ha sentado en un sillón. Sentado, ha dejado caer la cabeza sobre el pecho, ha estado meditando un largo rato. Le han llamado después –como se llama a un durmiente- , y él, con mansedumbre, con bondad, dócilmente cual un niño, se ha dejado llevar hasta la cama y ha consentido que le fueran desnudando. Y a la mañana siguiente, el viejo ha continuado silencioso, absorto; a unos pobres que han llamado a la puerta les ha entregado un puñado de monedas de plata. De su boca no sale ni la más leve palabra de cólera. La estupefacción es profunda en todos. De un monstruo se ha trocado en un niño el viejo señor. Su mujer, los hijos, están alarmados; no pueden imaginar tal cambio; algo grave debe de ocurrirle al viejo; durante su paseo, por la noche, a la era, al establo, algo ha debido de ocurrirle. Esta mansedumbre de ahora es acaso más terrible que las cóleras de antes; acaso pueda ser anuncio este abatimiento de algún grave mal. Todos miran, observan y examinan al anciano, en silencio, recelosos, inquietos. No se deciden a interrogarle; él se obstina en su mutismo. Y la mujer, al cabo, dulcemente, con precauciones, interroga al anciano. El coloquio es largo, prolijo; el viejo no accede a revelar su secreto. Y al cabo, tras el mucho porfiar, con dulzura, de la mujer ha puesto, para hablar, para hacer la revelación suprema, sus labios. El asombro se pinta en la cara de la esposa.
¡Tres reyes y un niño! – exclama sin poder contenerse.
Y el anciano le indica que calle, poniéndose el índice de través en la boca. Sí, sí, la mujer callará. Callará, pero pensará siempre lo que está pensando ahora. No sabe la buena señora qué es peor, si lo de antes – la cólera de antes – o esta locura, sí, locura, de ahora. ¡Tres reyes en un establo y un niño! Evidentemente; durante su paseo nocturno debió de ocurrirle algo al anciano. Poco a poco se difunde por la casa la noticia de que la mujer del anciano conoce el secreto de éste; preguntan los hijos a la madre; la madre se resiste a hablar; al cabo, pegando la boca al oído de la hija, revela el secreto del padre. Y la exclamación no se hace esperar.
- ¡Qué locura! ¡Pobre!
La servidumbre se enteran de que los hijos conocen la causa del mutismo del señor; no se atreven, por lo pronto, a interrogar a los hijos; al cabo, una sirvienta anciana, que lleva en la casa treinta años, pregunta a la hija. Y la hija, poniendo sus labios a la par del oído de la anciana, le dice unas palabras.
¡Oh, qué locura! ¡Pobre, pobre señor! – exclama la vieja.
Poco a poco la noticia se ha ido difundiendo por toda la casa. Sí; el señor está loco; padece una singular locura; todos mueven a un lado la cabeza tristemente, compasivamente, cuando hablan del anciano. ¡Tres reyes y un niño en un establo! ¡Pobre señor!
Y el viejo de la larga barba, sin impaciencias, sin irritación, sin cóleras, va viendo, en profundo sosiego, cómo pasan los días. A la mansedumbre se junta en su persona la persona la liberalidad. Da de su dinero a los pobres, a los necesitados; tiene palabras dulces para todos, exorables. Y todos en la casa, asombrados, recelosos, entristecidos –sí, entristecidos-, le miran con mirada larga y piadosa. El señor se ha vuelto loco; no puede ser de otra manera. ¡Tres reyes en un estado! La mujer, inquieta, va a buscar a un famoso doctor. Este doctor es un hombre muy sabio; conoce las propiedades de los simples, de las piedras y las plantas. Cuando ha entrado el doctor a la casa le han conducido a presencia del viejo; ha dejado éste hacer al doctor; parecía un niño, un niño dócil y débil. El doctor le ha ido examinando; le interrogaba sobre la vida, sobre sus costumbres, sobre su alimentación. El anciano sonríe con dulzura. Y cuando le ha revelado su secreto al doctor, después de un prolijo interrogatorio, el doctor ha movido la cabeza, asintiendo, como se asiente, para no desazonarlo, a los despropósitos de un loco.
-Sí, sí –decía el doctor-. Sí, sí; es posible. Sí, sí; tres reyes y un niño en un establo.
Y otra vez tornaba a mover la cabeza. Y cuando se han despedido, en el zaguán, a la mujer del anciano, que le interrogaba ansiosamente, ha dicho:
-Locura pacífica, sí; una locura pacífica. Nada de peligro; ningún cuidado. Loco, sí, pero pacífico.
Esperemos…
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 23-12-2015 01:09
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PARABÉNS A GALLAECIA FILMES
Gallaecia Filmes, o proxecto cinematográfico do I.E.S. ISAAC DÍAZ PARDO de Sada, dirixido polo profesor Xosé Seoane, está de en hora boa. O seu documental sobre fontes e lavadeiros de Sada, na realización do cal participaron alumnas e alumnos do instituto -na foto, algúns deles-, conseguiu un premio no Festival de Cine de Ourense.
Desde aquí vaian os nosos parabéns!

--> Pode lerse a nova en La Voz de Galicia

[Fonte da imaxe: La voz de Galicia]
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 12-12-2015 19:33
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RESISTIR
Ilustración: “Las tentaciones de San Antonio Abad” Pieter Coecke van Aelst, s. XVI. Museo del Prado.


RESISTIR


Por Edmundo Moure

He aquí nuestro verbo –transitivo- de mayor recurrencia, aunque su conjugación no sea consciente: Yo resisto, tú resistes, él resiste, nosotros resistimos, vosotros resistís, ellos resisten… Es el complemento inequívoco de la voluntad de vivir, ese móvil volitivo que Schopenhauer consideró clave del universo, incluido el pretencioso bípedo pensante, con su carga inevitable de antropomorfismo: El mundo como voluntad y representación, y la voluntad expresada en el pulso unívoco de la naturaleza. Con ella, el atributo de la resistencia, junto a la representación crítica o reflexiva, son actitudes esenciales para el ser humano, si bien cuando comienza su etapa de pez prisionero en el estanque hospitalario de la madre, sólo reacciona instintivamente a los estímulos, y pareciera decir “resisto como puedo”.
Hoy se esgrimen teorías acerca de una conciencia primaria que incluye ciertos aprendizajes elementales, provocados por estímulos sensoriales que se grabarían en un incipiente registro de la memoria. (Hay poetas que pretenden escribir, inspirados en visiones intrauterinas, donde habrían sido capaces de intuir las metáforas con que articulan esa creación lírica, comunicándose con su madre y aun con otros individuos cercanos, como quien envía recurrentes whatsapps… Y no hablemos de los recuerdos de otras vidas, porque eso supera mi capacidad de imaginación y hace temblar los cimientos de mi modesta lógica terrestre).
A resistir se atribuye, como sinónimo, el verbo soportar, aunque éste, para mí, tiene una connotación más pasiva, de aguante casi resignado, como algunas relaciones, afectivas u odiosas, que se extienden en el tiempo, más allá de lo deseable, transformándose en virtuales martirios o karmas, sumiéndonos en nula voluntad de reacción...
Pero quien resiste se niega a soportar, va más allá, busca instancias de superación de lo que le afecta o constriñe, pese a que el ciclo vital le irá presentando nuevos escollos y cargas y presiones y fatigas sin cuento, porque ese parece ser el meollo de esta vida y sus interminables apremios; apenas creemos salir de uno, cuando ya nos acosa el siguiente.
A partir de la idea del libre albedrío, asociamos la resistencia con el acto loable de luchar contra las tentaciones del pecado, superándolas. Cristo resistió a Satanás, en su vigilia del desierto, cuando éste le ofrecía los bienes, propiedades y delicias del reino de este mundo, prebendas que parecen no haber resistido los políticos y paniaguados de nuestro tiempo, tan débiles de carácter cuando se trata de aceptar óbolos a cambio de votos favorables en el proceso legislativo. Célebres fueron las tentaciones que padeció San Antonio Alonso, inmortalizadas en la pintura, aunque él jamás postulara a un cargo de servicio público, ni siquiera de modesto concejal. Otras eran las convocatorias melifluas de Satanás, pues en aquel tiempo el pecado tenía rostro y formas femeninas. (Los curas aún sostienen que el atractivo abisal se transmite por el útero de la mujer; también los fundamentalistas islámicos y los musulmanes “moderados”, que en esto de culpar a la fémina, sobran propuestas e hipocresías).
Resistir tiene también connotaciones heroicas. “Madrid qué bien resiste/ Madrid qué bien resiste…”, es parte de la letra de una de las canciones emblemáticas de la Guerra Civil Española, que cantara de manera inigualable Rolando Alarcón. La resistencia francesa contra el nazismo se cubrió de gloria, haciéndonos casi olvidar la cobardía y el ultraje infligidos a la “línea Maginot”, cuyo nombre de matrona somnolienta quizá exacerbó la furia asesina de la blitzkrieg germana.
¿Y los Mapuches? Ésos sí que son paradigma de la resistencia, durante cinco siglos, arrostrando el asedio español, primero, y luego, el acoso rastrero y vil de los huincas chilenos, que no trepidan en subterfugios para acorralarlos sin piedad, sea mediante las fuerzas militares, la policía militarizada o las bandas patronales armadas de los “propietarios” de la Araucanía, con la complicidad de los gobiernos de turno, que adquieren carros blindados y armas de guerra para combatirlos, mientras hablan de “integración de los pueblos originarios” en las cenas a todo trapo de Naciones Unidas.
Yo resistí, yo resisto, amigo lector, los avatares que puedo enfrentar. Uno de ellos es la cotidiana compulsión del trabajo asalariado, en la que llevo reptando hace cincuenta y seis años, de manera ininterrumpida, sin años sabáticos ni largas vacaciones pagadas.

El resultado no ha sido, pese a la receta preconizada por el liberalismo –ideológico y social-, favorable en términos pecuniarios; por el contrario, parece que no combiné los ingredientes de manera adecuada. Donde sí falló mi resistencia (a fuer de confesiones íntimas) fue en las tentaciones de la carne –hedonísticas, como dicen los críticos literarios-, donde quedó en evidencia mi flaqueza y la debilidad de aquellas “convicciones morales” que heredé en los sobrios desayunos, hostia incluida, del credo católico-apostólico-romano.
En contraposición, mi capacidad de resistencia física ha sobrepasado mis propias expectativas, y me vanaglorio de ello, como si de una competición olímpica se tratase. Puede que sea un orgullo algo pedestre, lo asumo, recordando a mi padre, cuando alguien le preguntó: -¿Por qué son tan fuertes los gallegos? Y él respondió, con la retranca viva en sus ojos azules: -Bueno, así somos los que hemos podido resistir…
Pero también me queda la satisfacción de esta pertinacia en el amor por las palabras, eso que se define como literatura, y que para mí es un camino sin pausa y sin retorno posible, una senda como la del peregrino contumaz, cuyo premio mayor sería sucumbir en el camino bajo el último aliento, mirando por última vez las estrellas que le guían por la senda ancestral de la Vía Láctea.
Hoy almorcé, de pasada, en el Bar Ciro, luego de diligencias contables y burocráticas. Un sándwich de pierna de cerdo con palta, tomate y ají verde, acompañado de un botellín de tinto Carmen Margaux. Excelente. Lo disfruté, cambiando unas palabras con Emilio, el viejo mozo de tiempos pasados (viejo y mozo, vaya paradoja), recordando que hace cincuenta años, un 23 de diciembre de 1965, se inició aquí mi larga despedida de soltero, agasajo que aún me parece incumplido… Mientras pagaba la consumición en la caja, advertí a dos asiduos parroquianos que bebían sendas copas de colemono. Sucumbí a la tentación y pedí a Emilio una para mí. Estaba heladito, delicioso. No pude resistir la tentación.
Salí del Ciro con la culpa del retraso y el remordimiento de la dieta quebrada, pero saqué fuerzas de flaqueza y las emprendí hacia la oficina, donde continué esta crónica, antes de asentar las facturas de Compra en el libro respectivo.
Luego, resistí la tentación de seguir escribiendo. La vieja voz de la prudencia, que tenía el acento de mi abuela chilena, Fresia, me aconsejó concluir aquí esta crónica.
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 06-12-2015 18:34
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NO PASAMENTO DE XOSÉ NEIRA VILAS
XOSÉ NEIRA VILAS, BUENO, GENEROSO Y PERDURABLE


Uno de los primeros libros galegos que leímos en la casa petrucial de La Cisterna, Chile, fue Memorias dun neno labrego, cuya primera edición data de 1961, dedicado, amorosamente por su autor a “A todos os nenos e a todas as nenas que falan galego”, revelando aquella intención esencial de su larga y prolífica vida literaria: preservar y extender el uso de la lengua gallega, a partir de los niños que la maman como su primera leche vocal. Me parece hoy escuchar la voz de mi padre gallego, nacido al sur de Lugo, cuando abría las páginas de aquella breve novela, adquirida en Buenos Aires, para instruirnos de su contenido: Este libro trata dun rapaz chamado Balbino. O neno é labrego e ten unha familia moi pobre, pero esto non lle impedirá que lle sucedan moitas aventuras que plasmará nun caderno. É un neno aventurero e vergonzoso, moi pícaro e valente. Pensa moito no mundo e o reflexa nos episodios na súa vida como labrego…
Y venía luego la morosa lectura de las peripecias de Balbino, con las imprescindibles moralejas que íbamos desgranando sobre aquella mesa donde jamás hubo menos de una docena de ávidos comensales, alertas al pan y a la palabra. Era aquella una de las mejores anclas en el mar de la memoria de la tribu, que mi padre afianzaba en las amadas e inigualables palabras de su tierra natal.
A los ochenta y siete años de edad ha partido Neira Vilas, a ese paraíso ventureiro que se asemella a Galicia, como vislumbraba Alfonso Castelao, autor del otro libro señero de nuestra infancia, Os dous de sempre, que podemos muy bien hermanar con Memorias dun neno labrego, dos cuerdas sonoras para la melodía incomparable de la lengua de Rosalía.
Buena parte de su existencia, como sabemos, la vivió Xosé Neira Vilas en Cuba, como tantos gallegos, como Manuel Curros Enríquez y otros ilustres o esforzados hijos de Breogán. Siempre con el espíritu y la mirada puestos en su Galicia, vinculando, de manera persistente y fundacional, aquellos confines, lo que es propio de los gallegos de la diáspora y constituye un prurito vital que heredamos de nuestros antepasados, de esos antergos que un día se embarcaron, con su maleta de cartón y un fardel de sueños que harían fructificar hasta en las comarcas más australes del mundo, como es el caso de nuestro Chiloé, la Nueva Galicia…
Memorias dun neno labrego fue también un libro básico durante los once años que impartimos clases de Lingua e Cultura Galegas, en la Universidad de Santiago de Chile (1999-2009), y a menudo dábamos noticia de nuevos textos y crónicas de Xosé Neira Vilas, uno de nuestros preferidos, sin duda, por su enraizamiento existencial y amoroso con nuestra Iberoamérica.
Tuve el honor y el placer de compartir con Xosé Neira Vilas, en mayo de 2008, con ocasión de presentar en Sada el libro La Feria del Mundo, escolma de crónicas de Ramón Suárez Picallo, articulado por la historiadora chilena, Carmen Norambuena y este humilde cronista, editado por el Consello da Cultura Galega. Allí estuve con tres grandes de la cultura gallega, que firmaron uno de los ejemplares que conservo como un tesoro: Avelino Pousa Antelo, Isaac Díaz Pardo y Xosé Neira Vilas, los tres ahora en el Parnaso da Nosa Lingua, falando de vagar en alguna tasca del paraíso gallego...
Parabéns para Xosé Neira Vilas, bo, xeneroso e perdurábel.

Edmundo Moure
Santiago del Nuevo Extremo
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 27-11-2015 16:18
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