A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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CONEJOS
Recibimos esta encantadora colaboración desde Chile, do noso bo amigo escriba e poeta Edmundo Moure Rojas, na que nos lembra e remite a vellas costumes da nosa terra.
Incluimos ademáis, nun enlace ao pé pola relación co tema, un artigo de Ramón Suárez Picallo escrito en 1949 -cando a sua estadía en Chile- no que falaba dos coellos españois (e que xa publicamos hai tempo)...



CONEJOS


(Para Joaquín Moure Figueroa)


Por Edmundo Moure


Cándido padre hizo construir, en nuestra casaquinta de La Cisterna, una enorme pajarera, levantada sobre un muro circular de ladrillos de noventa centímetros de alto, que protegía un hoyo de un metro y medio de hondura, a la usanza de las construcciones celtas que se ven aún en O Cebreiro, en la Galicia profunda, con sus agudos techos cónicos. Los maderos verticales se alzaban un metro sobre el murete, cubiertos en su circunferencia por tupida malla de alambre, incluidas sus dos puertas enrejadas. En el centro de la construcción se instaló un tronco seco de muchas ramas, para que se posasen en ellas los pájaros prisioneros, aliviando su claustrofobia. En la base de las paredes interiores, a ras de piso, se cavaron agujeros en forma de media circunferencia, con una profundidad aproximada de un metro; esto, con el objeto que los conejos (Oryctolagus cuniculus), pudiesen continuar cavando sus laberínticas madrigueras, sintiéndose a sus anchas en un amplio espacio. (Ese era el propósito algo idílico de mi progenitor).

Los conejos comenzaron a reproducirse según la mitología de los refranes que destacan su fertilidad a toda prueba y en cualquier trance. En los primeros tres meses, todo se desarrolló según lo planificado, hasta que los pequeños orejudos comenzaron a salir a la superficie por orificios muy alejados de su habitáculo, lo que presumía túneles de cincuenta metros o más. Al parecer, su acotada y relativa libertad no concordaba con su espíritu salvaje y buscaron escaparse como cualquier prisionero honorable. Pero la completa libertad tiene graves riesgos, y comenzaron a ser víctimas de los perros guardianes, que les acechaban para aniquilarlos, aunque nunca los devoraban… Este privilegio correspondía a los humanos, a despecho de animalistas y vegetarianos, menos activos que hoy en aquella época de bullangueras cacerías semanales.

Quizá no se hayan enterado –los animalistas o zoólogos compungidos- que el conejo es una de las diez especies más nocivas para la agricultura y la forestación, sobre todo cuando menguan sus depredadores naturales, incluidos, en este caso, los cazadores y sus pares gourmets o simples devoradores de ocasión… Nosotros los comíamos en casa, según probadas recetas gallegas, de las que yo prefería el conejo escabechado. Empezábamos por la matanza, mediante un golpe con el filo de la palma de la mano, en la parte posterior del cuello, a dos centímetros de la base de las orejas. Mi padre era experto, poseedor de unas manos capaces de descalabrar un becerro… Luego venía el proceso de descuere, cuidando de no dañar la piel, que iba a ser curtida... Cándido pretendía comercializar los conejos y también sus pieles; nada de eso llegaría a concretarse, pero nos aficionamos a comerlos, aunque hoy sea difícil conseguirlos, a menos que te pasen gato por liebre… Se les extraía las entrañas, lavándolos con esmero, para luego dejarlos en remojo, con una mezcla de vinagre, sal y orégano; especie de líquido pastoso con el que se suele adobar también los cabritos lechones. Veinticuatro horas más tarde, estaban listos para ser puestos al fuego.

Era preciso no encariñarse con los conejos, no considerarlos como mascotas, pues eso impediría el deleite carnívoro de su masticación e ingesta, acompañadas de un vino tinto nuevo, liviano, pues se trata de una carne blanca y magra, muy sabrosa y nutritiva, aunque si no se lava y remoja bien, emite un dejo a orines salvajes (algo así como los riñones mal preparados)… Mis hermanas no comían conejos, encontraban que era un acto de barbarie deglutirlos. Y claro, cabe imaginar la forma e incluso la cara del conejo mirando la fuente o el plato donde yace para su destino final, lo que no ocurre cuando manducamos un bife de vaca, salvo el caso de algún poeta, pacifista trasnochado, que intuya su cara triste y sus ojos melancólicos, mirándole desde la pradera mientras muge llamando al ternero perdido, y ensaye él un soneto geórgico, pidiendo de paso una impoluta ensalada de lechuga como toda ración del condumio.

Cuando mi padre envejeció, ya perdida para siempre la casa originaria, nos distanciamos de tales hábitos de comensalía, salvo mi hermano Eugenio, reemplazando aquellas delicias por plásticos pollos de supermercado, pescados en rictus de congelamiento, y las papas fritas con sabor a conservantes químicos. Pero como todo es cíclico, ahora nuestros sobrinos y nietos recogen lo granado de los genes remotos, inclinándose por el honroso y feliz oficio de la cocina, como lo hacen Fernando e Iñigo, de manera profesional. Pero hoy destaco a Joaquín Moure Figueroa, hijo de mi sobrino mayor, José Antonio, hedonista refinado y gozador de la naturaleza, en el estilo algo rústico de los gallegos, por rama paterna, y de los colchagüinos huasos, por la materna.

Así, premunido de un sencillo rifle a postones, Joaquín recorre los predios suburbanos del llamado “barrio alto”, donde las casonas y mansiones suelen limitar con montes aledaños, que sirven de telón de fondo a los burgueses adinerados, esos que contemplan desde lejos el paisaje, con un whiskey o un pisco sour en la mano, sin contaminarse con la peligrosa rusticidad circundante.

Hasta esos pagos se allega Joaco, pasada la medianoche, con su arma en ristre, ojo avizor y un foco para encandilar a los conejos que merodean cerca de las casas, algo confundidos y quizá aburguesados con verduras de primera selección y frutas turgentes que los propietarios extraen de las cajas de exportación y luego desechan, casi íntegras, para aprovechamiento de animalitos domésticos y bestezuelas silvestres.

No se trata de un francotirador, sino de un batidor joven que aprovecha las piezas obtenidas para transformarlas en guisos apetecibles, que comparte con amigos y parientes también seleccionados, que en esto de la familia, como en la caza, no todo es digno de llevarse a la mesa… Y si esto se acompaña con buen mosto y mejor conversa, el conejo se vuelve redivivo paradigma cocinado.

Pero no he dicho nada de las aves de aquella pajarera-conejera, quizá porque no las comíamos –salvo las cazadas en los campos de Pilay o en Camarico- y eran apenas un adorno abigarrado y variopinto: zorzales, tórtolas, codornices (sus huevos sí los disfrutábamos); jilgueros, loros y canarios. Este escriba ya contó cómo, en el verano de 1963, el primo de mi padre, Indalecio, combatiente republicano de la Guerra Civil española, que logró exiliarse en México, abrió de par en par las puertas de la jaula e hizo volar a todos los pájaros fuera de ese cubículo que él consideraba cárcel ominosa. Las amenazas e imprecaciones de mi padre no le arredraron. Pero Indalecio no era animalista ni vegetariano. Degollaba un cordero y bebía su sangre, aliñada como exquisito ñachi, a la usanza mapuche, rito culinario que aprendió en el sur indígena de Chile. Pero las aves había que mirarlas hacia arriba, como a las doncellas hermosas.

Ayer estuvo Joaquín en nuestra casa. Llegó a las ocho de la noche, con tres conejos bajo el brazo, que preparó según una de sus mejores recetas. Éramos cuatro en la cocina, un cocinero avezado y tres curiosos conversadores que bebían cerveza para aligerar los jugos gástricos o “limpiar las cañerías”, como dice un amigo académico. Pero todo chef que se precia degusta un buen vino mientras ejerce el sacramento de las especias y los primores que darán el punto pletórico al sacramento de la mesa… Una hora y diez minutos estuvieron los tres conejos hirviendo en dos ollas metálicas; mejor hubiera sido un par de cazuelas de barro de Pomaire, pero será para la próxima oportunidad, porque mi querido sobrino Joaco siempre está donde salta la liebre; en este caso, en el sendero donde surge un suave conejo criado entre quienes no saben apreciarlo. Y donde pone el ojo pone la bala (el postón).

La buena mesa también convoca la morriña… Si apelara hoy al tópico del ubi sunt, diría, levantando la copa llena de entrañable vino chileno: ¿Qué se ficieron aqueles nobles e garridos conejos?



Febrero 25, 2015
Coellos autóctonos españois
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 28-02-2015 00:04
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PANTALONES Y SOMBREROS FEMENINOS (1911)
LA VIDA CONTEMPORÁNEA

A Casa-Museo Emilia Pardo Bazán difundiu este curioso artigo que Emilia Pardo Bazán escribiu en La Ilustración Artística tal día como hoxe un 27 de febreiro de...1911.
O texto explicativo é de Manuel González Prieto e no enlace que se indica pódese ler o artigo completo de Emilia Pardo Bazán.




Al oír la palabra “pantalón” la gente se figura una máscara de ésas que, en el Carnaval madrileño, adoptan la vestimenta masculina, y realizan una caricatura indecorosa. No; el pantalón femenino que crearán los modistos parisienses, será cosa muy diversa. Tendrá todo el aspecto de una falda, y toda la comodidad de un pantalón.
(...)
Resuelve, pues, todos los problemas, y llena todas las exigencias. No es tampoco una de esas novedades absolutas que pueden escandalizar. Hace mucho tiempo que le han precedido los trajes de las ciclistas, sus ligeros bombachos, las léglettes de las excursionistas y alpinistas, los calzones apenas recubiertos por breve faldamenta de las amazonas. Una mujer tan púdica como la reina Victoria de la Gran Bretaña, los admitió para sus deportes y, además, los prescribió para que los usasen las obreras jardineras de los reales jardines de Wíndsor, porque, decía piadosamente la reina, era penoso verlas con las faldas empapadas y pegadas al cuerpo, en el cumplimiento de sus tareas.”

Un día 27 de febreiro do ano 1911, a periodista herculina publica un artigo co título: “Pantalones y sombreros femeninos”

O artigo completo na seguinte ligazón web:
http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0001610809&page=2&search&lang=es

A finais do século XIX comezaron a ser empregados para facer deporte, primeiramente para montar na bicicleta, como mostra a imaxe que axuntamos.
Texto completo de E. Pardo Bazán
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 27-02-2015 01:11
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PLAYAS DE CHILE : EL QUISCO
El Quisco é unha comuna da provincia de San Antonio no litoral central de Chile e constituiuse como tal o 30 de agosto de 1959 baixo o mandato de Carlos Ibañez del Campo. Esta zona coñécese tamén polo litoral das artes e dos poetas, pois alí se refuxiaron algúns deles e ademáis é o lugar cultural ideal para sentir a inspiración creativa. Entre os famosos que estiveron nesta terra de paisaxes prodixiosos están, Pablo Neruda, Vicente Huidobro e Nicanor Parra...
RSP escribe sobre ela no ano 1947 onde tamén estivo uns días.


26 de febrero de 1947

PLAYAS DE CHILE; EL QUISCO


Por Ramón Suárez Picallo

Entre Cartagena y Algarrobo –pasando por El Tabo y Las Cruces– hay una bella playa en la que se combinan el mar verde y la tierra parda. Se llama “El Quisco”, rincón amable acogedor y cordial, que ofrece al ajetreado viajero de nuestros días angustiosos, un remanso de paz y de delectación estética.

“El Quisco” no es una ciudad, ni una villa, ni un balneario, es un pequeño grupo de casas debruzado sobre una playa, en la que el mar orquesta su diaria, eterna y sonora sinfonía a lo largo de un arenal blanco, rodeado de dunas y de rocas, donde el hombre de la urbe puede retornar al viejo reino casi perdido de la naturaleza en toda la plenitud de su gracia.

Acabamos de pasar unos días en “El Quisco”. Encontramos allí; periodistas, poetas, escritores políticos, cadetes de la Escuela Militar, obreros especializados y empleados del comercio con sus familias, haciendo vacaciones veraniegas, despreocupados todos por unos días del diario vivir cargado de inquietudes.

En la playa larga y anchurosa, en el mar sin predios deslindados, en los rayos del sol jocundo, cubriéndoles a todos con su luz, se crea allí una psicología especial, un estilo, un modo de ser y un modo de vivir completamente distintos a los de la ciudad, y que pueden resumirse en la frase famosa: “Vive como quieras”, siempre, naturalmente, que no molestes ni perjudiques a tu prójimo con tu manera de ser y de vivir como se te dé la gana.

El sábado pasado se celebró una bella fiesta, entre los veraneantes de “El Quisco”, en los salones de una modesta residencial. Participaron en ella muchachos y muchachas de todas las clases sociales, bajo la mirada paterna de complacidos papás y mamás vigilantes. Música y danza clásica; el joropo mexicano y la cueca chilena; la canción española y una bella balada inglesa, versos de los dos Machado y de García Lorca, de Lillo, de Victor Domingo Silva, de Patricia Morgan, de Gabriela y de Neruda.

Al día siguiente, la playa era una reunión cordial cambiándose direcciones, pidiendo originales y comentando estilos y modas literarias y musicales entre chapuzón en las aguas azules e inquietas del maravilloso mar de Chile.

Ahora bien, ¿cuántos cientos de lugares desiertos tan herbosos como “El Quisco” tiene en su extensa largura el Litoral Chileno? Y, ¿cuántas son las familias modestas que ofrecen unos días al año a sus hijos, un veraneo de playa? Conocemos de antemano las dos respuestas: la costa chilena es un paraíso de belleza, desde Arica a Magallanes pero el veraneo es muy caro para los bolsillos de las clases populares y medias. La primera respuesta es una verdad indiscutible; en cambio, la segunda es una verdad a medias. Trátase de una cuestión de costumbre rara en Chile, donde sólo veraneaban, hasta hace poco, las familias opulentas.

El obrero, el empleado público, el pequeño comerciante o industrial, preferían pasar sus vacaciones en la ciudad, bebiendo más, comiendo menos y no trabajando nada durante 15 o 20 días, que les resultaban los más caros, aburridos y despilfarrados del año. Cuando más se daban un viajecito a Viña donde dejaban el esfuerzo de tres meses de provecho ninguno.

En Europa en cambio, así como en los Estados Unidos, pocas son las familias que no tengan su hucha de ahorros para el próximo veraneo, a la vera de un río, en una playa o en una estribación de la alta montaña.

En Chile, está cundiendo la buena costumbre. Y de un tiempo a esta parte, el veraneo en la costa y en la cordillera –uno de los mejores aspectos del turismo interior– está tomando gran incremento en beneficio de la salud pública, del perfeccionamiento físico y de la juventud y, también, de la valorización y jerarquización de paisajes y lugares de suprema belleza, parte integrante de las riquezas naturales de la patria.

“El Quisco”, es de ello un vivo ejemplo. Hace cinco años valía allí un metro de tierra seis a ocho pesos. Hoy esa misma tierra vale de setenta a noventa pesos. Había entonces, tres o cuatro chabolas de mala muerte; hay ahora hermosos chalets, hoteles y residencias familiares, algunas de exquisita y suprema elegancia.

He aquí como una buena costumbre, que trae la salud y la alegría al cuerpo y al espíritu -la costumbre de veranear en la playa- se trueca insensiblemente en una fuente de riqueza y de valorización de la tierra, del mar y de la costa, que es una manera de enriquecer al patrimonio físico y geográfico de Chile.

(Artigo publicado no xornal La Hora, de Santiago de Chile, tal día como hoxe ...pero de 1947)
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Pobos, cidades e lugares - Publicado o 26-02-2015 10:29
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DÍA DE ROSALÍA

Propostas da AELG para o Día Rosalía de Castro 2015

Hoxe cúmplese o 178 aniversario. A Asociación de Escritoras e Escritores en Lingua Galega (AELG) promove desde 2010 a conmemoración o 24 de febreiro, aniversario do nacemento da autora, do Día de Rosalía de Castro, data na que esta entidade propón á cidadanía que agasalle un libro en galego e unha flor.
Nos últimos anos foron varias as accións promovidas desde a AELG que contaron con grande aceptación e impulso por parte da sociedade e, moi especialmente, polo sector educativo, tal e como se pode comprobar no arquivo audiovisual e de imaxes da súa web.
Neste 2015 a AELG propón celebralo baixo o lema “Eu son Rosalía” e convidan os centros escolares, institucións, movemento asociativo, persoeiros da cultura galega e a todos os particulares que se quixeren sumar, a realizaren actividades encamiñadas a afondar na diversidade temática da obra rosaliana, de modo que cada persoa descubra con cal das múltiples sensibilidades da autora se sente máis identificada, e así poder comunicalo gravando en vídeo unha frase que comezaría por “Eu son Rosalía porque/cando/para…”
A idea é que os lugares nos que se filme esa breve declaración, de contido libre e persoal, sexan escenarios da vida cotiá, de ser posíbel, especialmente os ámbitos laborais, en conexión con boa parte da poesía rosaliana, vinculada ao traballo e á vida diaria.
En calquera caso, serán moi benvidas todas aquelas propostas orixinais que se lle fagan chegar para difundir desde a web da AELG, que poidan experimentar coa combinación dos formatos audiovisual e musical.
A AELG pon a disposición da cidadanía os seus medios dixitais de comunicación e difusión nas redes sociais para recompilar todas aquelas ligazóns que aloxen os contidos das actividades de celebración desta data, para amplificar así a súa visibilidade. O enderezo electrónico ao que enviar as ligazóns é oficina@aelg.org.
Por outra banda, desde 2011 a AELG vén solicitando aos concellos que declaren o 24 de febreiro como Día de Rosalía de Castro, e así o fixeron nun número de 33, sumándose tamén as Deputación da Coruña e Lugo. A AELG seguirá a facer chegar aos plenos unha moción neste sentido solicitándolles que recollan esta celebración nas súas programacións culturais.
A AELG deu lectura o seu manifesto anual para esta celebración o pasado domingo 22 de febreiro no acto central no Panteón de Galegos Ilustres; e para hoxe 24 de febreiro promoverá, a través da súa base asociativa, outros en diversas cidades e vilas do país, alén de propoñer unha franxa horaria e un cancelo (EU SON ROSALÍA) para compartir nas redes sociais as particulares homenaxes á insigne poeta galega Rosalía de Castro, voz para todo o presente porque “Todas somos Rosalía!”
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 24-02-2015 00:00
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Contos de Pardo Bazán: CONSUELO
CONSUELO


EMILIA PARDO BAZÁN
Cuentos de amor


Teodoro iba a casarse perdidamente enamorado. Su novia y él aprovechaban hasta los segundos para tortolear y apurar esa dulce comunicación que exalta el amor por medio de la esperanza próxima a realizarse. La boda sería en mayo, si no se atravesaba ningún obstáculo en el camino de la felicidad de los novios. Pero al acercarse la concertada fecha se atravesó uno terrible: Teodoro entró en el sorteo de oficiales y la suerte le fue adversa: le reclamaba la patria.

Ya se sabe lo que ocurre en semejantes ocasiones. La novia sufrió síncopes y ataques de nervios; derramó lagrimas que corrían por su mejillas frescas, pálidas como hojas de magnolia, o empapaban el pañolito de encaje; y en los últimos días que Teodoro pudo pasar al lado de su amada, trocáronse juramentos de constancia y se aplazó la dicha para el regreso. Tales fueron los extremos de la novia, que Teodoro marchó con el alma menos triste, regocijado casi por momentos, pues era animoso y no rehuía ni aun de pensamiento, la aceptación del deber.

Escribió siempre que pudo, y no le faltaron cartas amantes y fervorosas en contestación a las suyas algo lacónicas, redactadas después de una jornada de horrible fatiga, robando tiempo al descanso y evitando referir las molestias y las privaciones de la cruel campaña, por no angustiar a la niña ausente. Un amigo a prueba, comisionado para espiar a la novia de Teodoro -no hay hombre que no caiga en estas puerilidades si está muy lejos y ama de veras-, mandaba noticias de que la muchacha vivía en retraimiento, como una viuda. Al saberlo, Teodoro sentía un gozo que le hacía olvidarse de la ardiente sed, del sol que abrasa, de la fiebre que flota en el aire y de las espinas que desgarran la epidermis.

Cierto día, de espeso matorral salieron algunos disparos al paso de la columna que Teodoro mandaba. Teodoro cerró los ojos y osciló sobre el caballo; le recogieron y trataron de curarle, mientras huía cobardemente el invisible enemigo. Trasladado el herido al hospital, se vio que tenía destrozado el hueso de la pierna -fractura complicada, gravísima-. El médico dio su fallo: para salvar la vida había que practicar urgentemente la amputación por más arriba de la rótula, advirtiendo que consideraba peligroso dar cloroformo al paciente. Teodoro resistió la operación con los ojos abiertos, y vio cómo el bisturí incidía su piel y resecaba sus músculos, cómo la sierra mordía en el hueso hasta llegar al tuétano y cómo su pierna derecha, ensangrentada, muerta ya, era llevada a que la enterrasen... Y no exhaló un grito ni un gemido: tan sólo, en el paroxismo del dolor, tronzó con los dientes el cigarro que chupaba.

Según el cirujano, la operación había salido divinamente. No hubo supuración ni calentura; cicatrizó el muñón bien y pronto, y Teodoro no tardó en ensayar su pierna de palo, una pata vulgar, mientras no podía encargar a Alemania otra hecha con arreglo a los últimos adelantos...

Al escribir a su novia desde el hospital, sólo había hablado de herida, y herida leve. No quería afligirla ni espantarla. Así y todo, lo de la herida alarmó a la muchacha tanto, que sus cartas eran gritos de terror y efusiones de cariño. ¿Por qué no estaba ella allí para asistirle, y acompañarle, y endulzar sus torturas? ¿Cómo iba a resistir hasta la carta siguiente, donde él participase su mejoría?

Aquellas páginas tiernas y sencillas, que debían consolar a Teodoro, le causaron, por el contrario, una inquietud profunda. Pensaba a cada instante que iba a regresar, a ver a su adorada, y que ella le vería también..., pero ¡cómo! ¡Qué diferencia! Ya no era el gallardo oficial de esbelta figura y andar resuelto y brioso. Era un inválido, un pobrecito inválido, un infeliz inútil. Adiós las marchas, adiós los fogosos caballos, adiós el vals que embriaga, adiós la esgrima que fortalece; tendría que vivir sentado, que pudrirse en la inacción y que recibir una limosna de amor o de lástima, otorgada por caridad a su desventura. Y Teodoro, al dar sus primeros pasos apoyado en la muleta, presentía la impresión de su novia, cuando él llegase así, cojo y mutilado -él, el apuesto novio que antes envidiaban las amigas-. Ver la luz de la compasión en unos ojos adorados.... ¡qué triste sería, qué triste! Mirose al espejo y comprobó en su rostro las huellas del sufrimiento, y pensó en el ruido seco de la pata de palo sobre las escaleras de la casa de su futura... Con el revés de la mano se arrancó una lágrima de rabia que surgía al canto del lagrimal; pidió papel y pluma y escribió una breve carta de rompimiento y despedida eterna.

Dos años pasaron. Teodoro había vuelto a la Península, aunque no a la ciudad donde amó y esperó. Por necesidad tuvo que ir a ella pocos días, y aunque evitaba salir a la calle, una tarde encontró de improviso a la que fue su novia, y, sofocado, tembloroso, se detuvo y la dejó pasar. Iba ella del brazo de un hombre: su marido. El amputado, repuesto, firme ya sobre su pata hábilmente fabricada en Berlín, maravilla de ortopedia, que disimulaba la cojera y terminaba en brillante bota, notó que el esposo de su amada era ridículamente conformado, muy patituerto, de rodillas huesudas e innoble pie... y una sonrisa de melancólica burla jugó en su semblante grave y varonil.


(Publicado no xornal EL IMPARCIAL, tal día como hoxe 23 de febreiro pero de... 1903)

Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 22-02-2015 23:41
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DIA DA LINGUA MATERNA
Cada 21 de febreiro celébrase en todo o mundo o Día da lingua materna, proclamado pola UNESCO en 1999, coincidindo coa data en que en 1952 a policía e mais o exército paquistaní abriron fogo contra unha multitude de falantes bengalís que se manifestaba polos seus dereitos lingüísticos, vinte anos antes da independencia de Bangladesh, na súa capital Dhaka. Defendían a súa lingua materna, a primeira, a que aprendemos desde ben pequeniños.

No noso país, en 2015, sesenta e tres anos despois, a lingua galega é a máis falada, pero segundo os últimos datos sobre o uso do noso idioma estamos asistindo á súa substitución como lingua materna maioritaria, rompéndose a cadea de transmisión interxeracional, e provocando deste xeito a maior ameaza da historia para a súa supervivencia.

Tecnicamente pódese expresar dicindo que, a cada ano que pasa, temos menos paleofalantes, que son as persoas que falan unha lingua desde que naceron. Pola contra, a quen se instalan nun idioma na idade adulta, chámaselles neofalantes.

Neo- e paleo- son dous prefixos de orixe grega de sobra coñecidos, porque entran na formación de multitude de palabras, sobre todo a partir do XIX. Ambos os dous eran na lingua de orixe palabras plenas, os adxectivos neós e palaiós, mais co tempo desenvolveron unha forma abreviada que logo se fixou como constituínte de palabras derivadas: o neo- é o ‘anovado’ ou ‘novo’, como en neotrobadoresco ou neófito, mentres que o paleo- é o ‘antigo’ ou ‘histórico’, tal que en paleontólogo ou paleobotánica. Cando se xuntan con falante -derivado do latín fabulare, que signficaba ‘falar’, ‘entreterse co diálogo e a conversa’- serven para etiquetar dous tipos de galegofalantes definidos pola súa lingua de partida (lingua inicial ou lingua primeira), e tamén pola súa relación co idioma que utilizan, sempre ou maioritariamente: como quedou dito, os paleos son competentes na lingua do país por adquisición desde os primeiros meses de vida, os neos acadan a competencia por aprendizaxe, xa medrados, e esta distinción ten tamén consecuencias no tipo de lingua que empregan uns e outros. Así, os especialistas din que os paleos gañan en fonética e sintaxe, mentres que os neos sobresaen por coidaren a morfoloxía e o léxico.

O novo galego será neofalante, ou non será, chegou a dicir o escritor Séchu Sende. Aínda está nas nosas mans quitarlle a razón.
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 22-02-2015 01:38
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ULTREIA, publicación do Centro de Amigos de Galicia en Viña del Mar
Polo noso colaborador e amigo en Chile, Edmundo Moure, temos noticias da publicación da revista Ultreia, editada polo Centro Cultural Amigos de Galicia, de Viña del Mar, en Santiago de Chile.
Parabéns pola inciativa e que sexa un estímulo e medio para espallar na América Hispana as nosas tradicions e a nosa cultura...


ULTREIA: GALICIA EN EL ÚLTIMO REINO


Tengo en mis manos el primer número de la revista Ultreia, editada en febrero 2015, por el Centro Cultural Amigos de Galicia, de Viña del Mar, Chile. Quien observe su vistosa portada en color, donde aparecen sus fundadores y principales integrantes del centro, en fotografía que cubre portada y contraportada, pensarán que es una publicación más de tantas que surgen de las numerosas asociaciones de gallegos espalladas por el mundo, sobre todo en nuestra América Hispana.
La página editorial está escrita por María Verónica Aros Meneses, la gentil presidenta del Centro, entusiasta impulsora de sus múltiples acciones y fundadora del mismo, junto a su marido, Enrique Fernández Cabezas, en el año 2011. En ella, su presidenta nos dice: ¨Si un día nos reunimos para cultivar lo mejor de las tradiciones gallegas en Chile, hoy queremos convocarlos a ser parte de Ultreia, una publicación en la que vamos a volcar nuestras actividades y las motivaciones que nos han hecho crecer como colectivo¨.
Luego viene una interesante crónica de Javier Asencio Piñeiro, socio radicado en Temuco, nieto de gallegos: ¨Laitec, una colonia gallega. Desde las Rías Baixas al Golfo de Corcovado¨, que nos transporta a una de las más bellas y remotas islas de Chiloé, la Nueva Galicia conquistada, en 1567, por Martín Ruiz de Gamboa, donde hoy surgen huellas anímicas y culturales, de las que dan testimonio quienes llevan, después de más de cuatro siglos, apellidos gallegos de los primeros encomenderos: Andrade, Bahamonde, Varela, Alvarado, Veiga…
En la página siguiente, sección ¨Relatos Breves¨, Mariana Fernández, monitora del Taller de Lengua Gallega, nos ofrece un poema de María Luisa Pazó, alumna del taller y nieta de gallegos, titulado Ó meu avó (A mi abuelo), en versión gallega y castellana. Mariana nos informa: “Actualmente, el taller funciona en la Ilustre Municipalidad de Viña del Mar, a cargo de la monitora, con el apoyo de gallegos avecindados en la ciudad”… Enseguida, encontramos una breve reseña sobre este escriba ligado también entrañablemente a la lengua y la cultura gallegas, donde aparece sosteniendo un hermoso libro de Anxos Sumai.
Me atrevo a decir que el texto principal y significativo de la revista, es “Trabajo espiritual y pastoral, los pilares de la vocación de Francisco Sampedro”, dedicado a la notable figura de este sacerdote nacido en Villar de Barrio, Ourense, Galicia, en 1941. Falleció en Valparaíso, año 2004. Su trayectoria académica y pastoral es impresionante, en particular su actividad docente en la Universidad Católica de Valparaíso y su contacto afectuoso con las colectividades hispanas.


Pues bien, el ¨Padre Pancho¨, como se le denominaba afectuosamente, por sus pares, amigos y alumnos, esparció también esa semilla del amor por la patria de Rosalía y su lengua rumorosa, entre quienes le conocieron y frecuentaron. Entre ellos, María Verónica, Enrique y los suyos, que pese a no tener ascendencia gallega en su genealogía, han sido capaces de crear un auténtico rincón de Galicia en su acogedora morada de Jardín del Mar (Viña del Mar), costa central de Chile, articulando un Centro a punta de esfuerzo personal y amorosa dedicación. Para tal efecto, tuvieron que vencer muchos obstáculos, comenzando por la reticencia de gentes de Estadio Español y grupos “oficiales¨de gallegos de la Quinta Región de Chile, porque “carecían de ascendencia gallega comprobada”, como si la condición y vocación de la galleguidad ameritase de pergaminos genealógicos. Pero nada les arredró y siguieron en su empeño, hasta constituir una asociación dinámica y viva, capaz de motivar a quienes descubren la riqueza de una cultura milenaria, preterida injustamente, durante siglos, por la ceguera política y la ignorancia. Un mérito que no me canso de ponderar.
Debo decir que este cronista, en su calidad de director y profesor, durante once años, del Programa de Estudios Gallegos de la Universidad de Santiago de Chile, pudo comprobar cómo muchos jóvenes chilenos, sin esa “ascendencia probada”, aprendieron a estimar la cultura y la lengua de nuestros devanceiros, reafirmando ese virtual cariño en la experiencia de los cursos de verano en Santiago de Compostela, becados por el ILGA y promovidos por nuestro Programa. Y mientras sólo dos o tres descendientes directos de la emigración gallega asistieron en aquel período a nuestros cursos abiertos y gratuitos, los mozos nativos de este Último Reino descubrieron la Galicia d’alén mar y sus huellas fundacionales en la patria de Gabriela Mistral.
Curioso y lamentable fenómeno de desapego a sus raíces ancestrales de muchos descendientes de esa esforzada emigración que nunca olvidara “miña casiña, meu lar”, dicho en versos de Rosalía. En pro de un “españolismo” zafio, alentado aún por un franquismo trasnochado, dieron la espalda a una cultura maravillosa que sigue abriéndose, como abanico interminable, a quienes son capaces de descubrir sus vieiros.
Cabría decir, en popular modismo chileno: “Ellos no más se lo pierden”… Y vaya si es pérdida significativa no empaparse de aquellas raíces hechas de lluvia y esperanza, según cantó el poeta Álvaro Cunqueiro. Como recita esta joven poeta, María Luisa Pazó, bajo los árboles de la casaquinta de los Fernández Aros, donde hemos compartido un xantar memorable, este 14 de febrero:
Como quixera compartir eses soños xunto a ti.
Hoxe é tarde, ti non estás,
pero eu son froito dos teus soños,
que forxaches xunto ó mar.

El son de la gaita, acompañada de panderetas enciende la morriña de la tarde, pero los aromas de la cocina gallega nos transportan a la alegría fraternal del condumio.
María Verónica y Enrique han abierto para nosotros su cálida lareira y las páginas de Ultreia, Galicia viva y perdurable en el Último Reino.

Edmundo Moure
Febrero 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 20-02-2015 00:41
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LO EFÍMERO

(Retrato del doctor Paul Gachet)



LO EFÍMERO

"Vivo, pues, como un ignorante que sabe con certeza una sola cosa: en pocos años debo concluir una tarea determinada..."

V. Van Gogh




Quizá más temprano que tarde nos golpea la conciencia de lo efímero, manifestación de la caducidad como estado permanente de la naturaleza -y de nosotros, que somos parte de ella, aun a riesgo del curioso prurito de inmortalidad-, deterioro visible a través de la sucesión de cambios temporales acotados entre los enigmáticos límites de la vida y la muerte, con las marcas, ilusorias o reales, de la cronología que trazan las esferas del reloj.
El arte, en su velado o evidente afán de trascendencia, se nutre de lo efímero para conjugar el anhelo de eternidad, como una voz angustiada que buscara vencer toda desesperanza. Van Gogh pinta, escribe y expresa, tal vez como ningún otro artista, ese grito que atraviesa los siglos y que no recibe otra respuesta más allá de su propio eco desolado.
El crítico de arte francés, Aurier, escribió: "Van Gogh pintaba hasta quedarse sin letra, hasta entender cada aureola viva de color, definitivo, por encima de la fugacidad del paisaje cambiante de la luz. Pintaba contra el tiempo, porque no hay frase mejor que un golpe feroz de amarillos o naranjas o azabaches o bermellones para nombrar esa tarde que quizá sea la última..."
Palabra y color, escritura y pincelada, porque Vincent poseía ambos talentos, aunque el literario sólo conociera la expresión de sus seiscientas cincuenta y una cartas, conocidas por la antología "Cartas a Théo". Precisión del lenguaje, síntesis poética de los conceptos, imágenes donde condensa y revela toda la intensidad cromática de su pintura, desde esa modestia volcada en el devenir cotidiano, aunque nunca en la lucidez de su voluntad creadora, donde está seguro de sus limitaciones y, al mismo tiempo, de la grandeza de su búsqueda incesante, al punto de denostar a los críticos que aventuraron algún elogio que él consideró prematuro, pues, según afirma en carta a su hermano, remitida desde Arlés en 1888:
"Porque no busco representar con exactitud lo que tengo delante de los ojos, sino que me sirvo del color en forma arbitraria para expresarme con mayor fuerza".
Treinta y siete breves años de vida (1853-1890), poco más de seiscientos cuadros y menos de un centenar de dibujos. Lo efímero se vuelve aquí extraordinaria potencia creadora, intensidad superlativa que sus contemporáneos no entendieron, siendo rebasados por el genio de Van Gogh. Dos o tres telas suyas -no se sabe con certeza cuántas- fueron vendidas antes de su muerte. Fue, literalmente, "trocar oro por calderilla", unas monedas que sirvieron para mitigar su hambre física de anacoreta y para adquirir nuevos materiales con que satisfacer, en mínima proporción, su ansia enfebrecida por expresar las imágenes que parecían ahogarle, rompiendo modos y modas de su época, subvertiendo los moldes estrechos de todos los tiempos, logrando esa intemporalidad trascendente del genio, que pocos elegidos alcanzan.
Esta crónica, amable lector, ha sido motivada por la lectura de "La viuda de los Van Gogh", extraordinaria novela del escritor argentino Camilo Sánchez, en la que aporta nuevas luces sobre la obra de Vincent y la estrecha relación de éste con su hermano menor y mecenas, Théo, entretejida con la presencia vivificadora de Johanna Bonger, esposa de Théo y viuda de ambos, como deduce y propone el novelista, en sentido espiritual y afectivo, a través de ese don de raigambre femenina que entendemos por hospitalidad, y que la memoria literaria asocia al verso de Antonio Machado: “Amé cuanto ellas tienen de hospitalario”.
Seis meses después del suicidio de Vincent Van Gogh, su hermano Théo sucumbe bajo el dolor irrestañable de aquella pérdida. Más allá de la pena fraternal, la relación de ambos se hallaba entrelazada como suele ocurrir entre gemelos, aunque ellos no lo fueran… Un sentimiento de culpa agobiaba a Théo, quizá por no haber ayudado al pintor más de lo que le entregara a través de constantes remesas en dinero, o como su representante en los círculos del arte, procurando exposiciones y aun ventas de esos cuadros que pudieron enriquecer a varias generaciones. Y, sobre todo, le corroía el desasosiego por no haber podido salvarle la vida luego del trágico pistoletazo que sumió a Vincent en larga agonía. Es lo que nos revela Camilo Sánchez, con honda lucidez, a través del vívido personaje de Johanna Bonger, esposa de Théo y depositaria del legado pictórico de Vincent; también de esa breve herencia literaria que son las cartas del pintor.

Con breves retazos de aquellas descarnadas misivas a Théo y parte del Diario personal escrito por Johanna, Camilo Sánchez estructura su poética narración, que discurre con la maestría de una sucesión de imágenes, engarzadas con suma habilidad, otorgando al relato los necesarios ingredientes de tensión y dramatismo, aun cuando conozcamos el desenlace trágico.
No sé, no me he dado el trabajo de averiguarlo, si de veras existió ese diario de la viuda de Théo. El autor no lo dice, entre citas históricas, glosas y datos biográficos de los Van Gogh, pero quizá no sea necesaria aquella verificación, pues la bien lograda novela no precisa de referencias bibliográficas ni indicaciones al uso periodístico; al decir del lacónico prologuista, Luis Harss: “La realidad histórica se amplía con la verdad poética de cada observación”.
Nos enteramos que el “Retrato de Paul Ferdinand Gachet” fue adquirido en 1990 por un excéntrico millonario japonés, a cambio de 82,5 millones de dólares (algo así como cincuenta mil millones de pesos chilenos). Desde entonces –apunta la cita a pie de página 61-, prestigiosos museos, como el Metropolitano de Nueva York, han procurado dar con su paradero, pero su destino sigue siendo uno de los mayores misterios del mundo del arte.
Para aumentar el suspenso, se sabe que su último dueño, Ryoei Saito, dejó dispuesto en su voluntad testamentaria que la pintura fuese incinerada junto con su cadáver…
¿Fetichismo sicótico a ultranza o acto postrero por abrazar en el fuego la inasible eternidad de lo efímero?


Edmundo Moure
febrero 2015
Comentarios (0) - Categoría: Colaboración de Edmundo Moure Rojas - Publicado o 18-02-2015 00:06
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CONTOS DE ENTROIDO (2)
LA MÁSCARA


Por Emilia Pardo Bazán

(Conto publicado no xornal "El Liberal", o 28 de febreiro 1897)



-Mi «conversión» -dijo Jenaro al dejarse caer en el banco de piedra dorado por el liquen y sombreado por el corpulento nogal, cuyas hojas volaban desprendidas a impulsos del viento de otoño- mi conversión se originó de... una especie de visión que tuve en un baile. Apostemos a que usted con su amable escepticismo, va a salir diciendo que, en efecto, tengo trazas de hombre que ve visiones...
-Acierta usted -respondí sonriendo y fijándome involuntariamente en el rostro del solitario, cuyos ojos cercados de oscuro livor y cuyas demacradas mejillas delataban, no la paz de un espíritu que ha sabido encontrar su centro, sino la preocupación de una mente visitada por ideas perturbadoras y fatales-. Respetando todo lo que respetarse debe, propendo a creer que ciertas cosas son obra de nuestra imaginación, proyecciones de nuestro espíritu, fenómenos sin correlación con nada externo, y que un régimen fortificante, una higiene sabia y severa, de ésas que desarrollan el sistema muscular y aplacan el nervioso, le quitarían a usted hasta la sombra de sus concepciones visionarias.
-¿Niega usted los presentimientos, las revelaciones a distancia? ¿No ha leído usted casos de espíritus que acuden al llamamiento de los vivos?
-¡He leído tanta historia! -contesté procurando emplear tono conciliador-. No negaré en crudo todo eso, ni lo trataré de superchería y farsa; negar es tan comprometido como afirmar, y lo mejor es suspender el juicio. Sin embargo, la fe católica me prohíbe ser supersticiosa; la razón me manda desconfiar de apariencias; y ya que un Santo Tomás quiso ver para creer... bien podemos tener la misma exigencia los que no somos santos. Cuando vea algo maravilloso...
-No lo verá usted nunca -murmuró con tenacidad de iluso el pobrecillo de Jenaro-. El que está prevenido de antemano contra las revelaciones del «más allá», que renuncie a ellas. Ese sentido positivo no es sólo una coraza y un blindaje, es un velo tupido que ciega los ojos del sentimiento y del alma. No, usted jamás verá cosa alguna.
«Gracias a Dios», pensé para mi sayo; pero el convencimiento de que no lograría persuadir a aquel enfermo de la mente, me obligó a reservar mis impresiones. Y dije a Jenaro en alta voz, condescendiendo:
-Al menos, hágame usted «ver» ahora, con su narración... Cuénteme usted ese cuento bonito de cómo llegó a convertirse, a desengañarse y a meterse en estos andurriales, dedicado por completo a huir del mundo y a socorrer a los infelices. Crea usted que, mediante eso que llaman «autosugestión», seré capaz de «ver» momentáneamente lo mismo que usted haya visto, y de saborear la poesía terrorífica de su relato.
-Pues oiga usted -respondió satisfecho de desahogar, de hablar de una impresión terrible, con la cual sin duda luchaba algunas veces a solas, como Jacob con el ángel-. El hecho ocurrió precisamente cuando estaba yo más ajeno a pensar en nada serio y vivía envuelto en distracciones y amoríos. Había terminado mis estudios; había viajado un par de años a fin de completar mi instrucción, familiarizándome con algunas lenguas vivas; acababa de hacerme cargo de mi hacienda, perfectamente administrada durante mi menor edad, caso raro, por mi tío y tutor; y sin cuidados ni penas, halagado del mundo que me abría los brazos, sólo pensé en lo que se llama «pasarlo bien», seducido por ese Madrid donde reina el espíritu de disipación y donde se diría que la vida no tiene más objeto que deslizarse arrastrada por la corriente del goce. La mía volaba así, sin otro anhelo que estrujar el momento presente para que suelte todo su jugo de emociones gratas.
No necesito detallarlas ni trazar el cuadro de mi existencia, igual a la de tantos desocupados ricos e inútiles. Sólo diré, porque interesa a mi cuento, que todo aquél que busca el goce por sistema, muchas veces halla el aburrimiento más insufrible. Uno de los sitios que ostentan el rótulo de diversión y, por lo general, engendran el hastío, son los bailes de máscaras. El atractivo del antifaz y del disfraz, el triunfante señuelo del misterio nos hace fantasear mil sorpresas deliciosas; pero ya la sátira y la comedia se han apoderado de este tema del baile de máscaras para ridiculizar semejantes ilusiones y demostrar que, de cien veces, noventa y nueve y media nos espera un chasco ridículo. No obstante, esa probabilidad aislada y remota basta para excitar la imaginación y llevarnos allí, de donde salimos renegando.
La noche del lunes de Carnaval caí, pues, en uno de esos bailes que suelen dar las sociedades artísticas, y en cuya atmósfera parece que circula un poco de aire bohemio, jovial y animador.
Yo había comido con amigos de mi edad, mozos alegres, y para prepararnos a la trasnochada y al probable fastidio apuramos algunas botellas de vino espumante y tomamos café fuerte; así es que me encontraba en un estado de excitación humorística, dispuesto a cualquier diablura y con ánimos para conquistar el mundo. Entré en el salón central precisamente cuando se iban a rifar las panderetas, y la gente, dejando desiertos los otros salones, se arremolinaba en torno de la rifa. Como no tenía el menor empeño en que me tocase cualquier botecillo, no intenté romper el muro de la carne humana, y me dirigí a otro saloncito retirado, muy adornado de espejos y flores, y casi desierto en aquel instante. Iba distraído, examinando maquinalmente la decoración, cuando una serpentina amarilla se enroscó a mi cuerpo y escuché agria carcajada. Me volví y vi que las roscas del ligero papel las disparaba la mano de una Locura vestida de negro, con pasamanos color de oro. «Ya pareció el argumento de esta noche», pensé, acercándome a la que así me provocaba, y notando con agradable extrañeza que aquella máscara no podría ser una cocinera disfrazada, sino, sin duda alguna, una persona de mi clase, de mi esfera, de mi misma categoría social. Saltaba a la vista en el menor detalle de su esbeltísima figura y en el conjunto de su disfraz, no alquilado ni prestado, sino hecho a medida y cortado a la perfección.
Mis gustos artísticos me graduaban de inteligente en indumentaria femenina, y yo veía que aquella falda de negro raso riquísimo, orlada de frescas gasas amarillas, delataba la tijera de modista experta y hábil; y aquellas medias negras bordadas, que cubrían un tobillo de tan aristocrática delgadez y un empeine tan curvo, eran de la seda más elástica y fina; y aquellos larguísimos guantes, también de seda y bordados igualmente de oro, acababan de estrenarse; y el sonoro cascabel, que de la orilla del picudo gorro colgaba sobre la frente, era de oro cincelado, enriquecido con verdaderos diamantes. Al mismo tiempo, yo, que conocía a todas las mujeres algo visibles de todos los círculos de Madrid, no acertaba con ninguna que tuviese aquella figura acentuada, aquella estatura alta, aquella exagerada gracilidad de formas, aquellas líneas inverosímiles, tan prolongadas y enjutas. Al acercarme a la máscara y estrecharla con bromas y requiebros, en vano intenté columbrar, bajo el negrísimo antifaz, algo del rostro; con tal exactitud se adaptaban a él la engomada seda y las densas blondas del barbuquejo.
«Será -pensé- alguna aventurera extranjera que ha venido a correr un bromazo aquí». Pero mudé de opinión cuando la Locura respondió a mis galanteos en excelente castellano, con voz irónica y mofadora, con acento sordo, sin eco, de inflexiones burlonas, casi insultantes.
Poco después bailábamos. No acostumbraba yo entregarme a tal ejercicio; mas me sentía tan empeñado por la elegante máscara, que le propuse valsar sólo por acercarme a ella, por sentir el contacto de su cuerpo, que sospeché flexible como el de una serpiente. Y al estrecharlo, me pareció duro, rígido, de una materia resistente y seca, a pesar de lo cual me producía embriaguez rara, ni más ni menos que si aquella mujer, encontrada en un baile por casualidad, completamente desconocida para mí, fuese algo mío, algo que me pertenecía y de que no podía separarme.
Mientras valsábamos, ella callaba, y cuando la convidé a beber una copa de champaña helado, colgóse de mi brazo, y bajo el antifaz me figuré que sonreía.
Loco de entusiasmo, realmente impresionado por mi conquista, pedí un reservadísimo gabinete, y encargué que nos trajesen lo mejor, lo más selecto. Aquella aventura vulgar en el fondo, pero realzada por la distinción y el porte de una mujer a todas luces aristocrática, desdeñosa, mordaz, ingeniosa en sus respuestas, me parecía verdadero hallazgo de noche de Carnaval, de esos regalos que hace a la juventud la Fortuna. Tal era entonces mi ceguedad moral, que la ocasión de cometer un pecado se me antojaba un mimo de la suerte.
Mis ojos no se apartaban de la máscara, y a la luz de las bujías que iluminaban la mesa la encontraba más original, más atractiva, más fascinadora que antes. Sus pies estrechos calzados de raso amarillo, se cruzaban con gracioso abandono; sus brazos apoyados en el respaldo de la silla, libres ya de guantes, eran de una palidez marmórea y de una delicadeza escultural. Su garganta desnuda, su escote pulido, sin gota de sudor, tenían el tono suave del marfil. Su pelo, de un rubio fuerte, casi rojo, flameaba en torno del antifaz. Anhelando ver la cara que permanecía tan oculta, me arrodillé para implorar de la Locura que se descubriese, jurando que la quería, que la adoraba hacía mucho tiempo, y aunque ella no lo supiese, la seguía, la buscaba, iba en pos de su huella por todas partes, ebrio de amor, trastornado, loco... Y, ¡oh sorpresa!, sin dulcificar su irónica voz, me respondió:
-Ya lo sé, ya lo sé que me quieres y me buscas sin cesar... Ya sé que tras de mí corres a todas horas; ya sé que soy el fanal que te guía. Hace años que también espero el momento de reunirme contigo para siempre, hasta la eternidad... Bebamos ahora, que luego te enseñaré mi rostro.
Obedecí y escancié el vino, cuya frialdad salpicaba de aljófar por fuera la copa de transparente muselina, y besé la mano de la máscara, tan helado como el champaña. La glacial sensación me exaltó más: con movimiento súbito arranqué el antifaz, rompiendo sus cintas..., y retrocedí de horror, porque tenía delante...
-¿Una calavera? -pregunté interrumpiendo, pues creía conocer el desenlace clásico.
-¡No! -exclamó Jenaro con hondo escalofrío provocado por el recuerdo-. ¡No! ¡Otra cosa peor..., otra cosa!... ¡Una cara difunta, color de cera, con los ojos cerrados, la nariz sumida, la boca lívida, las sienes y las mejillas envueltas en esa sombra gris, terrosa que invade la faz del cadáver! Un cadáver. Y para colmo de espanto, el pelo rojizo, movible y encrespado, que rodeaba la cara y parecía la fulgurante melena de un arcángel, se inflamó de pronto como una aureola de llamas sulfúreas, de fuego del infierno, que iluminase siniestramente la muerta cara. ¡Un difunto, y «difunto condenado»! Eso era la elegante, la esbelta, la burlona Locura, vestida como los ataúdes, de negro con cabos de oro.
Jenaro calló un momento, y después añadió tembloroso:
-Apagadas las bujías por no sé qué invisible mano, sólo el nimbo de terribles llamas alumbraba el gabinete, y yo, que estaba medio desmayado sobre un sillón oí el acento mofador que me decía:
-No soy la muerte; soy «tu muerte», tu propia muerte, y por eso te confesé que me buscabas con afán... ¡Por ahora no podemos reunirnos... pero hasta luego, Jenaro!
-No me avergüenzo de reconocerlo -prosiguió Jenaro humildemente- al fin perdí el sentido... como una niña, como una dama... Al volver del desvanecimiento, me encontré solo en el gabinete. Las bujías ardían, y en las dos copas aljofaradas por fuera lucía el áureo vino... Huí del gabinete y del baile; caí enfermo, sane, me retiré del mundo... Y aquí tiene usted la historia de mi conversión. ¿Qué opina usted de ella?
-Opino -respondí con involuntaria sinceridad- que esa noche estaba usted ya malucho y un poco caliente de cascos...; que la Locura vestida de raso negro era una cocotte pálida y con el pelo teñido, pagada tal vez por algún compañero de francachela para embromar a usted... y que, por lo demás... convertirse es bueno siempre, y la caridad una excelente ocupación.
Jenaro me miró con lástima profunda se levantó y echó a andar hacia su casa.
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 16-02-2015 00:58
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CONTOS DE ENTROIDO (1)
LA CARETA ROSA


Por Emilia Pardo Bazán

(Publicado en El Imparcial, 11 de febrero de 1918)



Era aquel un matrimonio dichosísimo. Las circunstancias habían reunido en él elementos de ventura y de esta satisfacción que da la posición bien sentada y el porvenir asegurado. Se agradaban lo suficiente para que sus horas conyugales fuesen de amor sabroso y sazón de azúcar, como fruto otoñal. Se entendían en todo lo que han menester entenderse los esposos, y sobre cosas y personas solían estar conformes, quitándose a veces la palabra para expresar un mismo juicio. Ella llevaba su casa con acierto y gusto, y el amor propio de él no tenía nunca que resentirse de un roce mortificante: todo alrededor suyo era grato, halagador y honroso. Y la gente les envidiaba, con envidia sana, que es la que reconoce los méritos, y, al hacerlo, reconoce también el derecho a la felicidad.
Años hacía que disfrutaban de ella, y la había completado una niña, rubio angelote al principio, hoy espigada colegiada, viva y cariñosa, nuevo encanto del hogar cuando venía a alborotarlo con sus monerías y caprichos. Con la enseñanza del colegio y todo, Jacinta, la pequeña, no estaba muy bien educada, y tal vez hubiese sido menos simpática si lo estuviese. Corría toda la casa de punta a cabo, se metía en la cocina, torneaba zanahorias, cogía el plumero y limpiaba muebles, y en el jardinillo del hotel hacía herejías con los arbustos, a pretexto de podarlos, según lo practicaban las monjas. Su delicia era revolver en los armarios de su madre. Lo malo era que algunos estaban cerrados siempre.
Un domingo, sin embargo, como su madre hubiese salido a misa, vio Jacinta puestas las llaves del tocador, en el que guardaba, sin duda, preciosidades, pues ni aún entreabrirlo había consentido jamás la señora en presencia de la colegiala; y ésta, cual gatito que puede deslizarse en alacena bien repleta de fiambres y quesos, diose prisa a huronear. Había ropa blanca sutil, semejante a gasa la batista y a espuma los encajes; había bolsas de abalorio, cajitas con collares y brincos, abanicos de nácar, guantes, haces de vetiver, pañolería delicada... Y deslizando la mano bajo un montón de medias de seda, sin estrenar, largas y elásticas como víboras, que parecían retorcerse, sacó la niña un objeto que se quedó mirando, fascinada. Una careta de seda rosa, aplastada ya la picuda nariz por la permanencia bajo otras prendas y cachivaches.
En los niños ejercen misteriosa atracción los atributos carnavalescos, antifaces, disfraces, cuanto huele a máscaras. Jacinta nunca conseguía que las monjas la dejasen ver el carnaval. Aquellos días se hacían desagravios en la capilla y las colegialas no tenían asueto. La niña miraba a la careta, preguntándose interiormente qué expresaba su burlona faz.
Tan ensimismada estaba contemplando el objeto que no vio venir a su padre hasta que él repitió su nombre:
-¡Cinta, Cinta!
Volvióse con sobresalto, dejando caer la careta.
-¿Qué es eso? ¿Quién te lo ha dado?
Balbuciente, la chiquilla murmuró, excusándose:
-Estaba ahí... ahí...
Y señalaba al armario de su madre. El padre, por un momento no se dio cuenta exacta del caso. Hay un intervalo entre el hecho sin relación con otros anteriores y el cálculo de su significación. Una careta... Estaba ahí... Cubrió por fin sus ojos una nube de las que no tienen existencia real, que vienen de dentro y parecen formadas de tinieblas psicológicas. Tendió el brazo, recogió la prenda, dio dos vueltas a la llave del armario y se la guardó como por máquina. La careta también pasó al bolsillo. Ordenó a Jacinta:
-Vete a jugar al jardín.
Cuando volvió la madre, nada de particular ocurrió. Almorzaron cordialmente; sólo Jacinta estaba asustada, temerosa de un regaño. No se revuelve en los armarios, no se aprovechan los descuidos para curiosear. Sor Sainte Foi le impondría severo correctivo, si lo supiese. Pero su padre lo sabía y nada le había dicho... Hasta la servía, cariñoso, llenando su plato... Como siempre...
¿Como siempre? Los niños también observan, y Jacinta notaba la nerviosidad, lo forzado del buen humor. Cuando vino a recogerla el coche del colegio, estaba la niña a dos dedos de llorar. Hubiese preferido un buen regaño franco. Temores indefinibles la acongojaban.
El padre, entretanto, iniciaba la tarea amarga de roerse el corazón queriendo averiguar lo que nunca averiguaría, pretendiendo reencarnar un pasado desvanecido, para pedirle cuentas. Él nunca había visto aquella careta rosa. Él no tenía noticia de que su mujer hubiese concurrido a ninguna fiesta carnavalesca de las que reclaman antifaz. ¿Cómo había de ignorarlo, en la estrecha unión en que habían vivido? Era, pues, la careta el secreto que tan a menudo se guardan marido y mujer, por íntima que sea su convivencia, porque el ayer no es de nadie, y el ayer está herméticamente cerrado, como debería haberlo estado siempre aquel armario fatal.
Con tal pensamiento, el marido se convirtió en espía. Fabricó llaves dobles de todos los muebles de su mujer. Cuando ella salía confiada -pues él había vuelto a colocar la careta en su sitio por si ella la echaba de menos- registraba, a su vez, estante por estante, cajón por cajón. Buscaba afanoso cartas, flores, retratos, recuerdos... Lo que encontró fue muy inocente. Nada que comprometiese a la esposa. Esquelas de amigas, retratos de familia, flores de Jerusalén... Y en medio de tales testimonios de una vida pura, intachable, de señorita perfecta, la careta rosa continuaba sin explicación, como enigma de una flor de pecado, prensada entre las hojas de un libro, olvidada allí, y que un día aparece, recordando lo que nadie guarda ya ni en la memoria. Y la ironía de la careta sacaba de quicio al mísero, amarrado al potro de la sospecha durante la vida; aquella respingada nariz, aquellos oblicuos ojos vacíos, detrás de los cuales había ardido la llama pasional; aquel barbuquejo deshilachado, picado, arrugado, que un día cubrió una boca riente y húmeda y fue alzado por el juguetón impulso de unos enamorados dedos..., enloquecía al infeliz torturado de los peores celos: los de lo desconocido, lo indescifrable.
El desgraciado perdía el sueño y el apetito; sus noches eran infiernos de pesadilla; las hipótesis martilleaban su cráneo como mazos fragorosos, y creía tener en los sesos una campana, cuyo badajo, a todo vuelo, le golpeaba, vibrando.
Al acercarse los Carnavales, habló el marido con la mujer de bailes, fiestas y alegrías, de un asalto de capuchones anunciado en casa de Ambas Castillas el próximo lunes. Y con la ansiedad con que se espera una sentencia absolutoria, aguardó la frase que iba a salir de aquella boca amada, en respuesta a la pregunta:
-¿Te gustan a ti los bailes de máscaras? ¿Te has disfrazado alguna vez?
-¡Nunca!, respondió ella con energía, con una especie de estremecimiento hondo, imperceptible quizás para quien no fuese celoso de lo que no tiene cuerpo, ni más efectividad que la seda ajada de un antifaz rosa. Y el celoso comprendió al punto que su mujer mentía; que mentía resueltamente, determinadamente, como el que repele una agresión, como el que se pone en defensiva ante un peligro grave. Y en lo extraviado de sus ojos, en la palidez, que no pudo esconderse, que poco a poco iba esparciéndose por el semblante desencajado de la esposa, no dudó. Había acertado con el sitio doloroso; había tocado la llaga oculta, cicatrizada en falso, que ahora respondía con sordo quejido del alma al tacto y a la presión. Y comprendió también que él no podía hablar, que no podía acusar, ni apremiar, ni maldecir; que no encontraría frases ni fundamentos para su requisitoria; que carecía de base todo, todo..., y que sólo podía hacer una cosa terrible: estrangularla y ponerle luego sobre el rostro la maldita careta, como bofetón de ignominia... Tanto lo comprendió, que se levantó recto, a guisa de autómata, y huyó de su casa, y se fue a pasar la noche en un hotel, y por la mañana salió hacia Barcelona, donde embarcó para los países lejanos en que no tenía probabilidad alguna de volver a ver a la que fue el eje de su vida, a la madre de su hija, a la que aún amaba y de la cual -extraña contradicción- estaba seguro de ser amado.
Le lanzaba a la fuga un poco de cartón forrado de raso, en cuya superficie se dibujaba, irónica, una mueca de frivolidad y de alocado placer. ¡Aquella careta, conservada religiosamente entre encajes y bagatelas en el fondo del armario elegante! Pero jamás lograría arrancar a su mujer la confesión plena, clara leal. No; sin duda lo de la careta era algo inconfensable, sabe Dios qué... Algo que hacía palidecer el rostro, que ya siempre se había de figurar él tapado con el raso de la careta que no palidece. Y por no resbalar hasta el crimen, nunca regresó a su hogar el desventurado, sucumbiendo en un choque de trenes, en los Estados Unidos, sin que se supiese qué nombre darle en la lista de los muertos.
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