A. C. Irmáns Suárez Picallo - Sada


Este blogue nace co obxecto de difundir a actividade da A. C. Irmáns Suárez Picallo, así como de recuperar e por a disposición do público diversos materiais de interese sobre o noso pasado,ao tempo que damos a coñecer os artigos escritos por Ramón Suárez Picallo e outros autores sadenses.
Estruturamos o blogue en varias seccións, nas que terán cabida noticias de actualidade sobre as nosas actuacións, artigos, textos históricos, fotografías...


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DIA MUNDIAL DA POBOACIÓN

O 11 de xullo de 1987 se celebrou o Día dos 5 mil millóns. Pasados dous años, o Consello de Administración do Programa das Nacións Unidas para o Desenrolo propuxo que todos os 11 de xullo tiveran o mesmo nome: Día Mundial da Poboación.

O número de persoas que vivimos na Terra aumenta dun xeito extraordinario co paso do tempo. Así en outubro de 1999 chegamos aos 6 mil millóns e,en só doce anos, en outubro de 2011,alcanzamos a cifra dos 7.000 millóns.


O lema para o 2015 é: Poboacións vulnerables en situacións de emerxencia pois según a mensaxe do Secretario Xeral das N.U. Ban Ki-moon " case 60 millóns de persoas fuxiron dos lugares de conflictos ou desastres, onde as mulleres e as adolescentes son especialmente vulnerables. Os extremistas violentos e os grupos armados cometen abusos terribles que provocan traumas, embarazos no desexados e infeccións polo VIH e outras enfermidades".
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 12-07-2015 23:37
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FOTOS DA PRESENTACIÓN DO CADERNO SOBRE MONCHO VALCARCE
O mércores 1 de xullo de 2015 presentamos en Sada o caderno “Moncho Valcarce. Un militante social e político galeguista, un cura atípico, un profeta e un místico cristián”, O Nº 4 dos nosos Cadernos de Estudos Xerais, publicado en colaboración coa Irmandade Moncho Valcarce.






Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 10-07-2015 17:30
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LEMBRANDO A MONCHO VALCARCE

Este mércores día 1 de xullo, ás 20:30, presentamos, na capela de San Roque, en Sada, o Caderno de Estudos Xerais nº 4 e dedicado a Moncho Valcarce, no que colabora a Irmandade Moncho Valcarce por mediación de Xácome Santos, Ramón Muñiz, Gumersindo Campaña, Victorino Pérez e Elvira Souto.

Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 30-06-2015 08:34
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A A.C. Irmáns Suárez Picallo no programa de radio RECENDO

A Asociación Cultural IRMÁNS SUÁREZ PICALLO, partitipa o vindeiro martes 30 de xuño no programa de radio "Recendo", que se emite todos os martes de 19 a 20 horas dende a emisora de radio comunitaria CUAC FM, vencellada á Universidade da Coruña.
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Por se é do seu interese, comunicámoslles que para escoitar "Recendo", que se emite todos os martes de 7 a 8 da tarde, teñen varias posibilidades:

- No 103.4 da FM na comarca da Coruña.

- En directo por Internet, na web da emisora: cuacfm.org, e pulsar o botón
"En directo".

- En diferido, poden escoitar todos os nosos programas xa emitidos, na web "
*www.blogoteca.com/recendoblog



Comentarios (0) - Categoría: Actividades - Publicado o 27-06-2015 01:39
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LA FLOR DE LA SALUD, cuento de Pardo Bazán

O conto LA FLOR DE LA SALUD publicouse no xornal El Liberal tal día como hoxe 26 de xuño pero... do ano 1893.



La flor de la salud

[Cuento. Texto completo]
Emilia Pardo Bazán

-No lo dude usted -declaró el médico, afirmándose las gafas con el pulgar y el anular de la abierta mano izquierda-. He realizado una curación sobrenatural, milagrosa, digna de la piscina de Lourdes. He salvado a un hombre que se moría por instantes, sin recetas, ni píldoras, ni directorio, ni método... sin más que ofrecerle una dosis del licor verde que llaman esperanza... y proponerle un acertijo...

-¿Higiénico?

-¡Botánico!

-¿Y quién era el enfermo?

-El desahuciado, dirá usted; Norberto Quiñones.

-¡Norberto Quiñones! Ahora sí que admiro su habilidad, doctor, y le tengo, más que por médico, por taumaturgo. Ese muchacho, que había nacido robusto y fuerte, al llegar a la juventud se encenagó en vicios y se precipitó a mil enormes disparates, apuestas locas y brutales regodeos: tal se puso, que la última vez que le vi en sociedad no le conocía: creí que me hablaba un espectro, un alma del otro mundo.

-El mismo efecto me produjo a mí -repuso el doctor-. Difícilmente se hallará demacración semejante ni ruina fisiológica más total. Ya sabe usted que Norberto, rico y refinado, vivía en un piso coquetón, muy acolchadito y lleno de baratijas; su cama, que era de esas antiguas, salomónicas y con bronces, la revestían paños bordados del Renacimiento, plata y raso carmesí. Pues le juro a usted que en la tal cama, sobre el fondo rojo del brocado, Norberto era la propia imagen de la muerte: un difunto amarillo, con tez de cera y ojos de cristal. Para acentuar el contraste, a su cabecera estaba la vida, representada por una mujer mórbida, ojinegra, de cutis de raso moreno, de boca de granada partida, de lozanísima frescura y alarmante languidez mimosa: la enfermera que manda el diablo a sus favoritos para que les disponga según conviene el cuerpo y el alma.

Norberto me alargó la mano, un manojo de huesos cubiertos por una piel pegajosa que ardía y trasudaba, y mirándome con ansia infinita, me dijo cavernosamente:

-No me deje usted morir así, doctor. Tengo veintiséis años, y me da frío la idea de invernar en el cementerio. Es imposible que haya usted agotado todos los recursos de la ciencia.

¡El ruego me conmovió, y eso que la práctica nos endurece tanto! Tuve una inspiración; sentí un chispazo parecido al que debe de percibir el creador, el artista..., y con los ojos hice seña de que la individua estorbaba.

-Vete, chiquilla -ordenó, sin más explicaciones, Norberto.

Y nos quedamos solos.

Le apreté la mano con energía, y sacando el pomo del consabido licor verde, lo derramé en sus labios a oleadas.

-Ánimo -le dije-. Usted va a sanar pronto. Volverá usted a tener vigor en los músculos, hierro en la sangre, oxígeno en el pulmón; las funciones de su organismo serán otra vez normales, plácidas y oportunas: el ritmo de la salud hará precipitarse el torrente vital, rápido y gozoso, de las arterias al corazón, y subiéndolo luego al cerebro despejado, engendrará en él las claras representaciones del presente y los dorados sueños del porvenir... Estoy seguro de lo que prometo; seguro, ¿lo oye?: usted sanará. No debo ocultarle a usted que la ciencia, lo que se dice la ciencia, ya no me ofrece recurso alguno nuevo ni útil. Humanamente hablando, no tiene usted cura; pero donde acaba la naturaleza principia lo sobrenatural y portentoso, que no es sino lo desconocido o inclasificado... La casualidad me permite ofrecer a usted el misterioso remedio que le devolverá instantáneamente todo cuanto perdió.

Cualquiera pensaría que al hablarle así a Norberto iba a mirarme con honda desconfianza, sospechando una piadosa engañifa. ¡Ah, y qué poco conocería quien tal imaginase la condición de nuestro espíritu, en cuyos ocultos repliegues late permanente la credulidad, dispuesta a adoptar forma superior y llamarse fe! Los ojos de Norberto se animaban; un tinte rosado se difundía por sus pómulos. Ansioso, incorporado casi, se cogía a mi levita, interrogándome con su actitud.

-Hay -le dije- una flor que devuelve instantáneamente la salud al que tiene la fortuna de descubrirla y cortarla por su propia mano. Esta condición precisa, y el no saberse dónde ni cuándo se produce la tal flor, son causa de que por ahora se hayan aprovechado de ella poquísimos enfermos. Digo que no se sabe dónde ni cuándo se produce, porque si bien suele encontrarse en las más altas montañas, también afirman que brota en la orilla del mar, a poca profundidad, entre las peñas; pero a veces, en leguas y leguas de costa o de monte, no aparece ni rastro de la flor. En cambio, tiene la ventaja de que no puede confundirse con ninguna otra: ¡imagínese usted la alegría del que la ve! Es del tamaño de una avellana: su forma imita bastante bien la de un corazón; su color, encarnado vivísimo; el olor, a almendra. No la equivoca usted, no. Pero si va usted acompañado; si es otro el que la coge..., entonces, amiguito, haga usted cuenta que perdió malamente el tiempo.

No afirmo que Norberto creyese a pies juntillas lo que yo iba encajándole con imperturbable seriedad y calor persuasivo. Si he de ser franco, supongo que dudó, y hasta me tuvo a ratos por un patrañero, un visionario o un socarrón malicioso. Sin embargo, yo sabía que no habían de caer en saco roto mis palabras, porque a la larga siempre admitimos lo que nos consuela, y más en la suprema hora en que nos invade la desesperación y quisiéramos agarrarnos aunque fuese a un hilito de araña muy sutil. La expresión del rostro de Norberto cambió dos o tres veces; le vi pasar del escepticismo a la confianza loca, y, por último, tomándome la mano entre las suyas febriles, exclamó trémulo de afán:

-¿Puede usted jurarme que no se está burlando de un moribundo?

No sé si usted conoce mi modo de pensar en esto del juramento. Le atribuyo escasísimo valor; es una fórmula caballeresca, romántica e idealista, que entraña la afirmación de la inmutabilidad de nuestros sentimientos y convicciones -de que se derivan nuestros actos-, siendo así que la idea y la acción nacen de circunstancias actuales, vivas y urgentes. No dando valor al juramento, ni moral tampoco se lo da al perjurio. Juré en falso, pues, con absoluta frescura, calma y convencimiento de hacer bien; y juré en falso, invocando el nombre de Dios, en la seguridad de que Dios, que es benigno, también quería que el milagro se hiciese...

Y empezó a hacerse desde aquel mismo punto. Norberto, electrizado con la certeza de poder vivir, se irguió, se echó de la cama, sin ayuda de nadie fue hasta la puerta, llamó a su ayuda de cámara y le ordenó preparar inmediatamente maletas y mantas de camino...

-Solito, ¿eh? -le repetí-. ¡No olvidarse!

¡Solito! Ya lo creo que se fue solito Norberto. Desde su partida, todas las mañanas me desperté con miedo de recibir la esquela orlada de luto. Pasó, sin embargo, año y medio; encontré a los amigos del enfermo; averigüé que nada se sabía de su paradero, pero que vivía. Y al cabo de dieciocho meses, una tarde que me disponía a salir y ya tenía enganchado el coche para la visita diaria, entró como un huracán un fornido mozo, de traje gris, de hongo avellana, de oscura barba, de rostro atezado, que me estrujó con ímpetu entre los brazos musculosos y recios.

-¡Soy yo! -repetía con voz sonora y alegre-. ¡Norberto! ¿No me conoce usted? No me extraña; debo de estar algo variado... ¿Qué le parezco? ¡Cuánto se ha reído usted de mí! Y lo peor es que ha hecho muy bien, muy bien. Si no es por usted, no encuentro la flor de la salud. ¿La ve usted? Aquí la traigo.

Abrió un estuche de cuero de Rusia y vi brillar sobre raso blanco un alfiler de corbata de un solo rubí, cercado de brillantes, en forma de corazón, que me entregó entre empujones amistosos y carcajadas.

-La he buscado primero a orillas del mar. Todos los días registraba las peñas. Al principio me cansaba tanto, que me daban síncopes largos en que pensé quedarme. Pero me sostenía la ilusión de descubrir la flor. El aire del mar y el perseverante ejercicio me prestaron alguna fuerza. Ya no me arrastraba: andaba despacio. Registré bien la costa, peñón por peñón: la flor no la vi. Entonces me interné en un valle muy rústico y retirado. Me pasaba todo el día agachadito, busca que te buscarás. Vivía entre aldeanos. Comía pan moreno y bebía leche. A cada paso me encontraba mejor... ¡Usted adivina lo demás! De allí subí a las montañas nevadas y fieras, que en otro tiempo me parecían horribles... Trepé a los picachos, recorría los desfiladeros, evité los aludes, cacé, tuve frío, dormí a dos mil metros sobre el nivel del mar... Y un día, embriagado por el ambiente purísimo, sintiendo carnes de acero bajo mil piel de bronce, recuerdo que caí de rodillas en una meseta, y creí ver entre el musgo nuevo, húmedo y escarchado por el deshielo, la roja flor.

-¡Pues ahora que se ha cogido la flor -advertí al mozo-, a cuidarla! ¡Que no se seque!

Norberto volvió la cara... Al anochecer del día siguiente le vi por casualidad, de lejos; acompañaba a una mujer, y me pareció que se escurría entre callejuelas, para no tropezarme. Entonces -me había dejado sus señas- le escribí este lacónico billetito:

«El santo doctor*** no repite los milagros.»
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 26-06-2015 02:00
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EL VINO DEL MAR, cuento de Pardo Bazán

Difundimos este conto de Pardo Bazán, catalogado dentro da serie En Tranvía (contos dramáticos) e publicado no xornal El Imparcial,no ano 1900 e tal día como hoxe 18 de xuño.


El vino del mar

[Cuento. Texto completo]
Emilia Pardo Bazán

Al reunirse en el embarcadero para estibar el balandro Mascota, los cinco tripulantes salían de la taberna disfrazada de café llamada de «América» y agazapada bajo los soportales de la Marina fronterizos al Espolón; tugurio donde la gentualla del muelle: marineros, boteros, cargadores y «lulos», acostumbra juntarse al anochecer. De cien palabras que se pronuncien en el recinto oscuro, maloliente, que tiene el piso sembrado de gargajos y colillas, y el techo ahumado a redondeles por las lámparas apestosas, cincuenta son blasfemias y juramentos, otras cincuenta suposiciones y conjeturas acerca del tiempo que hará y los vientos reinantes. Sin embargo, no se charla en «América» a proporción de lo que se bebe; la chusma de zuecos puntiagudos, anguarina embreada y gorro catalán es lacónica, y si fueseis a juzgar de su corazón y sus creencias por los palabrones obscenos y sucios que sus bocas escupen, os equivocaríais como si formaseis ideas del profundo Océano por los espumarajos que suelta contra el peñasco.

Acababan de sonar las ocho en el reloj del Instituto cuando acometieron aquellos valientes la faena de la estibadura, entre gruñidos de discordia. Y no era para menos. ¿Pues no se emperraba el terco del patrón en que la carga de bocoyes de vino, si había de ir como siempre en la cala, fuese sobre cubierta? Aquello no lo tragaba un marinero de fundamento como tío Reimundo, alias Finisterre, que había visto tanta mar de Dios. Ahí topa la diferencia entre los que navegaron en mares de verdad, donde hay tiburones y huracanes, y los que toda la vida chapalatearon en una ponchera. ¡Zantellas del podrido rayo! ¿Quería el patrón que el barco se les pusiese por sombrero? ¡Era menester estar loco de la cabeza, corcias! ¡Para más, en noche semejante, con lo falsa que es esa costa de Penalongueira, y habiendo empezado a soplar el Sur, un viento traidor que lleva de la mano el cambiazo al «Nordés»! No se la pegaba al tío Reimundo la calma de la bahía, sobre cuya extensión tersa y plácida prolongaban las mil luces de la ciudad brillantes rieles de oro; al viejo le daba en la nariz el aire «de allá», de mar adentro, la palpitación del oleaje excitado por la mordedura de la brisa. Todo esto, a su manera, broncamente, a media habla, lo dijo Finisterre. El Zopo, otro experto, listo de manos y contrahecho de pies, opinaba lo mismo.

Pero Adrián y el Xurel -mozalbetes que acababan de alegrarse unas miajas con tres copas de caña legítima y sentían duplicados sus bríos- ya estaban rodando los bocoyes para encima de la Mascota. Sabedores de que aquellos toneles encerraban vino, los manejaban con fiebre de alegría codiciosa, calculando la suma de goces que encerraban en sus panzas colosales. ¿A ellos qué les importaban los gruñidos de Finisterre? Donde hay patrón no manda marinero.

Entre gritos furiosos para pujar mejor, el «¡ahiaaá!» y el «¡eieiea!» del esfuerzo, acabóse la estibadura en una hora escasa. Sobre el cielo, antes despejado, se condensaban nubes sombrías, redondas, de feo cariz. Un soplo frío rizaba la placa lisa del agua. Juró Finisterre entre dientes y renegó el patrón de los agoreros miedosos. Mejor si se levantaba viento; ¡así irían con la vela tan ricamente! El balandro no era una pluma, y necesitaba ayuda, ¡carandia! Y ocupó su lugar, empuñando el timón. ¡Ea, hala, rumbo avante!

Como por un lago de aceite marcharon mientras no salieron de la bahía. Según disminuía y se alejaba la concha orlada de resplandor y el rojo farol del Espolón llegaba a parecer un punto imperceptible, y otro la luz verde del puerto, el vientecillo terral insistía, vivaracho, como niño juguetón. Habían izado la cangreja, y la Mascota cortó el oleaje más aprisa, no sin cabecear. Descasaban los remeros, bromeando. Sólo Finisterre se ponía fosco. A cada balance de la embarcación le parecía ver desequilibrarse la carga.

Ya transponía la barra, y el alta mar luminosa, agitada por la resaca, se extendía a su alrededor. Para «poncheras» según el despreciativo dicho del tío Reimundo, la ponchera «metía respeto». El patrón, a quien se le iba disipando el humo de la caña, fruncía las cejas, sintiendo amagos de inquietud. Puede que tuviese razón aquel roñicas de Finisterre; la mar, sin saber por qué, no le parecía «mar de gusto»... Tenía cara de zorra, cara de dar un chasco la maldita...

Al vientecillo se le antojó dormirse, y una especie de calma de plomo, siniestra, abrumadora, cayó encima. Fue preciso apretar en los remos porque la vela apenas atiesaba. El balandro gemía, crujía, en el penoso arranque de su marcha lenta. Súbitas rachas, inflando la cangreja un momento, impulsaban la embarcación, dejándola caer después más fatigada, como espíritu que desmaya al perder una esperanza viva. Y cuando ya veían a estribor la costa peligrosa de Penalongueira, que era preciso bordear para llegarse al puertecillo de Dumia y desembarcar el género, se incorporó de golpe Finisterre, soltando un terno feroz. Acababa de percibir, allá a lo lejos ese ruido sordo y fragoroso de la tempestad repentina, del salto del aire que azota de pronto la masa líquida y desata su furor. El patrón, enterado, gritaba ya la orden de arriar la vela. Aquello fue ni visto ni oído.

Enormes olas, empujándose y persiguiéndose como leonas enemigas, jugaban ya con el balandro, llevándolo al abismo o subiéndolo a la cresta espantosa. De cabeza se precipitaba la embarcación, para ascender oblicuamente al punto. El patrón, sintiendo su inmensa responsabilidad, hacía milagros, animando, dirigiendo. ¡La tormenta! ¡Bah! Otras había pasado y salido con bien, gracias a Dios y a Nuestra señora de la Guía, de quien se acordaba mucho entonces, con ofrecimientos de misa y excotos de barquitos, retratos de la Mascota para colgar en el techo del santuario... Verdad; no era el primer temporal que corrían; pero..., no llevaban la carga estibada sobre cubierta, sino en el fondo de la cala, bien apañadita, como Dios manda y se requiere entre la gente del oficio. Y los que había cometido aquella barbaridad supina, ahora, a pesar de las furiosas voces de mando de patrón, perdían los ánimos para remar, como si sintiesen en las atenazadas mejillas el húmedo beso de la muerte... Sólo una resolución podía salvarlos. Finisterre la sugirió, mezclando las interjecciones con rudas plegarias. El patrón resistía, pero el cariño a la vida tira mucho, y por unanimidad resolvió largar al agua los malditos bocoyes. ¡Afuera con ellos, antes de que se corriesen a una banda y sucediese lo que se estaba viendo venir! Sin más ceremonias empujaron una de las barricas para lanzarla por encima de la borda...

Los que intentaron la faena sólo tuvieron tiempo de retroceder a saltos. La barrica andaba; la barrica se les venía encima ella sola. Y las demás, como rebaño de monstruos panzudos la seguían. Corrían, rodaban locas de vértigo, a hacinarse sobre la banda de babor, y el balandro, hocicando, con la proa recta a la sima, daba espantoso salto, el pinche-carneiro vaticinado por Finisterre, y soltando en las olas toda su carga, barricas y hombres, flotaba quilla arriba, como una cáscara de nuez.

La primera noticia del naufragio se supo en el puertecillo de Ángeles, frontero a la bahía, porque dos bocoyes salieron allí, a la madrugada, y quedaron varados en la playa al retirarse la marea. Corrió el rumor de la presa, y se apiñaron en la orilla más de cien personas -pescadores, aldeanos, carreteros, carabineros, sardineras, mujerucas, chiquillería-. Nadie ignoraba lo que significa la aparición de bocoyes llenos en una playa de la costa. Aún les retumbaba en los oídos el bramar de la tormenta. Pero ahora hacía un sol hermoso, un día magnífico, «criador». Era domingo; por la tarde bailarían en el castañal; y con la presa, no había de faltar vino para remojar la gorja. ¡Nadie hizo comentarios tristes, sino los pescadores, que, sin embargo, se consolaron pensando en el rico vientre de las barricas...! Solo una vejezuela, que había perdido a su mozo, su hijo, de veinte años, en un lance de mar, escapó de la playa dando alaridos y apostada cerca del carro en el cual fueron llevados los toneles al campo de la romería, chillaba:

-¡No, bebades, no bebades! Ese vino sabe a la sangre de los hombres y al amarguío de la mar.

Le hicieron el mismo caso que los tripulantes del balandro a Finisterre.
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 18-06-2015 11:54
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DIA MUNDIAL DA LOITA CONTRA A DESERTIFICACIÓN E A SECA
O 'Día Mundial da Loita contra a Desertización e a Seca' pretende chamar a atención sobre a importancia do solo como sustento da vida.

En 1994 a Asemblea Xeral das Nacións Unidas proclamou o 17 de xuño Día Mundial de loita contra a Desertificación e a Seca para chamar a atención de todos os países sobre este grave problema.


A auga dóce no planeta e escasa e valiosa. Só o 2,5 % da auga do planeta é dóce e menos dun 1% está dipoñible para os ecosistemas e o ser humano. Cando a demanda de auga supera a oferta dispoñible aparece a escaseza, que afecta especialmente ás áreas de terras secas.

No caso de España, cabería sinalar que se atopa á cabeza dos países desenvolvidos afectados pola perda de solo fértil. O 42 por cento do territorio (21 millóns de hectáreas) está sometido a procesos de erosión que superan os límites tolerables, chegando a ser moi pronunciados no 12 por cento (6 millóns de hectáreas). Para o conxunto do Estado calcúlase unha perda total anual de solo de 1.156 millóns de toneladas, sendo Andalucía, Castilla-La Mancha, Levante e Murcia as zonas máis castigadas. Como principais desencadenantes deste fenómeno a nivel estatal obsérvase a explotación irracional dos recursos hídricos, o esgotamento dos acuíferos, as perdas da cuberta vexetal a causa de repetidos incendios forestais, a concentración da actividade económica nas zonas costeiras, as propias actividades industriais e o turismo de masas.


Nesta ocasión, se pretende concienciar e «lograr a seguridade alimentaria para todos a través de sistemas alimentarios sostibles». Coa consigna de «O que algo quere, algo lle costa, invirtamos en solos sans».
Comentarios (0) - Categoría: Actualidade - Publicado o 17-06-2015 18:08
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EL FONDO DEL ALMA, cuento de Pardo Bazán
El fondo del alma,publicouse no xornal El Imparcial tal día como hoxe 11 de xuño do ano 1906. O título deste conto sirve de marco xeral as series Cuentos del terruño, Profesiones e Interiores


El fondo del alma

[Cuento. Texto completo]
Emilia Pardo Bazán

El día era radiante. Sobre las márgenes del río flotaba desde el amanecer una bruma sutil, argéntea, pronto bebida por el sol.

Y como el luminar iba picando más de lo justo, los expedicionarios tendieron los manteles bajo unos olmos, en cuyas ramas hicieron toldo con los abrigos de las señoras. Abriéronse las cestas, salieron a luz las provisiones, y se almorzó, ya bastante tarde, con el apetito alegre e indulgente que despiertan el aire libre, el ejercicio y el buen humor. Se hizo gasto del vinillo del país, de sidra achampañada, de licores, servidos con el café que un remero calentaba en la hornilla.

La jira se había arreglado en la tertulia de la registradora, entre exclamaciones de gozo de las señoritas y señoritos que disfrutaban con el juego de la lotería y otras igualmente inocentes inclinaciones del corazón no menos lícitas. Cada parejita de tórtolos vio en el proyecto de la excelente señora el agradable porvenir de un rato de expansión; paseo por el río, encantadores apartes entre las espesuras floridas de Penamoura. El más contento fue Cesáreo, el hijo del mayorazgo de Sanin, perdidamente enamorado de Candelita, la graciosa, la seductora sobrina del arcipreste.

Aquel era un amor, o no los hay en el mundo. No correspondido al principio, Cesáreo hizo mil extremos, al punto de enfermar seriamente: desarreglos nerviosos y gástricos, pérdida total del apetito y sueño, pasión de ánimo con vistas al suicidio. Al fin se ablandó Candelita y las relaciones se establecieron, sobre la base de que el rico mayorazgo dejaba de oponerse y consentía en la boda a plazo corto, cuando Cesáreo se licenciase en Derecho. La muchacha no tenía un céntimo, pero... ¡ya que el muchacho se empeñaba! ¡Y con un empeño tan terco, tan insensato!

-Allá él, señores... -así dijo el mayorazgo a sus tertulianos y tresillistas, otros hidalgos viejos, que sonrieron aprobando, y hasta clamando «enhorabuena», fácilmente benévolos para lo que no les «llegaba el bolsillo»... Al cabo, ellos no habían de dar biberón a lo que naciese de la unión de Cesáreo y Candelita.

-La felicidad del noviazgo la saboreó Cesáreo desatadamente. Loco estaba antes de rabia, y loco estaba ahora de júbilo; las contadas horas que no pasaba al lado de su novia las dedicaba a escribirle cartas o a componer versos de un lirismo exaltado. En el pueblo no se recordaba caso igual: son allí los amoríos plácidos, serenos, con algo de anticipada prosa casera entre las poesías del idilio. Envidiaron a Candelita las niñas casaderas, encubriendo con bromas el despecho de no ser amadas así; y cuando, al preguntarle chanceras qué hubiese sucedido si Candelita no le corresponde, contestaba Cesáreo rotundamente: «me moriría», las muchachas se mordían el labio inferior. ¡Qué tenía la tal Candelita más que las otras, vamos a ver!...

En la jira a Penamoura estuvo hasta imprudente, hasta descortés, el hijo del mayorazgo: de su proceder se murmuraba en los grupos. Todo tiene límite; era demasiada cesta. Aquellos ojos que se comían a Candelita; aquellos oídos pendientes del eco de su voz; aquellos gestos de adoración a cada movimiento suyo... francamente, no se podían aguantar. Mientras la parejita se aislaba, adelantándose castañar arriba, a pretexto de coger moras, el sayo se cortó bien cumplido; sólo el viejo capitán retirado, don Vidal, que dirigía la excursión, opinó con bondad babosa que eran «cosas naturales», y que si él se volviese a sus veinticinco, atrás se dejaría en rendimiento y transporte a Cesáreo...

Habían decidido emprender el regreso a buena hora, porque, en otoño, sin avisar se echa encima la noche; pero ¡estaba tan hermoso el pradito orlado de espadañas! ¡Si casi parecía que acababan de comer! ¡Si no habían tenido tiempo de disfrutar la hermosura del campo! Daba lástima irse... Además, tenían luna para la navegación. Fue oscureciendo insensiblemente, y con la puesta del sol coincidió una niebla, suave y ligera al pronto, como la matinal, pero que no tardó en cerrarse, ya densa y pegajosa, impidiendo ver a dos pasos los objetos. Don Vidal refunfuñó entre dientes:

-Mal pleito para embarcarse. Vararemos.

Y ello es que no había otro recurso sino regresar a la villa...

Al acercarse a la barca los expedicionarios, no parecían ni patrón ni remeros. La registradora empezó a renegar:

-¡Dadles vino a esos zánganos! ¡Bien empleado nos está si nos amanece aquí!

Por fin, al cabo de media hora de gritos y búsqueda, se presentaron sofocados y tartajosos los remerillos. Del patrón no sabían nada. Se convino en que era inútil aguardar al muy borrachín; estaría hecho un cepo en alguna cueva del monte; y el remero más mozo, en voz baja, se lo confesó a don Vidal:

-Tiene para la noche toda. No da a pie ni a pierna.

-¿Sabéis vosotros patronear? -preguntó Cesáreo, algo alarmado.

-Con la ayuda de Dios, saber sabemos -afirmaron humildemente. Se conformaron los expedicionarios, y momentos después la embarcación, a golpe de remo, se deslizaba lentamente por el río. Asía don Vidal la caña del timón y guiaba, obedeciendo las indicaciones de los prácticos.

Hacía frío, un frío sutil, pegajoso. La gente joven empezó a cantar tangos y cuplés de zarzuela. El boticario, para lucir su voz engolada, entonó después el Spirto. Las señoras se arropaban estrechamente en sus chales y manteletas, porque la húmeda niebla calaba los huesos. Cesáreo, extendiendo su ancho impermeable, cobijaba a Candelita, y confundiendo las manos a favor de la oscuridad y del espeso tul gris que los aislaba, los novios iban en perfecto embeleso.

-Nadie ha querido como yo en el mundo -susurraba el hijo del mayorazgo al oído de su amada.

-Esto no es cariño, es delirio, es enfermedad. ¡Soy tan feliz! ¡Ojalá no lleguemos nunca!

-¡Ciar, ciar, pateta! -gritó, despertándole de su éxtasis, la voz vinosa de un remero-. ¡Que vamos cara a las peñas! ¡Ciar!

Don Vidal quiso obedecer... Ya no era tiempo. La barca trepidó, crujió pavorosamente; cuantos en ella estaban, fueron lanzados unos contra otros. La frente de Cesáreo chocó con la de Candelita. En el mismo instante empezó a sepultarse la barca. El agua entraba a borbollones y a torrentes por el roto y desfondado suelo. Ayes agónicos, deprecaciones a santos y vírgenes, se perdían entre el resuello del abismo que traga su presa. Era el río allí hondo y traidor, de impetuosa corriente. Ningún expedicionario sabía nadar, y se colaban apelotados en los abrigos y chales que los protegían contra la penetrante niebla, yéndose a pique rectos como pedruscos.

Aturdido por el primer sorbo helado, Cesáreo se rehízo, braceó instintivamente, salió a la superficie, se desembarazó a duras penas del impermeable y exclamó con suprema angustia:

-¡Candela! ¡Candelita!

Del abismo negro del agua vio confusamente surgir una cara desencajada de horror, unos brazos rígidos que se agarraron a su cuello.

-¡No tengas miedo, hermosa! ¡Te salvo!

Y empezó a nadar con torpeza, a la desesperada. Sentía la corriente, rápida y furiosa, que le arrastraba, que podía más.

-Suelta... No te agarres... Échame sólo un brazo al cuello... Que nos vamos a fondo...

La respuesta fue la del miedo ciego, el movimiento del animal que se ahoga: Candelita apretó doble los brazos, paralizando todo esfuerzo, y por la mente de Cesáreo cruzó la idea: «Moriremos juntos».

El peso de su amada le hundía, efectivamente; el abrazo era mortal. Se dejó ir; el agua le envolvió. Su espinilla tropezó con una piedra picuda, cubierta de finas algas fluviales. El dolor del choque determinó una reacción del instinto; ciegamente, sin saber cómo, rechazó aquel cuerpo adherido al suyo, desanudó los brazos inertes; de una patada enérgica volvió a salir a flote, y en pocas brazadas y pernadas de sobrehumana energía arribó a la orilla fangosa, donde se afianzó, agarrándose a las ramas espesas de los salces. Miró alrededor: no comprendía. Chilló, desvariando:

-¡Candelita! ¡Candela!

La sobrina del arcipreste no podía responder: iba río abajo, hacia el gran mar del olvido.

Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 11-06-2015 12:30
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Lembrando a festa de CORPUS
RSP escribe desde o exilio en Chile,no ano 1950, esta lembranza sobre a festa de Corpus...




8 de junio de 1950

La Feria del Mundo


Por Pick–Up (Ramón Suárez Picallo)



EVOCACIÓN DEL “CORPUS CHRISTI”


“Tres jueves hay en el año, que relucen como el Sol:

Jueves Santo, Corpus Christi y el jueves de la Ascensión.”

Américo Castro, en su obra monumental “España en su Historia”, toma esta coplilla popular española, de elogio a los jueves más relucientes del año, como un modelo de la influencia árabe en el folklore cristiano, tanto de España como del mundo de órbita espiritual.

El insigne profesor español de Princeton, el más profundo exégeta de la convivencia histórica de cristianos, moros y judíos en la formación de la simbiosis cultural ibérica, asegura que la coplilla, pese a su elogio de grandes festividades de la cristiandad, es árabe pura en su origen, como lo son, según él, otros trozos de la poesía primitiva de Castilla, desde algunos aspectos, del poema del Mío Cid, hasta varias Cantigas Gallegas del Rey Sabio.

Quizá una evocación de cómo se celebra la fiesta en varias partes de España le dé la razón a los que aseguran el origen morisco de muchas celebraciones populares del culto católico.

La fiesta del Corpus cae en España en plena primavera, muy próxima a las leyendas, supersticiones y sortilegios de la noche de San Juan, fiesta de luz, de gracia y de danzas del solsticio.

La parte religiosa –con su Misa Solemne incluso– es como en casi todas las fiestas de España, lo menos importante en su sentido teologal; pero es, en cambio, de una sorprendente belleza el boato, el rito, la parte musical y plástica de la ceremonia, tanto en las humildes feligresías rurales como en las opulentas basílicas catedraliclas.

La víspera del Corpus, los mozos hacen cuestiones de honor al llevar al templo las más bellas ramas de árboles florecidos; y las riberas de regatos, cubiertas de españadas, quedan peladas, pues todo cuanto es florecido u verde servirá de alfombra a las calles caminos y senderos por donde ha de desfilar la procesión. Mientras tanto, en plazas y plazuelas arden los juegos artificiales en una sinfonía de lucerío y de danza suelta al compás de la dulzaina, la gaita o el chistu, teje pespuntes y festones bajo el robledal centenario o frente a pórticos y fachadas románicos, góticos y platerescos.

Y al día siguiente la procesión. Los visitantes y turistas extranjeros que visitaron España tienen hablado mucho de las procesiones andaluzas de la Semana Santa; pero hablaron poco de las procesiones del Chupis, desfilando sobre alfombras de verdura, envueltas en cánticos populares. Y en algunas partes, rodeando el Palio bajo el cual va la Sagrada Forma de Jesús Sacramentado, encerrada en una maravillosa custodia de Alfeo o de Benevenuto, un grupo de ágiles danzarines, empuñando en cada mano la punta de un arco florido; por el que entran y salen bailando y cantando, recuerdan viejos ritos célticos, ibéricos y helénicos.

Y los graves señores del lugar que empuñan las varas, y el sacerdote que lleva en sus manos el Gran Misterio Eucarístico, sonríe amable a la juventud que canta y que baila bajo el limpio sol primaveral. Y detrás, los gigantes y los cabezudos, y la “Loca” monstruosa, vestida de mujer con cabeza de loba, representando al horror del pecado y la tenebrosidad de los días y e las noches de la pasada invernía. Todas las casas frente a las que pasa la procesión, desde las más humildes a las más ricas, están cubiertas de colgaduras, que ven desde la colcha hecha en el telar hogareño hasta el rico tapiz de la Real Fábrica, dibujado por Goya. Y todas las puertas y ventanas abiertas de par en par, a modo de invitación a la hospitalidad.

“Para Dios, para el amigo, para el peregrino..”con aquella frase sacramental y españolisima: “Señor, tomad posesión de ésta vuestra casa”.
Catolicismo y paganía; solemnidad ritual y gracia de músicas y canciones. Toda esa vieja amalgama de creencias, de espiritualidad y de culturas, que le da a las fiestas religiosas españolas originalidad y alegría, reluce y brilla, y luce y tremeluce, en esta festividad del “Corpus Christi” dedicada al Redentor, cuando ya glorificado e inmortal, sale por los caminos en busca de aquellos que quisieron o no pudieron acercarse a Él y a su Verdad.
Comentarios (0) - Categoría: RSP-Relixión - Publicado o 06-06-2015 15:06
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LAS CEREZAS. Cuento de Pardo Bazán
No tempo das cereixas e ás portas da festa de Corpus, reproducimos este conto de Emilia Pardo Bazán e incluimos o seu poema El cerezo.


Las cerezas

[Cuento. Texto completo]
Por Emilia Pardo Bazán

Cierto día de fiesta del mes de junio, a los postres de una comida de aldea, de las que se prolongan y degeneran en sobremesas interminables, tuve ocasión de hacer una de esas observaciones, detrás de las cuales suele vislumbrarse oculta una novela íntima o latir el asunto de un drama. Hallábase sentado frente a mí el párroco de Gondar, y como le daba de lleno en el rostro la luz de la ventana, luz que se abría paso entre las ramas de los rosales, ya sin flor, pude notar que se inmutaba y se le cubrían de amarillez las siempre coloradas mejillas al servirle el criado un frutero de cristal donde se apiñaban, negreando de tan maduras, las últimas cerezas.

Lo demudado de la cara, el movimiento nervioso de la mano crispada al rechazar el frutero, eran inequívocos, y no podían proceder únicamente de repugnancia de su paladar a la sabrosa fruta; delataban algo más: una especie de horror, que sólo originan muy hondas causas morales. Apunté la observación y resolví salir cuanto antes de la curiosidad. Una hora después charlaba confidencialmente con el párroco, recorriendo la larga calle de castaños que rodea como un cinturón de sueltos cabos flotantes el soto.

Antes de resumir el relato del cura, debo decir que nuestro clero rural tiene en él un representante muy típico. Sencillo, encogido y hasta rudo en sus maneras; nada gazmoño, según se demostrará en esta historia; más hombre que eclesiástico y más aldeano que burgués; más positivo que idealista, y asaz incorrecto en esas exterioridades que el clero de otras naciones tanto cultiva y estudia, el párroco de Gondar -como muchos curas de aldeas en España- conserva en su corazón, sin hacer de ello pizca de alarde, un convencimiento del deber que en momentos críticos y en casos extremos puede convertirle en mártir y en héroe. Del pueblo en su origen, tienen las condiciones y también las virtudes del pueblo.

-Ya me da rabia -decíame el párroco bajando los ojos y frunciendo las cejas- que se me note tanto la impresión que la vista de las cerezas me produce. ¡Hay que vencerse, caramba! Y, o poco he de poder, o llegaré a comerme sin escrúpulos una libra de esas cerezas de pateta..., que, si me descuido, me cuestan el alma o la vida.

-¿El alma... o la vida, nada menos? -repetí con sorpresa e interés.

-Nada menos. ¿Qué tiene de extraño? ¿No perdió Esaú, por un plato de lentejas, su derecho de primogenitura y el porvenir de toda su casta? Pues las cerezas aún saben mejor que las lentejas, que sólo para dar flato sirven.

Conformes en la superioridad de la cereza comparada a la lenteja, y viéndome que esperaba atentamente la historia, el párroco tomó la ampolleta muy gustoso:

-Ha de saber usted que allá, hará unos siete años, no estaba yo en la mejor armonía con el coadjutor de mi parroquia... No soy el único cura a quien esto le sucede, y siempre ha de haber rencillas en el mundo, mientras los hombres no se vuelvan ángeles... Al decir que no estaba en la mejor armonía, debí decir que no estábamos propiamente como el gato y el perro... No quiero hacer mi apología; pero a la verdad, él tenía la culpa; él era más artero y más zorro que yo..., y supo maquinar una conjuración tan hábil, que puso en contra mía a todos los feligreses, tanto, que tuve soplo que no debía salir de noche porque era fácil que detrás de un vallado me soltasen, ¡pum!, un tiro. También me avisaron de que algún día me matarían a palos, fingiendo una de esas riñas que se arman entre borrachos en las fiestas. El granuja hizo correr la voz de que yo había jurado dejar sin misa a la gente el día más solemne y con estas y otras infinitas artimañas, que sería muy largo contar, logró aislarme y colocarme en situación muy penosa para un cura.

Cada cual tiene su defecto: yo soy algo terco y muy soberbio; por eso me desdeñé de refutar las calumnias de mi enemigo, y fui consintiendo que se les diese crédito, y hasta por tema y fanfarronería -era uno entonces más muchacho que ahora y corría la sangre más caliente y más alborotada- me dejé decir que sí, que dejaría sin misa a la parroquia cuando se me antojase, y a ver si había hombre para pedirme cuentas de eso ni de cosa ninguna. Por aquí vino el daño que pudo suceder...; por aquí y por las cerezas malditas.

El día del Sacramento, los mozos de la aldea dispusieron costear una función con misa, y para darme en cara quisieron que se celebrase en la iglesia del anejo. Yo tenía que asistir, claro es, y concluida mi misa mayor monté a caballo sin volver a la rectoral, porque en el anejo me esperaría, según costumbre, la «parva» o desayuno. Al llegar cerca de la iglesia noté que estaba la gente toda en remolino y que, al verme, los mozos prorrumpían en gritos y amenazas y levantaban las varas, bisarmas y palos como para herirme. No me asusté; pasé entre ellos, y apeándome a la puerta de la sacristía, entré. Allí no había nadie; sin duda andaban por la iglesia disponiendo la función. Sobre los cajones en que se guardan los ornatos vi un pañuelo desatado y lleno de cerezas hermosísimas. Yo venía acalorado; el gaznate se me resecaba del polvo y también del berrinche; las cerezas convidaban, de tan frescas y tan maduras... Alargué la mano y me comí tres de un gajo solo. Apenas las había tragado, apareció en la puerta interior mi enemigo, como si saliese de debajo de tierra, y, sin mirarme, medio escondiendo la cara, me dijo (parece que aún le oigo aquella voz tan falsa y sorda):

-Ahí viene el sacristán... Puede revestirse para misar, que todo está ya preparado...

¡Revestirme! Vamos, en el primer momento me quedé hecho un santo de piedra. Vi que había caído en la trampa y sólo tuve ánimos para preguntar, así, todo tartamudo:

-¡Misar! Pero ¡si ésta la dice usted!...

Y el gran embustero, muy sereno:

-Estuve enfermo de cólico por la mañana, y tuve que tomar medicinas... Ya le mandé allá recado de que hoy doblaba usted.

-¿Recado? Ningún recado se ha recibido.

-Pues fue allá el Cuco bien temprano.

Yo sabía que el tal Cuco era el paniaguado y compinche de mi enemigo, y no necesité más para comprender la asechanza.

-Pues no llegó -grité ya atufado y muy sobre mí.

-Pues no importa -contestó el bribón (¡Dios me perdone!)- porque usted vendrá en ayunas.

Mire usted, el tantarantán de furia que me entró al oír esto parecía un ataque de alferecía: los dientes míos sonaban como castañuelas. Me habían cazado lo mismo que una liebre. ¡Cogido, cogido! No me cabía duda; detrás de la puerta me atisbaba mi enemigo, y así que me vio comer las tres cerezas, apareció, seguro ya de atraparme.

Bien combinado: o mi vida, que me la quitarían a palos los mozos -se les oía jurar, y maldecir, y bramar detrás de la puerta- o mi alma, que iba a matar cometiendo un sacrilegio horrible... Aquí no valen bravatas; la verdad pura; yo titubeaba; el sudor me corría en gotas por la frente abajo, y era frío, frío, lo mismo que la escarcha; la vista se me turbaba y el corazón se me encogía como si lo apretasen poco a poco en una prensa de hierro...

Aquello no sé si duró un segundo o diez minutos; porque hay ocasiones en que el tiempo no se calcula. «Usted está en ayunas», repetía el malvado para tentarme... Pero, ¡qué pateta!, una cosa es ser pecador e imperfectísimo y otra que, cuando se trata del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, no le tiemblen a uno de respeto las carnes... Me acordé de lo que es la misa... Cesé de sudar, se me aclararon los ojos, se me puso expedita la lengua y descarándome con mi enemigo, le dije así..., no sé de qué manera...: creo que con una especie de alegría y de afán de padecer:

-No estoy en ayunas, no... He comido tres cerezas de las que usted puso ahí... ¡Si tiene usted conciencia, hará que no me rompan el alma, y si no..., ya sé que me espera la misericordia de Dios, porque no he querido hacerme reo de su Cuerpo sacratísimo! Que vengan, que me trituren... ¡Hay otra vida, y en ella le aguardo!

No sé si fueron estas mismas las palabras ni sabría ahora pronunciarlas como en aquel trance; lo cierto es que el hombre se me quedó así, parado, sobrecogido... Su cara cambió de expresión, y para mí, le entró el mismo sudor que acababa de quitárseme y le castañetearon también los dientes..., hasta que, en un arrebato, se me echa de rodillas y me dice:

-Absuélvame, reconcílieme, que voy a misar... Fue verdad lo del cólico; pero no lo de las medicinas... Yo sí que estoy en ayunas...

Le absolví; dijo su misa...; ayudé a la función..., y tan campantes. Sólo que cuando veo una cereza se me aprieta la garganta como si aún estuviésemos en la sacristía y se oyesen tras la puerta los reniegos de los que querían escabecharme...

-¿Y no fue usted, desde ese día, amigo del coadjutor? -pregunté con emoción y gozo.

-¡Sí, amigos! Al llegar las elecciones ya me preparó siete emboscadas diarias. Sólo estuvimos en paz aquel minuto, que se colocó entre nosotros Cristo Nuestro Señor...



El cerezo

(Junio)


A la boca del hondo precipicio
del cerezo tendíase una rama,
y entre el denso follaje, rojas piñas
en ella maduraban.
Al pasar ante el árbol solitario
miró la dulce fruta la aldeana,
y elmozo labrador, que la seguía
fue en pos de su mirada.
Mil veces osciló sobre el abismo;
ya con su peso el árbol se inclinaba,
pero al fin, las cerezas más maduras
llevar logró a su amada...

Pasó Junio, y un año, y tornó Junio
y vistióse el cerezo de escarlata,
y otra vez la doncella vio la fruta
y la miró con ansia...
Pero el mancebo, que a la moza linda
galante y decidor acompañaba,
al pasar cabe el hondo precipicio,
sagaz volvió la cara.
Comentarios (0) - Categoría: TEXTOS DE E. PARDO BAZÁN - Publicado o 03-06-2015 20:27
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